«Un poeta más allá de las fronteras», por Eugenia Cabral

«Un poeta más allá de las fronteras», por Eugenia Cabral

Decir que Juan Larrea (Bilbao, 13 de marzo de 1895 - Córdoba, 9 de julio de 1980) fue un poeta español que residió en Córdoba, Argentina, durante los últimos 24 años de su vida, en principio no devela nada interesante acerca de su biografía ni de su obra. Para acercarnos a esos contenidos necesitamos decir que ante todo su nombre está relacionado con las vanguardias artísticas europeas y latinoamericanas. Vicente Huidobro, César Vallejo, Pablo Picasso, Juan Gris, Gerardo Diego, Luis Buñuel y otros creadores admirables, sus compañeros de experiencias estéticas; la Guerra Civil Española, el exilio, la dispersión, sus hados generacionales.

Larrea y las vanguardias del siglo veinte

“Ya no puede uno perderse lo imposible
se torna muy dulcemente inevitable.”

Juan Larrea, de “Sin límites”, en Versión celeste.

Las dos guerras mundiales habían dinamitado las fronteras y de sus añicos se valieron los escritores y artistas para construir nuevas viviendas, donde refugiar a las Musas que volvían de los campos de batalla europeos en harapos y descalzas. En ese limbo, el tópico larreano del “más allá” (“ailleurs”) se apersona como realidad geográfica y se dibuja como mapa conceptual. El bombardeo de la ciudad de Gernika y el estallido visual de la pintura Guernica (Picasso) emiten la aguda alarma que indica el momento de abandonar Europa como refugiados políticos. Desde París, en 1939 Larrea parte junto a otros poetas españoles hacia allende los mares. México y New York lo retienen hasta 1956, cuando es convocado desde la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, a la Facultad de Filosofía y Letras por su decano, Victor Massuh. Aquí habitará durante 24 años, hasta su último aliento de republicano y de poeta.

Al igual que el gran músico Manuel De Falla (quien se instaló en Alta gracia, provincia de Córdoba, para exiliarse hasta su fallecimiento) decidió no integrarse en la maquinaria franquista ni siquiera como lubricante. Ambos eligieron la expatriación en señal de rechazo a la dictadura sangrienta de Franco. Ambos prosiguieron levantando una banderita con la frase simbólica de la lucha por la República Española: “No pasarán”, y no como exvoto, sino como divisa histórica. Ese solo empeño justificaría que recordar a Larrea, haber investigado su biografía local, no solo no signifique una ceremonia vacua de glamour literario, sino que tampoco implique una fría operación arqueológica. Es más bien insistir en practicarle un electrocardiograma a nuestra vocación de libertad, a nuestra memoria de cómo es ser libres para defender una idea, o una forma de vida. En cualquier región, en cualquier huso horario.

Guernica o el emblema de la destrucción

La guerra es una hembra monstruosa, paridora de muerte y mutilación. Hija de la razón y del poder, sigue la regla de “El sueño de la razón produce monstruos”, enunciada por Francisco de Goya. En cambio, la poesía y las otras artes son capaces de engendrar bellos seres allí donde solo había carbón y cenizas. Europa y todo su Occidente les rinde culto a ambas entidades: a la Guerra y al Arte. Un día calza botas de soldado y al siguiente luce zapatillas de raso para bailar con Terpsícore. Si por la mañana ha dinamitado los mapas haciendo trizas las fronteras, por la tarde compone el himno para unificar las naciones.

Entre esas coordenadas, los jóvenes que emergen “del barro de las trincheras de la Primera guerra mundial”, al decir de André Breton, deciden convertirse en vanguardia artística, como ayer lo fueron en la formación militar. Porque vanguardia es un término de origen castrense. Designa a la avanzada de un batallón, por ejemplo. Como diríamos los argentinos, aquellos movimientos estéticos “salieron a poner el pecho”. Con el brío de la contienda bélica, con el dolor de la muerte y el deseo de la victoria, pero ejerciendo una violencia pacífica: la del arte. La destrucción de precedentes solo tiene cabida en lo conceptual, en lo verbal, no se implementa en la materialidad de los objetos, por detestables que les parezcan a los nuevos creadores. Únicamente las dictaduras de diversos signos practican la destrucción de productos culturales: quema de libros o de bibliotecas enteras, rotura de esculturas, cuadros, películas, discos, etcétera.

