Narradoras Argentinas

Narradoras Argentinas

Narradoras Argentinas se propone rescatar y difundir obras de escritoras relevantes que permanecían inéditas, olvidadas o perdidas. Acompañadas por estudios a cargo de importantes investigadores, intenta mostrar la fecunda diversidad de voces, posturas y estéticas de las escritoras del país. Más información en: www.narradorasargentina.com.ar www.facebook.com/Narradoras.Argentinas www.narradorasargentinas.blogspot.com.ar.

Libros del autor en nuestro catálogo:

Syria Poletti deambula en su obra por las propias vivencias y obsesiones; vuelve con insistencia a ese rescate de niñez, amor y pasiones. El poder y sortilegio de las palabras, la poesía y el arte, los misterios de la condición humana, la fuerza para superar obstáculos están siempre presentes. De diversos modos, claves y estilos, afloran en todos sus libros, con fuerte sesgo autobiográfico. Gente conmigo es de algún modo una novela escrita desde las huellas y las cicatrices que marcaron su infancia y juventud. Apareció en 1961, publicada por Editorial Losada, en su Colección Novelistas de Nuestra Época. Premio Internacional Losada y Premio Municipal de Buenos Aires. Reeditada en 1962, 64 y 65, fue traducida al alemán, checo, inglés e italiano y también llevada al cine en 1965. Su lectura conmueve, por el vigor y contundencia de unas palabras que logran contar lo que a una mujer "le pasó por su cuerpo". Profundidad y oficio transforman las vicisitudes del abandono, la lucha con su columna defectuosa, la migración a la Argentina en un texto sobrecogedor, que se destaca por la hondura de las historias que entrelaza, la estética de sus construcciones y un trabajo asombroso con el lenguaje.

Si hay que decir en pocas palabras cuáles fueron los mundos de Clementina, pues básicamente señalo cuatro: la geografía y el arrasamiento del monte; la recuperación lexical y onomatopéyica de sus habitantes, seres solitarios y aislados; los sentimientos y en particular el amor como tema central; la condición femenina. Y en todos, claro, el dolor y la frustración ante un destino que siempre es imbatible, inmodificable.

Los relatos de Quenel, y acaso por eso mismo, leídos en estos tiempos de vértigos y ligerezas pueden resultar algo ripiosos. Y es que ella fue la clase de escritora que se detiene en detalles y trabaja, se diría, burilando sus propias morosidades. Ojalá este esfuerzo editorial sirva para consagrar, aunque a destiempo, a una de las más notables escritoras de la Argentina del siglo XX.

Mempo Giardinelli

[…] Amalia Jamilis tiene algo de contempladora comprometida, a la vez despegada y muy participante de la vida de sus personajes: mujeres emparentadas, racimos de personajes un poco marginales socialmente, que se trasladan por calles y casas de la ciudad, perdiendo o recuperando integrantes. Y una lista considerable de objetos concretos y precisos de una época: marcas de bebida, de implementos de costura, películas, remedios o bares. Después están los deseos, a veces sentimentales, a veces sexuales o sensuales, a veces de matar a alguien. […] En este libro se incluyen sus dos primeros libros. Leídos hoy, Detrás de las columnas (Losada, 1967), el primero, establece una continuidad mayor, personal y estilística, con los cuatro restantes de su obra que Los días de suerte (Emecé, 1969), el segundo. A los dos libros se agrega el cuento inédito “El reconocimiento”, que mezcla elementos policiales y relacionados con la violencia política, digno de figurar en cualquiera de los libros de la autora. […]

Elvio E. Gandolfo

La originalidad y el talento de esta escritora solitaria es tan fuerte como secreta su existencia. Fina Warschaver (1910-1989) fue narradora, poeta, dramaturga, ensayista, traductora y música. Fue también una relegada integrante del Partido Comunista Argentino, institución que tuvo fuerte influencia cultural en el país y una reconocida capacidad (compartida con otros partidos comunistas pro-soviéticos en el mundo): la de imponer en un nutrido mercado de clase media, consumidor de cultura progresista, a los artistas excelentes que pasaron por sus filas (Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Pablo Neruda, Pablo Casals o Pablo Picasso son casos paradigmáticos). En nuestro país el PC mantuvo este poder cultural, con continua decadencia, incluso durante la dictadura militar de 1976, y podría haber posibilitado que la extraordinaria obra de Warschaver no fuera hoy una joya escondida. Sin embargo, sus comisarios culturales eligieron no hacerlo.

