La luminosidad de una propuesta

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Los invitamos a adentrarse en El antiguo alimento de los héroes, de Marimón, pero también en una reflexión sobre la autoficción, los relatos de memoria y todos esos fragmentos que nos componen. ¿Podríamos hablar de los fragmentos de que estamos hechos?, se pregunta María.

Pasan los años, y ahí está imperturbable, nimbado de la luminosidad de su escritura. Una escritura que se desliza subrepticia, tenazmente en la apelación al mundo que vivimos los humanos… un siglo y otro siglo…   Unos paradigmas que se pierden… otros paradigmas que estallan en esa profusión de lo posible… en esa enunciación que es diferente en cada lectura que genera.

Antonio Marimón escribe El antiguo alimento de los héroes… Lo editó Punto Sur en 1988. Lo reedita Eduvim en 2026. Entre ambas, casi cuarenta años. El texto, siempre luminoso.

Pregunto: ¿Me siguen en un recorrido por la permanencia de una escritura en ese entonces, en este entonces?  ¡Ahí vamos!

El antiguo alimento de los héroes, es contemporáneo. Lo define su presencia indiscutida, apremiante, luminosa. ¿Cómo se manifiesta esa presencia?  Decimos contemporaneidad. Este tiempo en que vivimos. Este tiempo que define la cultura en su incesante movimiento. Este tiempo que propone formas particulares de pensarnos, de mirarnos, de decir cómo somos, de elegir cómo contarnos. Este tiempo que une su previsibilidad, su pertenencia a un momento histórico preciso, a una circunstancia particular de la cultura, a formas recurrentes del relato, a la provisoriedad que significa esa individualidad que crea, que escribe, que dice con palabras y que es receptada y continuada en las posibles, múltiples lecturas. Lecturas que –a su vez– trasvasan significados, simbolismos, implicancias y convierten todo texto en una nueva mirada sobre el mundo. Una nueva mirada de un sujeto transformado. Pero hoy, hablar de sujetos, parece casi una ironía. Disuelta la Modernidad en instancias infinitas, esos sujetos racionales, experimentados, explicables, devinieron subjetividades explayadas. Subjetividades que hablan ahora, desde una diferencia en perspectivas… desde voces distintas, incipientes… desde espacios ambiguos y no tantos. Devinieron entonces, estas formas de narrar que suponen aventurarse en estos territorios insólitos del yo. Enunciaciones y enunciados. Corrimientos y descubrimientos. Negaciones y también, afirmaciones. Es el tiempo de armar nuevos relatos. Es el tiempo de tratar de enamorar a los lectores, desde los mundos posibles que construye e imagina. Por eso, entonces… hablamos de las subjetividades. Se ha producido un corrimiento desde aquellos sujetos protagonistas a ese nuevo espacio indefinido de hombres comunes, quizás grises, Indistintos. Ahora, protagonistas de enunciados diferentes.

Los sujetos fueron aquellos narradores desde la biografía que condensaba una vida, las categorías definitorias de un tiempo, de un espacio, de la Historia. De ahí su valor ético, su apego a una moral, a una utopía. Ratificaron casi siempre, el protagonismo del héroe de un grupo humano. Visibilizaron valores, mitos arquetipos. Ahora, cuando los sujetos devinieron subjetividades, se dieron lentamente cambios y transformaciones. Los héroes fueron reemplazados por hombres comunes, mediocres, olvidables. Asimismo, los héroes que aún son protagonistas, se visualizan –ahora– desde acciones vulgares, cotidianas, vacuas en su trascendencia. Todo con un objetivo preciso: enfatizar el carácter único de cada persona, de cada existencia. Lo vulgar, lo anodino, lo rutinario moviliza las acciones de esos protagonistas que se acercan a nosotros, desde la precariedad que nos define como humanos. Así, podemos identificarnos con ellos y entenderlos en las potencialidades de una existencia que podría ser la nuestra. La enunciación adquiere ahora, nuevas modalidades que muestran, más que referencian, las posibles nuevas y distintas formas de relatar. Formas que apuntan asimismo a la construcción de la ficción en los relatos. Esa construcción de mundos que solo son posibles en los discursos que los dicen… que tienen la perentoriedad de lo real en retazos, atisbos, remisiones… también en la volatilidad de la imaginación que inventa y crea. Discursos que, más allá de quienes lo dicen, tienen la capacidad de transformarse con quienes –también– leen. Nos maravilla, entonces, el poder de las palabras. Esa simbólica significación que deriva en realidades, porque ese es el sentido último de la creación discursiva. En esta contemporaneidad, pues, la ficción es un mundo que aúna lo real con lo imaginado en lo posible. Una construcción perfecta en su estructura de fragmentos, con sentido de mundo único. Una unicidad que resulta de total autonomía: existe en las palabras, se ordena por reglas que son propias y exclusivas, permanece idéntico en el tiempo que solo es escritura, pero puede transformarse en el acceso a la metáfora que siempre arrojan los textos al leerse. Un mundo posible –así lo definimos– que establece relaciones con la espesura de lo real acontecido…. Pero también, con la desmesura de lo solamente imaginado. Un mundo posible entre la materialidad de lo existente y la realidad de los discursos.

