Unas palabras sobre Edith Vera

Unas palabras sobre Edith Vera

01/07/2022

Texto escrito y leído por Beatriz Vottero en la presentación del libro "El silbido de vientos lejanos", la obra reunida de Edith Vera por Editorial Eduvim y Caballo Negro Editora, que tuvo lugar el jueves 2 de junio a las 18 horas en el Auditorio Mariano Moreno de la Medioteca Municipal de Villa María, coordinada por Emanuel Molina y con la participación, también, de Normand Argarate y Silvia Giambroni.

En primer lugar, quisiera agradecer a Carlos Gazzera, director de Eduvim y viejo amigo, por haberme invitado a decir unas palabritas de apertura en este encuentro. Lo digo con franqueza porque sé que somos muchos y muchas quienes podemos hablar de Edith. Afortunadamente, nos ha prodigado a tantos su amistad, su cariño, su conversación, su infinita ternura.

Quisiera traer al recuerdo en esta ocasión que, a poco de la muerte de Edith en 2003 y bastante antes de la creación de Eduvim, trabajamos juntos, Carlos y yo, en un proyecto de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM), sobre rescate de patrimonios culturales en Córdoba, dirigido por el Profesor Miguel Tristán, donde propusimos, en base a conceptos que se discutían entonces en el campo de los estudios sociales, la posibilidad de considerar la obra y el legado de la vida de Edith Vera como patrimonio cultural de Villa María. Ya entonces conversábamos sobre la necesidad de reunir algún día su obra. La tarea no era fácil por diversas cuestiones, entre ellas, el escaso material publicado y el hecho de que parte de los trabajos inéditos parecían encontrarse en textos dispersos que algunas personas resguardaban o que circulaban por internet.

Cuando se creó la Editorial en 2008 y Carlos fue nombrado su director, volvimos a abrazar la misma ilusión, esta vez con más esperanza. Ilusión y deseo que, por supuesto, compartían muchas otras personas e instituciones. Había que conseguir los derechos de parte de los herederos legales y revisar, además, la copiosa documentación que Anabella Gill, directora de la Biblioteca Municipal Mariano Moreno de Villa María, había logrado rescatar de los contenedores adonde fue a parar lo que quedaba de la casa de Edith en el segundo incendio, estando ella ya internada en una residencia para la tercera edad.

Así fue que, un buen día, le propuse a Carlos: conozco la persona que puede encargarse de este trabajo, acaba de jubilarse, tiene tiempo y es una excelente lectora. Y le hablé de mi amiga Silvia Giambroni. Hoy puedo decir que no me equivoqué porque sé de la paciencia y del trabajo minucioso y amoroso que Silvia fue haciendo en todo este tiempo, hasta llegar a esta publicación tan esperada por todos.

Mucho se ha dicho y repetido acerca de la reticencia de Edith a publicar. Que se demoró nueve años la publicación de Las dos naranjas, luego de ganar el primer premio del Fondo Nacional de las Artes en 1960; que le pidieron, insistentemente, editoriales importantes que les enviara sus poemas y ella no respondía o se demoraba hasta el desaliento. La conocida y prestigiosa Canela, de Editorial Sudamericana, da testimonio de ello. Sin embargo, yo no creo en absoluto que Edith no quisiera dar a conocer sus poemas, canciones y relatos. De hecho, los sembraba y esparcía sigilosamente, del modo más elemental, precario y antiguo, anterior incluso a la imprenta: escribía en papelitos sueltos que regalaba.

Marta Parodi había creado el Club de Narradores Aracilde Sobral, al que pertenecían algunas niñas de entonces, además de Angelita García, Edith y yo. Con ellas fui a las escuelas a contar cuentos y cuando le llegaba el turno a Edith, sacaba de su cartera esos papelitos, decía que no sabía muchos cuentos y que, entonces, leería algunos poemas. Ni siquiera decía que eran suyos. Luego los dejaba, como al pasar, por ahí. Una anécdota similar cuenta María Teresa Andruetto, en ocasión de ir con Edith a la radio en Villa María. Cuando le pidieron a Edith leer, ella sacó de sus bolsillos aquellos papelitos y le pidió a Tere que leyera, alegando timidez. Así fue que María Teresa guardó y atesoró varias de esas miniaturas manuscritas, que a veces llevaban también algún dibujo de líneas breves, como las dedicatorias que nos regalaba en los libros y plaquetas que sí se publicaron con sello editorial.

