Caminito al costado del mundo

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Perfil acabado del candidato a presidente de la República Argentina por el partido La Libertad Avanza: Javier Milei.

“Sudamerican Psycho”, titula Il Manifesto de Italia el día después de su triunfo. Definido como ultraderechista, ultraconservador, ultraliberal doctrinario, trumpista, filofascista, importa de Javier Milei, sobre todo, su rareza, su singularidad dentro del tablero político argentino. Esa es, por ahora, su principal fuerza: expresar la disidencia. “Hace diez años, ser liberal era mala palabra. Si hubiera seguido un focus group, hubiera sido socialista”, dice en Hotel Libertador, una vez consumado su triunfo en las PASO. “La verdad libertaria se monta –señala Ernesto Semán en “Las verdades políticas de Javier Milei”– sobre la tragedia de este medio siglo de insistencia en las potencialidades del individuo económico y en los obstáculos que la vida colectiva ofrece a ese paraíso, y no en la supuesta inadecuación de los votantes”. “Son del partido de sus propios brazos”, resume Martín Rodríguez en revista Panamá. “Es gente que se acostumbró a arreglárselas solo. Gente que lleva demasiados años sin que les hablen a ellos. […] El Estado como realización comunitaria no existe si sólo se nombra”. “Volvamos a los análisis materialistas; si no, no se entiende nada”, reclama la cuenta @novistenada en un hilo de Twitter. Para ella, el problema “está en las cosas mismas: en la experiencia cotidiana de trabajo, en la fragmentación de los espacios laborales, en los modos de acceso a la cultura, en la virtualización de la educación…, en todo lo que obtura la percepción del carácter social, colectivo, interdependiente de nuestras vidas”.

 ¿Cuáles son las chances de Milei de llegar a segunda vuelta, o incluso de ganar en la primera? Por un lado, parece difícil que pierda votos; por el otro, a mayor participación electoral, es posible –aunque para nada seguro– que su número represente un menor porcentaje del total de votos emitidos. La abstención fue muy alta: no votaron más de 11 millones de personas, aproximadamente, un tercio de la población habilitada de los 35.394.425 de electores que figuran en el padrón. En las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) de 2019, la abstención había sido de 23.6%. El pasado domingo 13 de agosto fue del 31%. Casi 7 puntos de diferencia. Ahora bien, ¿puede Milei aumentar su caudal de votos? ¿Qué harán los votantes de Larreta, qué harán los votantes de Grabois? ¿Primará un espíritu antisistema, uno anticasta, uno antiperonista, uno antikirchnerista, o uno antiestatista? Aunque haya zonas de intersección, estos ánimos no expresan lo mismo. Sin el aparato de estas coaliciones, ¿pactaría Milei con algunos de sus dirigentes para sumar votos o para, eventualmente, construir gobernabilidad? ¿Qué tan rápido se volvería parte de esa “casta chorra, parasitaria e inútil” contra la que tanto ha dicho? En el caso contrario, ¿cuánto duraría? El síndrome Perú aparece a la distancia. Hay otra cuestión: ¿cómo funcionará la economía en estas semanas por venir? El gobierno depreció el peso más de 22% con respecto al dólar al día siguiente de las elecciones. El dólar blue alcanzó los 780 pesos. Todo parece indicar que Milei crece cuando el blue crece. “Una correlación –arriesga Carlos Pagni– que tiene todavía mucho para dar”. ¿Y qué tienen para dar los votos de aquellos partidos que no pasaron las primarias? Desde Principios y Valores, de Guillermo Moreno, o Libres del Sur, MAS y Política Obrera, hasta la UCD o el Frente Patriota Federal, de César Biondini. 

Yo soy el león
6 de septiembre de 2021. Javier Milei cierra la campaña de su partido, La Libertad Avanza, en el Parque Lezama de San Telmo, a metros de La Boca. “Hola a todos, yo soy el león, rugió la bestia en medio de la avenida. La casta corrió sin entender, panic show a plena luz del día. Por favor, no huyan de mí, yo soy el rey de un mundo perdido. Soy el rey y te destrozaré, toda la casta es de mi apetito’. ¡Viva la libertad, carajo!”. El fraseo es una versión adaptada de las primeras estrofas de “Panic Show”, un hit de La Renga. La que corre aquí, en Parque Lezama, en la voz del entonces candidato a legislador por la Ciudad de Buenos Aires, es la casta: una casta integrada por todos aquellos que, según declama, han sido beneficiados por canonjías del gobierno a cargo de la dirección de Estado. Los políticos, en primer lugar, pero también los empleados de todas sus oficinas o dependencias, desde la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) hasta el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Milei agita, canta, se mueve. “Argentina y la extrema derecha rockera”, titula El país de España. Lo que no se mueve, para Milei, es la casta, contracara y fin de una movilidad social que para la mayoría no es más que una promesa lejana, un holograma de una Argentina que ya no está.