En 1937, Larrea es uno de los testigos de la génesis de Guernica, la pintura en que Pablo Picasso representa la tragedia española y adelanta el holocausto infernal que culminará en Hiroshima y Nagasaki. Años después, en New York, Curt Valentine le publicará su ensayo sobre esa obra, luego reeditada en la España que iba retomando el camino de la democracia. El árbol de Guernica resiste tanto como pueden sus ramas.

En Córdoba

A su llegada, en agosto de 1956, Larrea transporta consigo un gran lujo envuelto en infortunios: los recuerdos de grandes artistas y escritores que fueron sus amigos, ya casi todos dispersos o abatidos por la tempestad bélica, y otro patrimonio, dispuesto a ofrecerlo: su erudición literaria, su pudoroso talento poético. Lo acompañan su hija Luciana -que fallecerá en un accidente de aviación en 1961 junto al esposo, Gilbert Luy- y su nieto, Vicente Luy Larrea.

En la Facultad de Filosofía y Letras dicta un seminario sobre “Teleología de la cultura”; funda y organiza el Instituto del Nuevo Mundo (1959-1964) y el Centro de Documentación e Investigación “César Vallejo” (1966-1974); organiza el Simposium “César Vallejo, poeta trascendental de Hispanoamérica” (1959) y las “Conferencias vallejianas” (1967); participa con Herbert Read en la Bienal de Arte Latinoamericano organizada por Industrias Kaiser (1962). La editorial universitaria publica Aula Vallejo (1961-1974), revista que dirige y donde escribe, y sus libros César Vallejo o Hispanoamérica en la Cruz de su Razón (1958), Corona incaica (1960), Pintura actual. Herbert Read: En los confines de la pintura – Juan Larrea: Pintura y nueva cultura (1964) e Intensidad del canto errante (1972).

Toda esa etapa la Argentina vive entre la agonía y la resurrección. Años contradictorios y paradójicos. Pero Larrea era ya un hombre castigado por las persecuciones y por las pérdidas de seres queridos, fatigado de bregar contra la discordia estéril entre pares, la estrechez económica, la abulia intelectual. Agonizar y resurgir implica sendas tareas dificultosas. Y los burócratas, siempre los burócratas. A ellos, les dedica esta breve esquela ante cierto cuestionamiento:

H o r a r i o.

Tengo el agrado de informar a este respecto que, salvo las horas de sueño y de trato familiar, dedico a las actividades expuestas los siete días de la semana enteros, incluidas por lo general las vacaciones. 
De otro lado, me hago presente en los locales de la Universidad todas las tardes, de lunes a viernes, a partir de las 15.30 horas. Lo cual no es obstáculo para que también acuda, conforme lo exigen los trabajos mencionados, a alguna hora de la mañana.

Juan Larrea.

Pese a todo, durante el periodo de residencia en Córdoba su prestigio va renovándose y extendiéndose en Europa, Estados Unidos, México, Perú, Uruguay; se edita su obra poética, Versión Celeste, en Italia (1969) y en España (1970). Comienza a estudiarse su obra (David Bary, Robert E. Gurney, entre otros), a analizarse sus teorías, a valorarse su labor poética y editorial. La recuperación de la democracia en su España natal lo lleva a visitarla nuevamente en ocasión de la edición en castellano de su Pablo Picasso. Guernica. (Cuadernos Para el Diálogo, 1979). Pero ha echado raíces en la provincia más mediterránea de Argentina, bien distinta de la costa de La Coruña y de aquel cabo llamado Finisterre, que le inspirase la imagen de la travesía entre un viejo y un nuevo mundo.

La paloma que guía hacia el nuevo mundo

Larrea conocía América como nuevo mundo en el sentido geográfico y lo concebía como Nuevo Mundo en la dimensión cultural y política. Mucho antes de recalar en la Argentina había recorrido alucinado las alturas de Machu Picchu, en el Perú, y previo a ese viaje había desertado de su lengua y de su tierra: escribió en francés, vivió en Paris. Ha escrito poemas entre 1919 y 1932 y ha dejado de escribirlos porque “derivó hacia otros rumbos no menos poéticos en realidad, aunque sí más objetiva y concretamente culturales”, según explica en Orbe. En Córdoba residirá con una extraña conciencia de exiliado que se enamora de su lugar en el destierro.

