Latencias y sobresaltos de la memoria inconclusa

Latencias y sobresaltos de la memoria inconclusa

Nelly Richard. Teórica y ensayista. Fundadora de la Revista Crítica Cultural (1990-2008). Directora del Magíster en Estudios Culturales de la Universidad de Arte y Ciencias Sociales ARCIS (2006-2013). Es actualmente la directora del proyecto de investigación audiovisual "Arte y política: 2005-2015 en Chile".

La potente escritura de Richard posee la agudeza del ensayo crítico y la densidad estética de un lenguaje solidario que pone en valor el universo de experiencias de las memorias desechadas, fracturadas, y las activa. Este libro es un capítulo fundamental en el pensamiento cultural latinoamericano contemporáneo. Compartimos con uds. el prólogo de la obra.

Latencias y sobresaltos de la memoria inconclusa. (Chile 1990-2015)

Prólogo

Los diez textos reunidos en este libro –escritos en distintas fechas- abarcan una secuencia de procesos y sucesos vinculados a la memoria política y social en Chile: una secuencia que se inicia con la reapertura democrática de 1990 y recorre los años de la transición hasta la mitad del segundo gobierno de Michelle Bachelet (Nueva Mayoría), destacando la ruptura anti-neoliberal del movimiento estudiantil que, en 2011, desató un amplio cuestionamiento ciudadano al modelo de sociedad de mercado administrado por los sucesivos gobiernos de la Concertación. Dictadura, transición y postransición son los tiempos políticos y sociales que revisa este libro desanudando y reanudando las modalidades del recuerdo que componen distintas políticas y estéticas de la memoria.

Esta secuencia comprendida entre 1990 y 2015 le sirve de trasfondo al ir y venir de una memoria llena de contratiempos: una memoria cuyas consignas –“verdad, justicia y reparación”- lograron avances pero también sufrieron retrocesos. Bien sabemos que nunca puede darse por ganado el saldo de la memoria colectiva ya que las fases de elaboración del recuerdo traumático de la historia están llenas de intermitencias y sobresaltos, de tachaduras, de resurgencias y nuevas omisiones, de filtraciones y escapes. Las condiciones de producción del recuerdo histórico varían según las fluctuaciones de una memoria en curso y movimiento: una memoria que no debe tratar al pasado como una anterioridad ya concluida sino como una malla de significaciones entreabiertas que, en sus ranuras, se deja interpelar por un presente alerta y expectante. La relación -siempre inestable- entre pasado y presente adquiere vigor expresivo cuando el recuerdo del ayer entra en resonancia vital con las inquietudes y las perturbaciones del hoy.

El libreto oficial de la memoria ordenado por la transición chilena (un libreto basado en la retórica del consenso que sustentó la “democracia de los acuerdos” en nombre de una gobernabilidad amenazada por los poderes fácticos heredados de la dictadura cívico-militar) fue el de la memoria como “reconciliación” con su simbología moral del perdón. Los textos de este libro registran lo acontecido en materia de derechos humanos en Chile (el arresto internacional de Pinochet; las protestas de las agrupaciones de familiares de detenidos-desaparecidos por los incumplimientos de la justicia; la marcación de los “lugares de la memoria” y la creación del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos; la conmemoración de los 40 años del golpe militar y su explosión mediática de los archivos del recuerdo, etcétera), pero sin dejar de fijar la mirada en aquellas partículas residuales de una memoria convulsa, irreconciliada, que desborda tumultuosamente el trazado lineal de la memoria institucional.