A medida que pasa el tiempo, Milei suma votantes, y la casta se vuelve en su boca una categoría elástica, hasta abarcar en potencia a todo aquel que recibe algo del Estado. A Marcelo Bonelli y Edgardo Moreno, del programa “A dos voces”, de TN, les dirá que el periodismo “debería dejar de cobrar pauta”. La casta resuena, en sus palabras, como un estrato social que solo piensa en perpetuarse, utilizando el Estado como método y el keynesianismo como excusa. Hace eco en zonas insondables de esa sociedad de red que está allí a la vista, pero a la que nadie presta demasiada atención. El Peluca Milei es el nombre de un canal de sus fans en YouTube, que fue creada en 2020 y tiene casi 800 mil suscriptores. Allí, bajo el banner “Los políticos son unos parásitos”, aparecen videos en los que Milei “explota” contra periodistas, en los que “desburra” a políticos o “les cierra la boca” a kirchneristas, comunistas, feministas. De Eduardo Feinmann dirá que es un “chicanero”, de Lali Espósito una “feminazi”, de Mauro Szeta un “comunista”, de Chiche Gelblund un “mala leche”, de Viviana Canosa una “traidora”. 

Milei crece en la “cuña”, dice Lorena Álvarez en revista Panamá, entre los que cobran a primero de mes y los que cuentan los billetes para llegar a fin de mes, entre quienes disfrutaron del cobijo hogareño en la pandemia mientras una parte importante de los trabajadores –formales o informales– perdían sus negocios, sus trabajos o sus ingresos. Milei “fue el mejor ‘ladrillo’ que encontró la sociedad” –dicen Pablo Touzón y Federico Zapata– para hacer estallar la grieta de una bicoalición que organiza el tablero político del país desde el conflicto con el campo.

En la voz de Milei, pervive 2001, odisea finalmente argentina; pervive de una forma extraña, como a contraluz, a distancia de la lectura que, durante años, bajo el canto del fin del neoliberalismo, se volvió dominante: para Milei, en 2001 no termina nada, en 2001 no cambia nada (Lampedusa: “Que todo cambie para que todo siga igual”). 2001 es, para Milei, una revolución en suspenso. La que está por venir. Apenas un falso reseteo, el principio de una agonía ahora por fin ostensible, elocuente, indisimulable. Una agonía para la que ninguna de las coaliciones dominantes ha tenido respuesta certera en la década reciente: la economía argentina no crece de manera sostenida hace más de diez años; el PBI sube y baja, no aumenta tres años seguidos desde el lustro 2003-2008, cuando era la Argentina de las tasas chinas; hay niveles cada vez mayores de inflación, el INDEC reportó una subida interanual de 113.4% en el índice de precios del consumidor en julio; el peso se devalúa a pasos agigantados. 

“No vine a la política a guiar corderos, sino para despertar leones”. Esa es una de las frase-título que condensa la presentación de Milei en su página web. Aparece entre fotos con su campera de cuero, el sillón presidencial, la bandera de Gadsden –“Soy liberal libertario y con esta bandera me identifico”–, el primer plano de un león, una tribuna del estadio de Chacarita, un muñequito Milei con una motosierra en sus manos, un micrófono, la Casa Rosada. 

Así las cosas, Milei es hoy uno de los canales de expresión electoral de una sociedad que vio decrecer, brutalmente, el nivel del salario real, la incorporación de mano de obra al salariado, el nivel de retribución por el trabajo formal o informal y, en suma, el poder adquisitivo individual. Según los datos que brinda Juan Manuel Telechea en Cenital, en junio de 2023, “La cantidad de puestos de trabajo viene creciendo de manera ininterrumpida desde mayo del 2020, superando ampliamente los niveles prepandemia. En dicho período, se crearon 1.3 millones de empleos. […] Por otro lado, la tasa de desocupación se mantuvo en 6.9% (mostrando una reducción mínima de 0.1 puntos porcentuales en relación al primer trimestre del año pasado)”. Pero, por otro lado, los salarios “se redujeron alrededor de 4% (en términos reales)” en el año, mientras que la caída, comparada con principios de 2015, es “del 15% para el sector registrado y del 25% para el sector informal”. La consigna es: “El trabajo ya no dignifica”. 

