«Vidas en suspenso», de María Florencia Alcaraz | EDUVIM

«Vidas en suspenso», de María Florencia Alcaraz

«Vidas en suspenso», de María Florencia Alcaraz

Adelanto del libro Vidas en suspenso. Jóvenes y violencia institucional de María Florencia Alcaraz, el nuevo título de la colección Ideas Argentinas que ya podés encontrar en kioscos de diarios y revistas de Capital Federal.

Un pibe que desaparece. Una familia que dice que la última vez que lo vieron estaba en una comisaría, subía a un patrullero, hablaba con policías. Una detención que no queda registrada en ningún lado. Un cadáver que falta. La foto de búsqueda que va desde el poste de luz del barrio hasta las redes sociales. Una muerte en una cárcel. La versión oficial que habla de suicidio. Testigos que contradicen esa acción. Un grupo de vecinos que mata a golpes a un chico. El patrullero que se lo lleva moribundo y esposado. Un Tribunal que no encuentra responsables de ese crimen. Un nene al que lo atraviesa una bala narco. Un móvil de prefectura que nunca llegó para auxiliarlo.

Vidas en suspenso. Jóvenes y violencia institucional pretende poner la lupa sobre una escena opaca: la violación de los derechos humanos por parte de los distintos actores del sistema penal. Las violencias estatales –por acción directa o por omisión– que encarnan y reproducen las distintas fuerzas de seguridad –policía Federal, provincial o comunal; gendarmería; prefectura–, los servicios penitenciarios y las instituciones del sistema de administración de Justicia.

Los casos denominados como violencia institucional, analizados en su conjunto, repiten patrones en cuanto a protagonistas y modalidades. Sujetos, territorios y tramas se combinan en cada uno de ellos. Este tipo de violencia es cíclica y encuentra relatos similares en distintos puntos del país en donde solo cambian los nombres propios de las víctimas: Luciano, Iván, Franco, Patricio, Bruno, Lucas, Kevin. La mayoría son varones que no superaron el umbral de los 25 años. Lo mismo ocurre con los familiares que se comprometen con la obligación de pedir justicia. Son, en líneas generales, madres y hermanas que cuelgan en sus pechos las fotos de sus hijos y hermanos y pelean contra la impunidad: Vanesa, Mónica, María, Elsa, Lorena, Silvia, Roxana.

El trabajo para este libro se posiciona desde el periodismo como una herramienta. En ese sentido, la investigación y la narración le dan contenido y forma. El carácter testimonial lo dará el recorrido por una serie de recientes casos emblemáticos que pincelarán la estampa de historias que se entrelazan, que no son aisladas ni producto de un desborde.

Si para la década del 90 la muerte de Walter Bulacio[1] y la búsqueda de Miguel Bru[2] sintetizaron una época, la desaparición y posterior identificación de Luciano Arruga reflejan las múltiples violencias a las que están expuestos los jóvenes hoy. Todas las aristas en torno a la desaparición del pibe de 16 años de La Matanza, tensan los hi- los del escenario actual y, al mismo tiempo, señalan temas que son necesarios someter a reflexión. ¿Cuál es el vínculo de las fuerzas de seguridad con los jóvenes en los barrios? ¿Cómo operan los medios de comunicación en torno a la difusión de estos casos? ¿Cuál es la reacción del sistema de administración de Justicia? ¿De qué manera enfrentan los familiares la búsqueda de la verdad? A lo largo de las siguientes páginas, la historia de Luciano será una madeja de la cual habrá que encontrar la punta para dar con las otras historias.

La selección intenta abordar casos paradigmáticos de violencia institucional, tomando como ejes tres variables: territorio, Estado y juventud. El territorio es una manera más profunda de entender la espacialidad. No se trata del simple escenario donde se desarrollan los acontecimientos, ni el telón de fondo de los personajes. El territorio es un espacio vivo atravesado por las dinámicas sociales, habitado por los sujetos y el conflicto. La mirada, pues, está puesta en las tensiones que aparecen en la relación jóvenes-Estado.