Yo creo que es posible, también, que temiera que, si su obra se catalogaba como literatura infantil, quedase reducida a ese ámbito. En ese caso, se habría tratado de otro de sus sutiles e inteligentes actos de resistencia. Ella decía, simplemente: yo escribo. Lo plasmó incluso en una de las también famosas esquelas con mensajes que nos dejaba en el parabrisas de su Ami 8 arrumbado en el garaje, en ocasión de una invitación que le hicieron para participar en la Feria del Libro de Córdoba. Ella me escribió: “Deciles a tus amigas que no doy conferencias ni charlas, yo escribo”. Creo, sinceramente, que en esas dos palabritas se condensa el motivo que nos ha reunido hoy: escribía para ser leída. Y su poesía es para todos.

Respecto de la eventualidad de su publicación, quisiera contarles algo que recuerdo de una conversación con ella. En una ocasión, me regaló el librito que contiene su cuento El herbolario, tercer premio del concurso Homenaje a Jorge W. Ábalos, de la Municipalidad de Córdoba. Me lo dio con varias correcciones de erratas hechas por ella a mano, con mucha delicadeza. Incluso aclaraba, en relación a la palabra "ceutíes", que había sido mal transcripta, que se refería a los habitantes de Ceuta, dando cuenta que consideraba que esa debió haber sido una breve nota al pie a cargo del editor. Recuerdo que me habló, escuetamente, de las ediciones que a veces eran “feas”, lo cual bien pudo haber alimentado otro de sus temores. No solo a las erratas, sino al diseño. Era tan delicado su sentido estético. Lo podemos comprobar en la sutileza y simplicidad de sus dibujos.

Así fue que cuando ella confió en un editor, le dio a Radamanto, de Villa María, algunas de sus obras, y, luego, su último libro publicado en vida, La casa azul, a la Editorial Garabato de la Ciudad de Córdoba. La prueba crucial, sin embargo, al menos para mí, es la cantidad de textos inéditos que le entregó a Marta Parodi mientras Marta escribía nada menos que la biografía de Edith, titulada Con trébol en los ojos. Creo sinceramente que allí se condensa uno de los gestos más humildes y amorosos de Edith Vera.

Ella sabía que su vida debía ser contada, y su obra, entregada a los lectores. Pero no lo hizo de su propia pluma, eligió a quien lo iba a hacer con la misma humildad y con el mismo amor, en un lenguaje llano, sin ornamentos. Marta siempre contaba que le había insistido a Edith que leyera los borradores, y Edith se negaba. Qué gesto de confianza, de lealtad entre ambas. Por todo ello, y en honor a quienes la editaron antes, tener hoy la obra reunida, más completa que la suma de lo conocido o divulgado, sin duda habría sido ocasión de enorme regocijo para Edith. Ella amaba los trabajos pacientes, los silencios, y también las voluntades inclaudicables, las pasiones, la vida vivida intensamente.

Y aquí quisiera remarcar, si me permiten, otro de sus atributos que, para mí, es significativo. También se ha dicho que Edith sufrió mucho, que le pesaba la soledad, que le costó sobrellevar la imposibilidad de ser madre. Sin ánimos de negarlo, me gusta en cambio quedarme con la imagen de fortaleza de la Edith que, incluso, se adelantó a los nuevos feminismos. Pidió el divorcio cuando advirtió que su matrimonio estaba en crisis, en la Villa María de entonces, pacata y religiosa. Asumió la vida de una mujer sola, estudió una nueva carrera, siendo ya maestra, cuando se abrió el Profesorado para Jardín de Infantes por iniciativa de Antonio Sobral y fue su primera directora cuando las mujeres no ocupaban cargos de gestión. Soportó la pobreza y el rechazo social cuando la dejaron cesante y violaron su casa, repetidamente, en dictadura. Yo la conocí después, a fines de los ‘80. Nunca se quejaba, sí hablaba de lo vivido, pero casi como si hubiera sido un trago amargo del pasado. Se cuidaba de las personas que podían lastimarla y daba cuenta de que conocía muy bien a sus detractores.