Milei se pretende el domador de un Estado elefantiásico que otros disfrutan, pero que muchos no ven ni de cerca, lo que no quiere decir que de una forma u otra no esté. “Una Argentina distinta es imposible con los mismos de siempre. Hagamos un punto y aparte”, es el mensaje principal de uno de sus spots. A comienzos de agosto, como reseña Victoria De Masi, en un estadio con más de 10 mil personas, cerró la primera etapa de su campaña a presidente pidiendo “una oportunidad para que el grito del 2001, el ‘que se vayan todos’, se convierta en realidad y volvamos a abrazar las ideas de la libertad”. Seis días después, se impuso en las primarias con el 30.28% de los votos emitidos, en un resultado que la prensa calificó con pareja hipérbole de “zarpazo, shock, tsunami y terremoto”. Milei cuenta “un cuento basado en descontentos reales, y en motivos reales de descontento”, advertía Monserrat Álvarez hace casi dos años. “No es, como pretende, «antisistema» (sino todo lo contrario), y sus cuestionamientos no pueden ser, por ello, más que inocuos y banales –lo cual no implica que lo que Milei representa sea inocuo (puesto que este sistema no lo es)–”.

No me convence ningún tipo de política
La edición es del 28 de julio de 2016. El diario Clarín comenta, en el primer párrafo de una nota de la sección Espectáculos, que hace unos días el conductor televisivo Alejandro Fantino presentó a un nuevo panelista en su programa “Animales sueltos”, transmitido por Canal América. A primera vista, dice la nota, este flamante invitado “no muy mediático, por ahora, destaca por su alborotado peinado”, pero “bastará que abra la boca, para descubrir a un hombre enérgico, polémico, histriónico… y profundamente anti K”. 

“Javier Milei, el economista del peinado raro” es el título de la nota, que ofrece en pocas palabras un perfil sucinto del entonces ignoto personaje. Mediados de 2016. Milei es un completo desconocido para el público del principal multimedio argentino. Columnista ocasional en la sección de opinión de diarios como La Nación, El Cronista e Infobae desde 2012, será a partir de su participación en programas de panelismo –y de manera exponencial a partir de la pandemia– cuando Milei encontraría la horma de su zapato mediático. Lejos de la imagen tecnócrata y atildada de otros muy televisados economistas como Álvaro Alsogaray, Domingo Cavallo, Roque Fernández o Ricardo López Murphy, sus sketches conjugarían en dosis homeopáticas lenguaje sofisticado, jerga financiera y un desparpajo mediático que lo volverían atractivo y, sobre todo, viralizable, bocatto di cardinale del consumo irónico para algunos, mesías en el desierto de “lo políticamente correcto” para otros. El estilo de Milei es afín a ese universo de microrrelatos ubicuos y remixables que Carlos Scolari denomina “cultura snack”. No sería exagerado decir que es el primero de una nueva especie de homo politicus en la Argentina. 

Explosivo, ansioso, casi atropellado, hay algo arltiano en Milei, como si fuese un Erdosain del nuevo siglo, que ensaya con fortuna la retórica furiosa de los formatos breves contra el orden jerárquico de la sociedad y ante la impopularidad que los movimientos reformadores tienen entre sus eventuales favorecidos. Esta es una faceta que conviene atender, sobre todo, porque impulsa la difusión de su figura en una situación de extrema limitación en cuanto a su aparato político. Milei es para muchos la cara de una vida que se grita en medio de un mundo indelicado. Su lenguaje es la punta visible de un murmullo silencioso que circula raudo entre amigos, familias, compañeros de trabajo, y que se alimenta en parte de la disolución de lo público como espacio de encuentro entre clases. El lenguaje iracundo o delirante de los comentarios en portales de noticias y en posteos de Facebook. Uno de ellos, escrito hace un año al pie de una nota de Beatriz Sarlo en revista Noticias, dice: “MILEI es el UNDERDOG. El Elegido que viene a cambiar el Destino, como Kurt Warner”. “Cuando temas como la pena de muerte o la justicia por mano propia no estaban presentes en la agenda política ni mediática ya circulaban en el discurso de estas comunidades. Era una circulación subterránea. Y mucho del discurso de Milei respondió a ese temario”, observa Giselle Rodríguez.  