En las orillas más deshilvanadas de la racionalidad tecnocrática del Chile neoliberal y de sus saberes económicos de la planificación y la gestión, quedaron flotando trazas del desastre histórico del golpe de estado de 1973 y de la dictadura que no se dejan asimilar al recuento oficial de los éxitos del Chile bien administrado. Las narrativas del desarme que permanecen resentidas por el quiebre de la historia no se ajustan a los reticulados explicativos de las ciencias profesionales (económicas, sociológicas, politológicas, comunicológicas) que se convirtieron en la lengua oficial de la transición chilena. Esta lengua pragmática del realismo democrático dejó fuera de sus diagnósticos técnicos la sombra refractaria de los imaginarios heridos por la violencia. Quizás sólo las constelaciones simbólicas de la creación estética y del pensamiento crítico saben deslizar el trabajo del recordar por los huecos de una temporalidad histórica perforada, por las fallas y lapsus de la representación social, por las roturas del cuerpo y de la letra de los relatos sobrevivientes. A diferencia de los saberes ejecutivos de las ciencias profesionales, la crítica cultural se muestra especialmente sensible a las experiencias del desecho y la precariedad que subrayan la aspereza de las texturas envueltas en la conflictividad del recuerdo histórico y social. Desde los residuos y las opacidades de lo simbólico, la crítica cultural habla un idioma suficientemente quebrado como para que las trizaduras de sus vocabularios y categorías armen una vinculación solidaria con las zonas más lastimadas del pasado doliente. La libertad de tránsitos que adopta la crítica cultural le permite entremeterse en aquellas zonas de roces y fricciones donde se vuelven materiales de lectura y análisis distintos tipos de prácticas sociales, de simbolizaciones culturales, de construcciones mediáticas, de trayectos de identidad, de intervenciones ciudadanas y de modelaciones estéticas que no logran juntarse fácilmente en una misma composición de paisaje cuando son los protocolos de la academia y su reparto de las especializaciones los que delimitan los objetos de estudio. Este libro identifica la crítica cultural con la práctica ensayística y su registro de la incertidumbre del pensar como un registro cuyas ambigüedades y paradojas buscan resistirse a las gramáticas funcionarias y utilitarias con las que la política institucional y el mercado del conocimiento le rinden un tributo experto al idioma neutro del consenso neoliberal que deja sin líneas de expresión cultural a las subjetividades molestas o disconformes.

Los textos de este libro son críticos del modo en que el dispositivo oficial de la transición chilena, al buscar neutralizar la energía controversial del recuerdo con su guion de la moderación y la resignación, obliteró las batallas interpretativas que deben mantener viva a la memoria para que la insubordinación de los signos conserve al pasado en permanente estado de agitación. Pero también estos textos se interesan en practicar una crítica de la memoria que nos enseñe que no todas las formas de reconfiguración pública del pasado son equivalentes entre sí, por mucho que se sientan animadas por la misma ética de una voluntad común de lucha contra el olvido, de condena a las violaciones de los derechos humanos y de homenaje a las víctimas de la tortura y la desaparición. Cada ejercicio memorial (monumentos, documentos, archivos, testimonios, confesiones, etcétera) debe ser juzgado según el tipo de operación simbólico-narrativa que modula la relación entre acontecimiento, experiencia, narración, voz y discursividad social. El trabajo de la crítica cultural ayuda a contrastar las diferentes construcciones enunciativas que sostienen, en lo retórico y lo político, cada modelaje del recuerdo examinando la intencionalidad del punto de vista que selecciona fragmentos, orienta la mirada y encuadra las escenas del relato en cuya trama se insertan las imágenes. La crítica de la memoria debe, entonces, revisar los diversos agenciamientos de sentido que sustentan imágenes y relatos para discernir entre, por un lado, las evocaciones reintegradoras de un pasado liso que busca consuelo en la sutura de la memoria y, por otro, el trabajo micrológico en torno a las fracciones del recuerdo que desconfía de toda monumentalización del pasado (aunque sea la del pasado heroico de las víctimas) por cómo las ficciones de totalidad indivisa excluyen las revueltas de lo discordante que se juegan en los márgenes.

Al revisar las operatorias del sentido que construyen el recuerdo, la crítica cultural permite distinguir entre aquellos dispositivos representacionales que contemplan una memoria grabada en la imagen estática de un pasado literal y, en su revés, los dispositivos contra-representacionales que optan por una memoria transformadora, no mimética, que combina heterogéneamente distintos tiempos, lugares y modos de desplazamiento del recuerdo. Es esta memoria segmentaria y conectiva, llena de atravesamientos múltiples entre pasado y presente, la que dota de historicidad al transcurso crítico de subjetividades emancipadas que, desde la experimentalidad del recordar, son llamadas a tomar posición frente a las nuevas encrucijadas del hoy.

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