Siempre estaba radiante, brillaba como nadie solo con su presencia, con su escucha, con sus gestos gráciles, con su voz dulce y su capacidad de un humor siempre fino, perspicaz. Incluso a veces daba la impresión de que no estaría del todo cuerda, por ejemplo, cuando desoía lo que no tenía ganas de escuchar y cambiaba de tema para hablar, con la mayor calma y seriedad, de los colores de los rabanitos. Estoy convencida de que era su manera de cuidarse, de resguardarse frente a quienes preferían, tal vez cobardemente, creer que ella desvariaba o que estaba fuera de la realidad.

Edith tenía una clara conciencia política, era mujer de su tiempo, estaba siempre informada y creía en la posibilidad de hacer, precisamente a través de la política, una sociedad un poco más justa y más indulgente con los que más sufren. Por eso, yo recuerdo a una Edith consciente de los derechos de la mujer, aun a fuerza de “perder” las comodidades que tantas otras tenían. Una mujer que viajaba sola por el mundo invitada por instituciones de países de hablas extranjeras; que había construido desde su infancia una fortaleza en la lectura, que conocía de arte, de literatura, de pedagogía. Un verdadero cuadro excepcional para su época de juventud y tanto más en sus últimos años.

Incluso su casa, cerrada desde mediados de los '80 para los visitantes, decisión que ha sido vista por algunos como una más de sus rarezas o excentricidades, nos habla de su particular dignidad, de su respuesta al despojo y a la vejación. La casa se convirtió así en testimonio vivo de la gran tragedia para que no olvidemos; y su interior, fue posiblemente un espacio de nuevas libertades que se resguardó para sí. Recuerdo que me hablaba de collares colgados en el baño, de cosas que se le perdían por meses y aparecían bajo una piedra en el patio, de recuerdos de viajes siempre fuera de lugar y también de su televisor, que la acompañaba y era una ventana hacia el mundo más lejano. Se afirmaba en la potencia de la vida, en el amor que prodigaba y recibía. Cerró su casa, pero llevaba su arte culinario al taller de Marta Parodi, regalaba orquídeas para las navidades, invitaba a tomar café en el bar de la esquina como si fuese el living de su hogar.

Por eso, cada vez que alguien la nombra, no sólo evoca una figura literaria mayor y una personalidad fascinante cuyo fondo parece rondar siempre en los laberintos del enigma, sino que invoca su hado, casi como una plegaria. Una militante de la vida, del derecho al arte y a una educación liberadora, sin ataduras, signada por el disfrute y la rebeldía. Una poeta mayor, capaz de volcar en el rumoroso cantar de sus versos lo más hondo de la naturaleza humana, así como el fervor ante el misterio de la luz cayendo, oblicua y difusa, sobre la rugosidad carnosa de la lechuga. Yo creo sinceramente que en su fragilidad estaba su fuerza. Que en su sencillez está su más alta estatura ética y artística. Amaba el mundo de una manera celebratoria.   

Termino entonces, para invocarla, recuperando aquella consigna del Mayo Francés con que ella había engalanado su despacho de Directora del Jardín: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Allí esté, quizás, la contraseña que nos dejó para que sigamos jugando. Era una gran estratega y a cada uno nos dejó una pequeña pieza para que vayamos, paso a paso, encastrando el puzzle de su vida y de su mensaje que bien podría resumirse en aquellas palabras de Breton: "La revuelta y solamente la revuelta es creadora de la luz, y esta luz no puede tomar sino tres caminos: la poesía, la libertad y el amor".

Autor(es) del contenido

Beatriz Vottero

Beatriz Vottero

Beatriz Vottero es Licenciada y Profesora en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba. Especialista en Lectura, Escritura y Educación por FLACSO. Docente e investigadora en la Universidad Nacional de Villa María. Docente y productora de material académico para el Insitituo Superior de Estudios Pedagógicos (ISEP) y en FLACSO-Argentina. Miembro de Comités Académicos nacionales e internacionales.

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