Las redes sociales son una de sus grandes fortalezas, los juguetes rabiosos de su iracunda pedagogía mediática. Tiene más de 649.000 seguidores en YouTube, más de 765.000 en Twitter, más de 1.200.000 en TikTok, más de 1.800.000 en Instagram, apenas 517.000 en Facebook, la red que las nuevas generaciones aman odiar y ya dejaron mayormente de lado. El expresidente Mauricio Macri, líder del partido que cambió las coordenadas de la comunicación política argentina en redes, es allí rey de un reino perdido: 4.3 millones de seguidores. 

Hay que buscar el reino de Milei en otros recovecos, en los que importa menos la imagen estática e importa más el flujo, el torrente audiovisual caudaloso, en el que él vuelca su histrionismo y su énfasis. “¡¿En qué momento dejó de ser un meme Milei?!”, dice un grafiti que circulaba por redes. Pero los memes quizás captan algo que las encuestadoras no. Un modo de callar, un modo de acordar, un modo de asentir, una complicidad sotto voce. Milei no es solo bronca, ironía o castigo, hay algo de orgullo, del busto erguido. Acabar con la casta, dinamitar el Banco Central, cerrar todo lo que no pueda sobrevivir sin ayuda de las arcas públicas. Así circula el fenómeno Milei, entre videos breves, reels, memes, cápsulas meteóricas que flotan por el espacio sideral de Internet, rebotando entre algoritmos, máquinas y usuarios. 

A veces, los datos son indicadores certeros. Los números de Milei en redes resultan más contundentes por comparación con otras de las principales figuras de la política argentina actual. En Twitter, por ejemplo, sacan diferencia holgada los tres dirigentes que ejercieron o ejercen la presidencia de la Nación: Cristina Fernández (2007-2015) tiene más de 6 millones de seguidores; Macri (2015-2019), más de 5; el tercero es Alberto Fernández (2019-2023), con más de 2 millones. Pero los números son muy otros en Instagram, nacido en 2010, y TikTok, surgido en 2016, donde pasan gran parte de su tiempo los centennials. En Instagram, solo el presidente Alberto Fernández tiene más followers que Milei: más de 2.5 millones contra 1.8 millón; tercera está Cristina Fernández de Kirchner, con 1.403.296 de usuarios. En TikTok, Milei duplica los números de quien le sigue, Horacio Rodríguez Larreta, con más de 520.000. Patricia Bullrich tiene apenas un poco más que 205.000 seguidores. Sergio Massa, menos de 10 mil seguidores. Cristina Fernández y Mauricio Macri no tienen cuenta oficial. 

Sería equivocado, sin embargo, acotar el fenómeno Milei al mundo virtual, aunque allí haya encontrado una vía privilegiada de difusión. Circula por diferentes espacios y circuitos culturales o mediáticos que otros políticos desconocen, descuidan o siquiera pueden procesar, y al hacerlo reingresa al mundo público de una manera singular, bajos otros códigos y condiciones de lectura, a distancia de la “lengua de madera” de los políticos tradicionales y de una seriedad de rigor que muchos consideran impostada. Hay un video de 2018, en el programa “La tribuna de Guido”, en Canal 13, en la que Milei canta “Fuiste mía un verano”, el tema de Leonardo Favio. Está allí con el pañuelo en la cabeza, en una imitación correcta, enarbolando la desafinación como cualquier hijo de vecino en el karaoke. En YouTube, un usuario comenta –hace un año– “Arquero de Chacarita, rockero, cantante de Baladas, Economista, próximamente Presidente de la República Argentina 🇦🇷😎 Groso Milei”. También allí está su entrada de soslayo en la vidriera pública: no solo en su estilo rocker, sino también en los géneros o escenarios por los que transita con mayor o menor frecuencia y con no poca soltura: brinda clases y talleres de economía, llena teatros en la calle Corrientes, asiste a fiestas Otakus disfrazado de aurinegro superhéroe libertario, donde entona su ópera antikeynesiana: “Gastar, gastar y gastar”. ​