El hilo grabado

El cuento final es autocríticamente feminista y también, pese a ello, el más clásico y (aparentemente) más “obediente” a la estética legitimada por los partidos comunistas de la época. No sólo por su estructura narrativa tradicional sino porque se encuadra en el único género no realista que la Unión Soviética fomentaba con entusiasmo en 1961: la ciencia-ficción. Si durante el estalinismo se consideró a la ciencia-ficción un género literario dañino, a partir de 1957, cuando los rusos lanzaron al espacio el Sputnik (primer satélite artificial de la historia), las cosas cambiaron y el género se fomentó con una impronta didáctica y propagandística. El razonamiento era simple: si el comunismo produce la más racional y avanzada evolución de las fuerzas productivas, los avances tecnológicos de la Unión Soviética deberán ser enormemente superiores a los del capitalismo, no sólo en sofisticación, porque ahora que se ha liberado del yugo del capital y de la desesperación por aumentar la tasa de ganancia; la tecnología traerá felicidad plena, un mundo lógico, justo, donde “el hombre” someterá a la naturaleza y pondrá esa sumisión al servicio del desarrollo igualitario de la humanidad. Para la URSS de 1961, la ciencia-ficción era la forma más refinada del realismo social: anunciaba la superioridad del régimen, una tarea que honraba a los artistas patriotas. Cantaba el triunfo soviético sobre el norteamericano en el espacio intergaláctico, algo que pareció realidad hasta que, en 1968, los Estados Unidos enviaron astronautas a la luna y la ilusión se quebró. La ciencia-ficción soviética se concentró en imaginar el futuro del régimen como utopía y eso incide en el lugar privilegiado que tiene “El hilo grabado” entre los cuentos de este libro. El género retornará luego en dos relatos de Hombre-Tiempo: “América, el viaje y los automóviles” (una distopía que se burla del consumismo capitalista extremo y delirante) y “El empleo del tiempo”, utopía comunista con un final demasiado irónico como para considerarla así aunque, igual que “El hilo grabado”, transcurre en un mundo “perfecto”. Es que en los relatos “utópicos” Fina mantiene una fuerte tensión contra los preceptos soviéticos, algo que en realidad también aparece en la poca pero contundente ciencia-ficción de calidad que produjo la URSS. La mayor parte de lo que se escribió allí no tuvo sutileza, pero cuando Fina Warschaver elige el género para plantear preguntas molestas abreva en pocos pero buenos efectos artísticos oficialmente no deseados, obras que fueron felizmente capaces de engañar a los miopes comisarios políticos. Por eso, tanto en “El hilo grabado” como en “El empleo del tiempo” hay cierto sarcasmo en la idea de una sociedad tecnológicamente superior. Son utopías no tan utópicas. Pero la perfección que cuestionará “El empleo del tiempo” atañe al Orden de Clases: es la del régimen de trabajo y ocio en esa sociedad avanzadísima donde el concepto de trabajo manual quedó relegado a costumbre cavernícola. En cambio, la perfección que se jaquea en “El hilo grabado” atañe al Orden de Géneros y a la subjetividad de mujeres patriarcales, a la dificultad social de construir existencias femeninas autónomas. El cuento no culpa fundamentalmente a la sociedad sexista (aunque algo de eso esté insinuado) sino apunta a una responsabilidad más incómoda, la de la víctima: su cárcel subjetiva, su decisión de no sobresalir, de refugiarse en la pareja para evitar el mundo, la opresión internalizada, la complicidad –en suma– de “la mujer del gran hombre” con el lugar que le da la comunidad. Problemas estos que no se consideraban ni sociales ni políticos en 1961, pero que probablemente la esposa del respetado y famoso dirigente Ernesto Giudici haya sufrido en carne propia. “El hilo grabado” está obsesionado, como toda la obra de Fina, con el tiempo y la memoria. Como pide la ciencia-ficción, es producto de una especulación: ¿cómo sería vivir en una sociedad donde nada del pasado se perdiera, donde la memoria quedara registrada y viva hasta el último detalle? El hilo grabado es como la cera hendida de la “pizarra mágica” que propone Freud: todo lo conserva, su posibilidad de registro de información para la memoria es infinito, no hay límite para grabar datos en la continuidad hilada que se enrosca en el carretel, el límite lo da la muerte del sujeto; el que impone la perdurabilidad (salvo que alguien destruya intencionadamente el hilo, lo cual no es fácil) no existe. La ciencia ha logrado que no pueda borrarse ni una sola experiencia vivida, que todo pasado deje huella que basta proyectar como holograma para volver consciente. Esta tecnología no se pone al alcance de todos, es un privilegio que el Estado, a través del “Instituto de las Inteligencias Superiores”, reparte racionalmente a quienes lo merecen: “un pequeño botón-bobina” se coloca en la solapa de ciertos elegidos para que la humanidad no pierda ninguna de sus experiencias; cada acto de la vida de este ser superior quedará inmortalizado como fuente de aprendizaje, desde la infancia del “pequeño talento” hasta su muerte.

