Un poeta escondido entre nosotros

Un poeta escondido entre nosotros

Hoy 13 de marzo es el aniversario del nacimiento de Juan Larrea. Para homenajearlo reproducimos a continuación el texto de Silvio Mattoni que fue leído en la presentación en Córdoba (noviembre, 2017) del libro "Vigilia de un sueño. Apuntes sobre Juan Larrea en Córdoba, Argentina (1956-1980)", publicado por nuestro sello.

UN POETA ESCONDIDO ENTRE NOSOTROS

El olvido es el destino más común. Tarde o temprano un nombre deja de significar, las obras dejan de ser comprensibles o simplemente dejan de ser interesantes. En el caso de un escritor, alguien que deja lo más parecido a una huella en forma de libros o proyectos de libros, ese lugar común suele demorar un poco más: los libros parecen querer frenar el tiempo y sin embargo a veces lo aceleran, se tornan testimonios antes que significaciones.
Pensemos en Juan Larrea, poeta español de la llamada generación del 27, que vivió en esta ciudad desde 1956 hasta su muerte en 1980. No caben dudas: Lorca, Cernuda e incluso Alberti son los nombres que en nuestro archivo se relacionan con ese número 27, pero de Larrea no sabemos tanto. Se conoce más el detalle extravagante de venirse a Córdoba que sus libros. En algo contribuyó a tal desconocimiento su propio gesto de abandonar la escritura de poesía y dedicarse por completo al ensayo, y a un tipo de ensayo espiritualista sobre lo latinoamericano que quizás ya no pueda ser leído. Porque en los poemas que escribió, la mayoría en francés, su lengua literaria de juventud, vanguardista, quizás antihispánico, veríamos un luminoso acceso al surrealismo, de primera mano, mientras que en su prosa, a la que se dedicó durante toda su estadía en Córdoba, acaso no podamos ver sino ciertas indicaciones: la importancia de César Vallejo para la poesía sudamericana y mundial, la falta que constituye el olvido de las poblaciones originarias de estas regiones. Pero esas indicaciones están veladas por una idea esencialista de destino manifiesto, de teleología cristiana de la historia, que las empaña y las aleja. Por supuesto, Vallejo es de capital importancia para pensar una lengua donde resuene lo olvidado, lo reprimido, que yace en lo profundo de otras lenguas que no hablamos o que se han perdido. Pero quizás lo leamos de otro modo, más corporal, menos mitológico. 
Este libro de Eugenia Cabral viene a reparar la ambivalencia de un olvido, pero no se trata de un simple recordatorio, ni de un análisis de la obra desatendida, sino de una apuesta: "Vigilia de un sueño" apuesta por la poesía. Su autora escribe sus observaciones, que van siguiendo el relato de una vida, sin perder de vista el camino de los poemas, del surrealismo místico de un joven iluminado, para entender desde ahí las polémicas, los debates, las incomprensiones que rodearon tantos ensayos de Larrea. Al comentar un principio de exclusión en vida del emigrado español del ambiente cultural local, Eugenia consigna lo siguiente: “me parece que con respecto al público lector la barrera la situó ante todo el propio Larrea (seguramente sin advertirlo), al privilegiar la difusión de sus ideas por sobre la de sus textos poéticos”. En aquella poesía francesa, llena de matices, se había procurado alejar del provincianismo de su país natal, su pacatería y su dureza. Quería una lengua, dijo luego, “más dúctil, más rica en modulaciones y por lo tanto especialmente apta para expresar en clave estética sus estados de conciencia esenciales, desarticulados, turbios, difíciles y sentidos en completo acuerdo con las posibilidades que ofrecían algunas de las técnicas imaginativas descubiertas por las vanguardias más estimulantes por entonces en todo el mundo”. La lengua castellana debía buscar todavía una suerte de redención, que sólo despuntaría en la poesía de Vallejo, por la vía de un sufrimiento que Larrea no dudaría en identificar con las imágenes del cristianismo. Así, se identificaba con el profeta, el bautista cuyo papel era anunciar y difundir el advenimiento del poeta peruano. Habrá creído que su prosa de español no era digna de tocar las sandalias del poeta al que conoció y a cuya glorificación dedicó el resto de su vida. 
Volviendo al libro, que nos cuenta también esa vida y su época, el sufrimiento político de un inmigrante, Eugenia Cabral une al lúcido análisis de los textos y las reconstrucciones del pasado, a la lectura atenta de ensayos y poemas, una apreciable serie de testimonios de primera mano, recogidos durante años a partir de una encuesta incesante a quienes conocieron a Larrea en Córdoba. Con esas entrevistas conocemos por nuestra parte algo que no está en los libros, algo que se esfuma con el tiempo, que es el humor o el ánimo, lo que antes se llamaba carácter o temperamento. Con esas voces de otros, que se añaden a la mirada compasiva de Eugenia, nos llega la resonancia melancólica del poeta aislado, sin poemas, sin su hija, asediado por la tragedia que ni siquiera es un destino, sino apenas un accidente. Lo que eligió habrá sido poco, llevado y traído por las tormentas de la historia, para usar una alegoría gastada. Entre eso que eligió está el misterio del cuarto de siglo final, la opción de Córdoba, lugar sin mar, lugar pacato y provinciano, demasiado parecido a todo aquello de lo que había querido escapar, muy lejos de toda ardiente vanguardia. Y aquí pudo entregarse a la melancolía de pensarse olvidado, de mirar hacia atrás para que en el otro mundo, del otro lado del mar, una docena de años antes de morir se publicaran al fin esos poemas, “en forma testamentaria”, según anotó, en el prólogo datado en Córdoba, Argentina, en octubre de 1966. 
El 4 de julio de 1969, según el sello de la biblioteca de la Facultad de Filosofía, Juan Larrea donó un ejemplar de la primera edición de sus poemas reunidos, casi todos en francés, como dije, traducidos al italiano, editados por Einaudi. Una pluma minuciosa ha corregido a mano las muchas erratas del francés en esa edición italiana. Pensémoslo: un poeta septuagenario, que ha dejado de escribir poemas durante años, se dedica a revisar las faltas de ortografía de su lengua estética, se preocupa por aquella inspiración del hombre joven que quería dejar huellas en los senderos movedizos de la poesía. ¿Cómo es que llegó a quedarse en esa ciudad alejada de todo, desde donde envía sus escritos tanto tiempo guardados a un hispanista italiano? 
En un conjunto que se titula Ailleurs, “Otro lugar”, “Otra parte”, hay un poema que comienza: “En la posible eventualidad de una superficie / nunca un hombre podrá construir tantos muros / como las veces en que se muerde sin querer los labios”. Y podríamos decir que los muros eventuales son demasiado frágiles, ni siquiera un idioma está a salvo de volver a decir aquello de lo que se está escapando en la lengua natal, por eso se trata de guardar las distancias, que las analogías no lo consuman todo, no hagan de todo ruinas. Por eso Larrea abre un camino surrealista en su ritmo francés, pero no se identifica con el movimiento, con su mecanicismo y con su propagandismo. Las palabras cortan el mundo en dos por la línea de las ideas: de un lado, en términos poéticos de Larrea, “horizontes bellos naufragios aire cuidadoso”, del otro, “hálito en cruz de las leyes físicas”, y esta misma escisión reclama un lugar propio, escribe, “entre las garras de un paraíso que apunta hacia la lágrima infinita”. Porque también esa laceración o división entre las impresiones buscadas y la ley, entre la sensibilidad, que encontró alguna vez la transparencia de los poemas, y la transmisión de proclamas, que sigue los dictados del discurso comunicativo, se puede convertir en un muro involuntario, no construido por nadie, que impide escuchar y por lo tanto le impone silencio a la voz. “Oído sordo” se llama el poema que quiero leerles completo: 