El sistema ya estaba enchufado
La carrera política resulta, en el caso de Milei, una deriva lógica de su unción mediática. Cansado de la política, Milei no tuvo más opción que meterse en ella. Un nuevo outsider que llega para redimirla o para dinamitarla. “¿Qué tiene Milei en la cabeza?”, se pregunta en El País Federico Rivas Molina en la edición del 28 de marzo de 2023. La pregunta no puede más que encontrar respuesta –parcial, acaso equívoca– en las declaraciones que el economista ha ido desperdigando en diferentes apariciones mediáticas. “El Estado es peor que la mafia, porque la mafia tiene códigos, la mafia cumple, la mafia no miente y, sobre todas las cosas, la mafia compite”, declaró a fines de 2019 en el programa “Vía pública” de la Televisión Nacional de Chile. También aseguró que la venta de órganos debería ser una transacción comercial consensuada: “¿Por qué todo lo tiene que regular el Estado? Mi primera propiedad es mi cuerpo”; que el aborto debería estar prohibido, es “un asesinato agravado por el vínculo”, incluso en casos en los que una mujer o una niña fuere abusada sexualmente, y que la Educación Sexual Integral (ESI) “es un plan postmarxista para destruir el núcleo más importante de la sociedad, que es la familia”. No se opone, en cambio, al matrimonio igualitario, sino al “matrimonio como institución”. La homosexualidad es “la elección de cada uno”; el calentamiento global no existe, es un invento más del “marxismo cultural”; la legalización de las drogas y la apertura a la inmigración no son políticas a evitar, siempre que no impliquen un gasto para el Estado; pagar por sexo “es una transacción libre, no tiene nada de malo”, como tampoco la libre portación de armas. 

Su anarcocapitalismo –una filosofía de corriente ultraliberal que prevé la ausencia de la centralización administrativa del Estado, siendo las relaciones sociales reguladas por el libre mercado– pregona “dinamitar” el Banco Central y dolarizar la economía. Como parte de la campaña presidencial, días atrás oficializó el programa de reformas que planea llevar adelante en función de una “reducción drástica” del gasto público. Es un plan a 35 años. Mencionemos algunas de sus propuestas: “reordenamiento del Estado”, con oferta de retiros voluntarios, jubilaciones anticipadas y revisión de contratos, así como el fomento de sistemas de salud y educación privados, incluso “descentralizar la educación entregando el presupuesto a los padres, en lugar de dárselo al Ministerio, financiando la demanda”; creación del Ministerio de Capital Humano a partir de la fusión de los ministerios de Salud, Desarrollo Social, Trabajo y Educación; eliminación del 90% de los impuestos, ya que “entorpecen” la economía; reforma laboral, con promoción de “una nueva ley de contrato de trabajo sin efecto retroactivo”, en la que se eliminen “las indemnizaciones sin causa para sustituirlo por un sistema de seguro de desempleo a los efectos de evitar la litigiosidad”. También propone una apertura comercial irrestricta, la eliminación de restricciones cambiarias, de todas las retenciones y derechos de exportación, y de los subsidios energéticos; baja de la edad de imputabilidad de los menores; cierre o privatización de medios de comunicación públicos como la agencia de noticias Télam, la TV Pública o el Instituto Nacional de Cines y Artes Audiovisuales (INCAA).

¿Qué ves cuando Milei?
“¿Qué te hicieron de chico para votar a Milei?”, se preguntó el autor de un tuit que fue viral tras el shock posterior a las PASO. Algunas de las respuestas: “Mataron a mi viejo”; “Vi llorar a mis papas por trabajar todo el día y no llegar a fin de mes”. Difícil retrucar. Pero sería equivocado, desproporcionado, asociar el voto a Milei con el dolor. Para Andrés Malamud, en su nota “El rugido inesperado del interior sublevado”: “El voto a Milei no fue solo bronca o desencanto: se percibió alegría y esperanza en muchos de sus apoyantes”. Para Juan Luis González, autor de la biografía de Milei, El loco, “el voto bronca” es una variable, pero “más profundo que eso. Milei hoy encarna el voto de los trabajadores de Argentina”. 

“El electorado de Trump y de Bolsonaro, como el de Peña, Erdogan o Milei, no representan ni las élites del saber ni las del dinero”, señala Alfredo Grieco y Bavio. Por lo tanto, cuanto más las haga enojar, más rédito. Allí están los políticos, y ahora los periodistas y CONICET. Según los resultados expuestos en el informe “¿Cómo piensan los votantes de Javier Milei?” en el portal de La Nación, “el núcleo duro de intención de voto del libertario se encuentra entre personas de niveles educativos intermedios, principalmente varones jóvenes y de clase media baja”.  “La figura de Milei es el resultado de una conjunción de crisis profundas y una reacción contra un consenso que se percibe ‘de izquierda’ o ‘progresista’”, concluye el informe de La Nación.  