Una estética distinta la contemporánea, entonces. Una estética que se define desde la inespecifidad, la indistinción, la indiferenciación de los discursos en cuanto susceptibles de ser ordenados y categorizados en géneros, en modalidades. Pero, también, esa estética, se define por la fragmentariedad. La composición de textos, no desde el montaje, sino desde la combinación, el amontonamiento de trozos, pedazos –fragmentos– diversos de distintos formatos. Así, reconocemos relatos de situaciones y recuerdos. Reflexiones y disquisiciones. Descripciones del mundo existente o inventado. Retazos de historias que van de un texto a otro. Momentos de intensidad poética totalmente autónomos. Todas formas breves que muestran, en esa yuxtaposición, la negativa –o quizás la imposibilidad– del autor a articularlas con un sentido único. Resulta ahora, el texto, como una sombra de la realidad que acaba de proyectarse a sí misma, como una presentación del caos del mundo donde han desaparecido los demiurgos que los explicaban y ordenaban en historias inteligibles, comprensibles. Una presentación infinita, permanente y no resuelta. Solo presentación. Es que… hoy pensamos en fragmentos en este devenir eterno y virtual, propio del tiempo que vivimos. Una fragmentariedad resultante de las formas contemporáneas de comunicación entre los humanos… sobre ellos y sobre el mundo. Me pregunto: ¿Podríamos hablar de los fragmentos de que estamos hechos?

Ya aventuramos el reconocimiento de nuevas formas resultantes de la subjetividad. Los cambios en la biografía y la autobiografía tradicional, en los diarios de vida, en las subjetividades construidas. La autoficción es una de ellas. Es una modalidad escrituraria de la contemporaneidad. Se incluye dentro de las narrativas del yo… y, en consecuencia, participa de ese espíritu de la época en su concepción del mundo pero también, en las posibilidades de representación de ese mundo. Así, muestra las transformaciones del sujeto en un espacio más amplio y, a la vez, difuso –el de la subjetividad– pero también, las múltiples posibilidades de representación de esa subjetividad. De allí, cierta imprecisión en los límites que la definen, cierto intermitente balbuceo en las enunciaciones, ciertas variadas experimentaciones en la forma de referenciar los enunciados.

Referencia, pues, la construcción de una subjetividad a partir del lenguaje como posibilidad. Eso explica la multiplicidad como rasgo distintivo. Pero también, define su carácter de discurso en esa implícita conformación de sujetos discursivos: quien escribe y sobre quien se escribe. Ambos como la subjetividad de un yo. Un yo que enuncia y que es enunciado. Ambos, también, como protagonistas de los mundos posibles, en ese ambiguo territorio entre lo imaginado y lo real referencial. Sujetos discursivos, en cuanto sujeto narrado –la materia del enunciado– y sujeto que narra – sujeto de la enunciación-. La autoficción se diferencia de los géneros tradicionales: biografías, autobiografías, cartas, diarios, en la construcción de subjetividades en lugar de sujetos, en esa evanescencia del relato, en la carencia de certezas en la narración. Al ser discurso, profundiza el uso de las distintas funciones del lenguaje, lo que explica la multiplicidad de modalidades enunciativas. Asimismo, posibilita la indiferenciación como la identificación, entre los sujetos del relato: autor, narrador, personaje, con la consiguiente pérdida de diafanidad. A veces, el personaje tiene un nombre diferente al autor. Otras, no tiene nombre. Otras veces, tiene el mismo nombre que el autor. También el narrador, se enuncia en las distintas personas gramaticales, lo que supone perspectivas diversas respecto al autor y al personaje. El autor está en el centro. Es el sujeto y objeto del relato: “La huella de una vida”, como ha sido definida.