[…] Andrea Rabih era demasiado buena escritora para dejarse distraer de su trabajo por su propio sufrimiento, y trata a estos textos no como expresión de su dolor, ni como carta de despedida, y menos que menos como chantaje sentimental a los lectores futuros, sino como cuentos: objetos verbales puros e independientes, que deben conmover y maravillar por sí solos, sin referencia alguna a su vida u otra circunstancia externa. No hay en ellos una sola línea que deba ser excusada en nombre del dolor físico, la pena, el miedo o la urgencia. Nos desafía a que encontremos en ellos un solo rasgo de auto conmiseración o indulgencia. El lector ideal de estos cuentos debe ser, creo, tan feroz como ella. Es lo menos que se merece. […]

Carlos Gamerro

[…] La novela prende sus focos sobre la construcción de un poder mafioso que crece al amparo de la edificación de bunkers ocultos en la selva, flotas de aviones para transportar cocaína, una red de complicidad y de sobornos. Refugiada en un tipo de escritura ajena al realismo costumbrista y al registro testimonial, La mamacoca, sin embargo se convierte en documento de una búsqueda ficcional que explora dimensiones de la realidad más oculta y marginal tanto porque sus formas de operación viven de la clandestinidad y el delito como porque sus personajes y maquinarias ilegales ocurren en sitios más alejados de los centros neurálgicos y más visibles de la política nacional. […]

Nora Domínguez

[…] Elvira Orphée ha creado un libro raro, fiel imagen de la vida provinciana del noroeste argentino que, más que informarnos, nos transporta a ella, nos lleva a conocerla en lo más íntimo (total ausencia de tipismo, ni por casualidad un cachivache para turistas), nos hace sentir, con la mayor intensidad posible, el alma local (no el color), nos convence de que aquello que pasa solo puede pasar allí, aunque desconozcamos por completo tal región. Gentes y paisajes, con el mínimo de descripción, se presentan tan evidentes como la estepa rusa o el suburbio de Londres en la buena literatura de esas tierras. Y, claro está, como en la buena literatura de todas las latitudes, un hombre…, un hombrecito, un muchacho desamparado y negruzco, padece tormentos y angustias de dimensión universal. […]

Rosa Chacel

[…] La Mujer ha regresado por decisión propia a una nación que ha sido desmantelada, una sociedad que no le permite mantener su costumbre de comprar libros porque ya no son accesibles a su bolsillo; pero tampoco los que circulan, a su juicio, “soportarían la relectura”. Pierde poco a poco el contacto con los amigos y con su marido yanqui, asume el cotidiano con la familia de Hortensia, establece con cada uno de “los polacos” un lazo que puede leerse como la búsqueda de un simulacro de comunidad de género, de lengua, de poesía, en medio de la enfermedad que se ha declarado como la guerra. […]

Susana Rodríguez

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