Su Teleología de la Cultura supone la confluencia de dos culturas antagónicas con un futuro dialéctico: el Viejo Mundo de la España conquistadora de América, con el Nuevo Mundo elaborado en  la América conquistada por España. Y hasta los últimos instantes de agonía solitaria prosigue imaginando el lazo de plata que uniría el cabo del Finisterre español con las cumbres de Machu Picchu.

Último destierro del poeta

“…se ha ido por transparencia como las vagas promesas
de un río más bien banal.
Hacía un calor de héroes mas el tiempo era pálido…”

Juan Larrea. De “Un color lo llamaba Juan. A la memoria de Juan Gris”, en Versión celeste.

En una clínica privada de calle Santa Rosa al 300, rodeado de su nieto Vicente Luy y los amigos de éste que lo acompañan, aquel 9 de Julio de 1980 fallece -entre el bullicio patriotero de la junta militar gobernante y el silencio de la literatura local- el poeta Juan Larrea. Su enfermedad es terminal, pero él habla de sus proyectos literarios. Él sigue fluyendo desde las venas abiertas de su España republicana ideal, hacia los inmensos paisajes del Nuevo Mundo americano. El frío invernal de julio, gris, húmedo, parece una metonimia del clima social que se vive en Argentina. Cenizas de libros incinerados, vidas ultimadas en la penumbra, pérdida de nombres y referencias, cárceles inexpugnables.

En aquel aniversario de nuestra gesta patria, las fosas comunes excavadas por los golpistas, los campos de concentración clandestinos y las cárceles estaban atestadas de militantes populares que habían deseado forjar un nuevo destino para su nación, con ideas de libertad. Sin embargo, todo ese mundo subterráneo de muerte y crueldad, de tortura y dolor, no era visible en las calles barridas para que se desplazara el taconeo de las botas de los generales. Todo se veía limpio y ordenado. Nadie, ni tan siquiera el gran poeta español Juan Larrea hubiera podido debatir una sola conjetura, un solo postulado, con los terroristas de Estado.

Antifranquista, antisurrealista, antimarxista, antinerudiano, antipapista… y cuánto “anti” más no era capaz Juan Larrea de fundar en su tarea de debatir sobre la verdad y las verdades en esta vida. Debatió con las parcas incluso sobre el plazo de morir, que creía más distante. Pero ellas cortaron prolijamente las gasas y los tubos de goma, las visiones de Guernica y los jirones del mantel de la mesa familiar, igual que enfermeras del gran hospital de la muerte. Y en el silencio castrense de aquellos años nadie volvió a hablar de un poeta español que eligió para vivir a la ciudad de Córdoba, Argentina, cual si fuese el Omphalos de donde nacería el Nuevo Mundo. Nadie volvió a nombrar aquella vigilia de un sueño.

Acerca de Eugenia Cabral. Nació el 29 de noviembre de 1954 en Córdoba (ciudad en la que reside), capital de la provincia de Córdoba, Argentina. Poeta, escritora, ensayista y dramaturga. En 1981 fundó, junto a los poetas Hernán Jaeggi, Susana Arévalo, César Vargas y Carlos Garro Aguilar, el grupo literario “Raíz y Palabra”. En el período 1988-1992 estuvo al frente de Ediciones Mediterráneas, sello abocado a la difusión de poetas de su provincia. Publicó los libros El Buscador de Soles (Editorial Municipal de Córdoba. 1986); Poesía Actual de Córdoba- Los años ’80 (Ediciones Mediterráneas. 1988); Iras y Fuegos – Al margen de los tiempos (Ediciones Último Reino. Buenos Aires, 1996); La Almohada que no duerme (Ediciones Del Boulevard, Córdoba, 1999); Cielos y barbaries (Alción Editora. Córdoba, 2004); Tabaco (Editorial Babel, Córdoba, 2009); En este nombre y en este cuerpo (Babel, 2012); La voz más distante (Pan Comido, 2016); y de pronta aparición en nuestro sello: Vigilia de un sueño.

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