La autoficción resulta, entonces, el relato de una vida cualquiera: inacabado, desordenado, minucioso, sin límites entre lo público y privado. Un relato que pretende mostrar la totalidad de la relación con el mundo en la cotidianidad y en lo extraordinario, en la propia experiencia y en la experiencia de los otros. Una búsqueda que responde a cierto aire de época que caracteriza esta contemporaneidad. Por eso, resulta una suma de fragmentos, colecciones, rastros… en la constitución de una subjetividad que afirma la singularidad de las personas. Si hemos definido la autoficción como ese espacio inseguro, sin límites precisos, donde el discurso busca la representación de una subjetividad, siempre azarosa, siempre impredecible, podemos reconocer las múltiples posibilidades que nos interpelan en una búsqueda inacabada pero no por eso, irrenunciable de la identidad. Algunas pistas para reconocer la autoficción –hemos dicho–, se insinúan en la multiplicidad de rasgos distintivos del discurso… en la unicidad de una subjetividad, que es al mismo tiempo, común, ordinaria, intrascendente…  en la búsqueda empecinada tras la concreción de una modalidad que se expande sin límites, sin normas, sin reglas, sin espacio… en la ambigüedad de la referenciación y la imaginación, pero siempre de y desde una subjetividad presente y victoriosa, enunciada y enunciante al mismo tiempo… de lo imprevisible de una vida que transcurre al mismo tiempo que se enuncia… en la minuciosidad y la carencia de certezas de ese mundo relatado… en los juegos de lenguaje que la nombran –paradójicamente, definidas– como discurso… El discurso de un sujeto que se busca y que se representa, que se diluye y que se conjetura, que se inventa y que se referencia. El relato de una vida cotidiana y definidamente única, previsible y rigurosamente azarosa, especial y naturalmente ordinaria.

Y entonces, nos preguntamos. ¿Qué relación, que semejanza podemos señalar entre los relatos de memoria y la autoficción?

Hablemos de memoria. No es un conjunto, una suma de recuerdos. Es, más bien una determinada organización de signos, de rastros, de indicios, de vestigios. Se pronuncia contra la ausencia, contra la precariedad de la vida, contra el vacío del tiempo. Los humanos siempre han definido qué y cómo recordar en cada espacio, en cada tiempo, en cada grupo. Los relatos de memoria resultan así, variadas y disimiles propuestas de lo que se dice –los enunciados– pero también, de cómo se dice esa memoria –las enunciaciones–.Significa fundamentalmente la expresión, la representación, la referenciación del yo. Es un sujeto el que recuerda condicionado por su tiempo, pero también por su pertenencia a una sociedad. En la contemporaneidad, la eclosión de la subjetividad, ha colocado a estos relatos en una relevancia inusitada. Relevancia que se asienta en ese espíritu de época que muestra el reemplazo de los futuros presentes de la Modernidad, por los pretéritos pasados. Pretéritos pasados en la importancia de la identidad/ las identidades y de algunos acontecimientos de la Historia. Siempre la memoria se había considerado como esa capacidad esencialmente humana para referenciar a cada hombre, a cada grupo, a cada contexto. Ahora, lo hace, desde una subjetividad que avasalla las historias en la cotidianidad pero también en las situaciones de excepción… que eclosiona singularidades pero que también, referencia las particularidades de una existencia social. Todo eso en lo que llamamos, relatos de memoria. Se enuncian desde una voluntad de recordar y rememorar.

La autoficción se propone la construcción de un discurso sobre y desde una subjetividad determinada. Los relatos de memoria se proponen solo recordar y rememorar. Ambos territorios afines de la escritura. Siempre desde la subjetividad contemporánea.

La politicidad de un texto no se explica solo desde las referencias a un momento histórico, por la enunciación de un testimonio, por el compromiso con una ideología. Marimón lo hace y su mirada permanece con esa luminosidad apabullante. Los 60, los 70, los 80 son espacios mostrados, relatados. Con la incertidumbre que nos deja el interrogante del último fragmento. Pero la politicidad del texto está y lo seguirá estando para siempre, en el lenguaje. Un lenguaje pasible de transformar en cada lectura que se haga, en cada interpretación que se realice, en cada memoria que construya. Por eso hablamos de la contemporaneidad de Marimón y su escritura. Una presencia que es vida y que, como tal, transforma el mundo.

Los dejo en la lectura. También, en el reconocimiento de la utopía que permitió este texto. Una utopía que puede permitir un mundo más humano.

María

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