Una trama de indiferencia en torno a las desapariciones

Una trama de indiferencia en torno a las desapariciones

“¿Qué leían los argentinos en el diario mientras tenían lugar las desapariciones? ¿Es posible identificar en la prensa las condiciones sociales que las hicieron posibles? ¿De qué manera en la sociedad se banalizó la muerte y se estigmatizó a los llamados subversivos de manera que el exterminio no provocara indignación?”, son algunas de las preguntas que Estela Schindel busca responder en La desaparición a diario, una investigación que analiza la relación entre sociedad, prensa y dictadura desde 1975 a 1978.
Editado por la Editorial Universitaria Villa María (Eduvim), este libro realiza una minuciosa lectura de la prensa durante el terrorismo de Estado y expone su cotidiano acompañamiento a la masacre “invisible” de la desaparición forzada. Al mismo tiempo, ayuda a comprender el clima dominante en la sociedad argentina en dictadura y las representaciones e imaginarios que permeaban los diarios más influyentes en la formación de opinión. El resultado es “un análisis de las operaciones sociales que, apoyadas en la rutinización del periodismo, tejieron una trama de indiferencia en torno a las víctimas e introdujeron la figura espectral de la desaparición”, explica la autora.

¿Cuál fue el origen de este libro?
En una investigación anterior nos preguntábamos por el origen de la figura del desaparecido y observamos que esto que hoy damos por sentado, que todos sabemos de qué se habla cuando se habla de desaparecidos, no siempre fue así. Entonces, a partir de allí, la idea fue preguntarnos por la genealogía, cuándo y cómo se empieza a hablar, quiénes lo hacen, cómo se negocian los significados de lo que es un desaparecido.

¿Puede determinarse un momento?
Hay momentos de cristalización de los que se da cuenta en el libro. Uno es en 1977, año en el que confluyen muchas cosas, entre ellas la carta de Rodolfo Walsh. Hasta ese momento se presenta la figura del desaparecido como cuestiones aisladas, denuncias individuales, a partir de allí se constituye en una categoría plural y de repente los desaparecidos significan un fenómeno que se empieza a entender como sistemático. La idea del libro es dar cuenta de estos procesos, hacer un análisis micro de qué autores empiezan a nombrar a los desaparecidos, cómo lo hacen, qué estrategias utilizan. En la actualidad, que se sigue discutiendo tanto sobre el terror de Estado en Argentina, el libro es un aporte para volver a esas fuentes primarias de lo que se leía y se publicaba en esa época.

Antes del ’77, ¿cómo se los configuraba desde los medios?
Hay algunas construcciones que se repiten en los medios que tienen una tesis muy formulaica, es decir que repiten fórmulas cambiando los datos y las citas. Entonces se encuentra lo que se llamaban noticias de supuestos enfrentamientos donde se fraguaban esas situaciones y en realidad eran asesinatos a quemarropa de detenidos. Ese es un formato que se repite con cierta periodicidad y que Rodolfo Walsh supo denunciar. También aparecían denuncias de Habeas Corpus casi todos los días en el diario La Nación, algo impensado pero en la sección tribunales se encuentran estos recuadros. En realidad, un ojo atento podía ir identificando estas cuestiones.

¿Cómo operaban los mecanismos de censura y de autocensura?
El mecanismo de censura fue muy bien pensado, porque las reglas eran lo suficientemente ambiguas como para que en realidad, según lo que testimonian muchos periodistas, el límite de la censura lo ponía el miedo, era más bien una autocensura a partir del terror. Hay varios trabajos publicados en los últimos años acerca de la actitud de los medios y los periodistas, y de cómo se trató de evadir la censura y se operó en complicidad por parte de los medios. De todos modos, el interés del libro está puesto en lo que sí se publicaba y, en todo caso, interrogar la condición del lector: qué tenía ante los ojos y qué podía entender. Un poco también para analizar nuestro lugar como lectores. El desafío es tratar de entender cuál es el lugar de los lectores cuando leemos las noticias y cómo podemos desentrañar esas operaciones. Cuando vemos de qué manera se hablaba de desaparecidos en dictadura podemos también preguntarnos cómo están operando hoy esas construcciones con otras formas de violencia, de indiferencia. Es un trabajo que nos permite conocer más del pasado pero también interrogar el presente.

¿Desde qué perspectiva teórica realiza el análisis?
El libro se encuentra en una tensión entre tomar a los medios como objeto de estudio y verlos como fuente, como espacio donde se plasman las opiniones de otros autores. Hay un deslizamiento a lo largo del libro. Me gusta pensar a la prensa en términos de Bourdieu, ver un campo de tensiones y relaciones dentro del cual se negocian posiciones, en el cual los empresarios, los periodistas, los actores que hacen llegar sus noticias y los lectores con su capacidad de leer e interpretar tienen su dosis de poder y capacidad de actuar e incidir. No quería tratar a la prensa sólo como un actor, me sirve pensarlo en términos de la categoría de campo, un espacio donde se disputan posiciones, un campo de lo visible cuyas fronteras se van negociando todo el tiempo. A veces aparecen contenidos más audaces, incluso en lugares como La Nación donde un corresponsal enviaba noticias de denuncias y aparecía censura con temas como la política económica. La invitación del libro es tratar de desentrañar una manera de leer las noticias para interpretar qué figuras de estigmatización y otredad se emplean en cada caso.

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