Las confesiones del sol en los días turbios de otoño
levantan remolinos entre las atracciones
las fuentes heridas abrazan la modestia de las lámparas
más se desprecia el tiempo y más vuelan los defectos

Furtiva la sábana sucia de la luz
manos puras desvalijada como una ciega
en el pozo de la ida sin gestos inconsolables
un nudo corredizo atestigua el amor de los que se quedan

En casa sin corazón las tardes consideran inútil
llegar hasta el fondo y sólo triunfan a medias

Es posible distinguir los papeles invertidos
el árbol y el oído la voz y la hoja

Y lo que se habría podido decir frío e impenetrable como un ahorcado

Y si el otro conjunto se llamaba “Otra parte”, como una promesa de la lengua francesa que lo había llamado, el que incluye “Oído sordo” se titula “Pura pérdida”, como si ya no se pudiese aguardar más que la progresiva, ineluctable distancia, en imágenes de una despedida sin fin, o tal vez de una purgación que se llevará incluso la forma saltarina de los versos. El poeta se ve también a sí mismo, parado, su yo del pasado, del presente que se va, desde un barco, y escribe: “marinero sin espejos que se diluye en / el alejamiento de músicas que desembarcan / el gusto de la presencia humana en el centro de cada arroyo”, y luego, en la última estrofa del poema titulado “Hombre visto desde alta mar”, dice: “él se despoja de los días a medida que crece”. 
Quiero citar ahora la figura de la melancolía, que en francés atraviesa el simbolismo y que el surrealismo de tanto hallazgo verbal no logró convertir en otro humor menos negro, se trata del abismo, del pozo, en un poema de Larrea que se titula “Abismo en funciones”, y que termina así: “Por más que los pantanos de la penumbra mueran / en la cruz que forman mis lágrimas de vez en cuando perdidas / sólo una golondrina prolonga la dulce violencia de mi vida / pero mientras camino como si todavía no hubiera pasado nada / el horizonte toma forma de una confianza no correspondida”. Larrea tal vez sabía que su lectura era imposible, que los poemas quedarían como mensajes en una botella y que para llegar a su interlocutor habrían de pasar más años de los que tarda una estrella en hacer llegar su luz a otra estrella, según una figura melancólica del poeta ruso Osip Mandelstam. Por otro lado, esperaba la redención de una creencia no del todo literaria, de allí ese cielo que persiste en los últimos poemas, que le dan título a la poesía completa, Versión celeste; diría que esperaba lo ilimitado sin necesidad de seguir haciendo una obra. Al parecer, su poema final sería el que figura en esa primera edición italiana, donde falta el castellano, o sólo presenta su tosca ausencia, entre el francés y el italiano de las dos últimas páginas. Se titula “Sin límites” y traduzco apenas los cuatro versos que lo cierran, sin cerrar nada: “sin dejar nada al olvido la llama incuba sus azares / la lluvia se queda en la puerta echada por los suyos // Ya no se puede más perderse lo imposible / todo se vuelve de a poco inevitable”.
Pero lo ilegible también se vuelve transparente, lo imposible y sin límites adquiere los contornos de una huella y la precisión de un ritmo, entonces parece inevitable que ciertos sueños de poeta emigrado se hagan presencias verbales en una lengua extranjera para el lugar que eligió como final. Y tal es el papel noble que viene a interpretar este libro de Eugenia Cabral, donde se vigila, se atiende, se cuida a un poeta dormido, cuyos sueños sin embargo están todavía ahí, en un centenar de poemas traídos a Córdoba en francés y que esperan volver a ser un libro, es decir, un sentido para los que viven.

S. M.
Córdoba, 21 de noviembre de 2017

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