La mayoría de los votos de Milei provienen de la franja etaria que va de los 16 a los 30 años, lo que no significa, como tanto se ha dicho, que la mayoría de los jóvenes vote a Milei. Hay acuerdo entre la mayoría de los analistas en que el cauce electoral del economista encuentra en ese segmento su principal caudal. “Cuanto más joven es el voto, mejor le va. El discurso de autonomía, de libertad y los principios de cierto individualismo emergen contra un Estado, que muchos jóvenes, sobre todo después de la pandemia, ven como algo que cercena libertades”, subraya Facundo Nejamkis, de la consultora Opina Argentina. Se trata de jóvenes, varones, menores de 30 años y especialmente de niveles socioeconómicos bajos, muchos de ellos trabajadores informales desprotegidos. La informalidad se duplica en el tramo de personas menores a treinta años, que es buena parte del electorado de Javier Milei. “Existe una vinculación muy fuerte entre estar en un trabajo informal y vivir en la pobreza”, señala la especialista regional en Economía Laboral de la Oficina de la OIT para América Latina y el Caribe, Roxana Maurizio, en una nota de Perfil. “En Argentina el 45% de los trabajadores son informales, lo que significa que más de ocho millones de personas están ocupadas, pero en condiciones de vulnerabilidad”. En una entrevista para LN+, Pablo Semán dice: “De los 8 millones de trabajadores informales ‘sólo’ 1.3 millones recibe un ‘plan’ (Potenciar). El otro 84% ve como el gobierno asiste a un vecino igual a él, pero por alguna razón a él no, mientras su ingreso se licúa con la inflación. No suele ser filocambiemita. Ayer fue y votó”.

Así, Milei capta votos por derecha y por izquierda, por arriba y por abajo. Ha ganado en 16 provincias, desde La Quiaca a Tierra del Fuego; quedó segundo en cuatro. En un país federal y diverso eso significa policlasismo, vastedad intergeneracional”, señala Mario Wainfeld en Página/12. En Rosario, por ejemplo, hizo una gran elección en barrios como Nuevo Alberdi, donde surgió Ciudad Futura, una organización política vecinal de izquierda, que ganó allí en los escalafones municipales. “Rosario: ¿entre el comunismo y el anarcocapitalismo?”, sintetiza con menos precisión que contraste El economista. Que los votantes elijan simultáneamente uno y otro habla menos de afinidades ideológicas que de paralelismos estructurales: no importa tanto izquierda o derecha como la esperanza de encontrar soluciones a problemas urgentes, lograr estabilidad, progresar, imaginar un futuro, estar vivo al día siguiente.

Mientras el mundo se cae a pedazos
Cerca de la medianoche del domingo 13 de agosto, sale Milei a dar su discurso. Lee, usa anteojos, saco, corbata, camisa celeste; mezcla un tono monocorde de agradecimiento con ciertos gritos que son menos de bronca que de entusiasmo: “¡Viva la libertad, carajo!”. Como señala en su crónica Victoria De Masi, “No hay ‘Panic Show’ ni león desbocado. Milei se vende sereno cuando toma el micrófono por asalto”. Sus groupies deliran, cantan una y otra vez: “La casta tiene miedo”. Hay gorritos de “Make Argentina Great Again”. 

En medio de los festejos, el candidato a presidente se queja contra “la política de buenos y malos modales”. Agrega: “Basta de la falacia ad hominem de discutir las formas”. Un meme compara al “León” Milei con Leo Mattioli, el cantante de cumbia santafesino apodado el “León”. Dice “falacia” 5 veces por minuto. No solo las menciona: “Donde hay una necesidad, hay un derecho. Pero alguien lo tiene que pagar”. A su modo de ver, es el modelo impuesto por la casta. También apunta contra “esa aberración llamada ‘justicia social’, que es injusta porque implica un trato desigual frente a la ley y está precedida de robo”.

Milei promete que, si gana, “El primer día entro con la motosierra y empiezo el ajuste fiscal”. Su auditorio, mientras tanto, canta “¡Motosierra, motosierra!”. Las tijeras saben a poco a la hora de vengarse de la casta; les sobra delicadeza. Demoler, dinamitar, decapitar. Esa es la semántica. La Argentina y sus géneros. Hasta el rock sabe a poco. Entramos al modo slasher de la política, con las perfectas, aceitadas maquinarías de Friedman, Rothbard, von Mises y Hayek. Pero nada garantiza que funcionen cuando haya gente desesperada dentro de ellas.

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