El recorrido investigativo parte de la cobertura y seguimiento de las historias que aquí se narran. La exploración de los expedientes judiciales, la presencia en los juicios, la observación participante en movilizaciones y las entrevistas con abogados, familiares y especialistas previas a la producción de este libro. La investigación dialoga con textos de otros autores que merecen ser visitados. El relato también está atravesado por las estadísticas y los informes elaborados por el propio Estado y los organismos de derechos humanos que siguen atentos la problemática.

El libro está organizado en seis apartados. En “Violencia institucional y cuerpos precarios” se traza el estado de la cuestión. “Desaparecidos” representa el método más extremo de la violencia policial en democracia: la desaparición forzada de personas. “En la calle” pone el foco en la manera en la que el espacio público se vuelve un lugar hostil para los jóvenes. “En el encierro” ubica su centro en las con- secuencias que genera el encarcelamiento. “El divorcio entre los fa- miliares y el Poder Judicial” toma causas cubiertas por el manto de la impunidad. Por último, el apartado final intenta reflexionar sobre el tratamiento periodístico de este tema. Y, en ese sentido, propone una serie de consejos para un abordaje responsable y desde una perspectiva de derechos humanos cuando se habla de violencia institucional en los medios.

Vidas en suspenso. Jóvenes y violencia institucional tiene un componente de recorte personal, un zoom caprichoso. Más allá de que se trata de historias que no han obtenido el merecido espacio de difusión porque los medios las mezquinaron, las recortaron o directa- mente las invisibilizaron. La obsesión personal es que estas violencias no sean naturalizadas, no perder el asombro ante el maltrato, la tortura y la muerte.

Hace seis años pasé por la experiencia de ser tallerista en un espacio de encierro, el Instituto Luis Agote en el centro porteño que alojaba, en ese entonces, jóvenes de entre 18 y 21 años en conflicto con la ley penal. Junto con un grupo de colegas dábamos clases sobre periodismo audiovisual. Una vez por semana los chicos se juntaban para hacer sus propios cortometrajes: escribir un guion, producir y filmar. Era, en verdad, una excusa para que tuvieran un espacio educativo de discusión, reflexión y entretenimiento.

Cerca de la navidad, las palizas que les daban los guardias de seguridad se hacían más frecuentes. Una tarde, uno de los chicos se levantó el buzo y nos mostró las marcas de la noche anterior. La furia de los guardiacárceles había dibujado líneas rojas y horizontales en toda su espalda. El pibe se acordaba de cada detalle de la golpiza. Nos contó que cuando escuchó los gritos de sus compañeros que estaban sien- do apaleados, manoteó la ropa que tenía cerca. Se puso un pantalón, arriba otro y otro más. Después una remera, otra, un buzo y una campera. “¿Para qué?”, le pregunté inocente. “Para amortiguar los golpes”, me contestó como si fuese obvio y natural. Esas historias no deben ser naturalizadas.

[1] Walter Bulacio fue un joven estudiante aprehendido en una razia durante un recital de rock de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota en 1991. Tenía 17 años cuando la Policía Federal lo detuvo por averiguación de antecedentes junto con otros setenta y dos jóvenes. Lo llevaron a la seccional 35 en el barrio de Núñez. No avisaron a sus padres que estaba detenido, tampoco al juez de menores. La autopsia demostró que lo mata- ron a golpes. El caso llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Recién después de veintidós años del crimen, un Tribunal argentino condenó a tres años de prisión a Miguel Ángel Espósito únicamente por la privación ilegal de la libertad de Walter.

[2] El 17 de agosto de 1993 Miguel Bru, joven estudiante de periodismo, fue torturado en la comisaría 9° de La Plata hasta su muerte. Tenía 23 años y su asesinato demostró la impunidad de la policía bonaerense, y la protección política y judicial. Su cuerpo nunca apareció. A pesar de eso se llegó a un juicio y el veredicto sentó jurisprudencia: logró una condena por homicidio sin haber encontrado el cadáver.

Sobre María Flroencia Alcaraz. Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Matanza. Desde 2013 trabaja en Infojus Noticias, Agencia Nacional de Noticias Jurídicas. Escribe sobre violencia institucional, violencia de género y policiales desde una perspectiva de derechos humanos. Hace radio todos los dìas en Radio Nacional Rock abordando temáticas judiciales. Recibió el premio Lola Mora de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por su labor en medios digitales.

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