Repintar una aldea, retratar el mundo

Repintar una aldea, retratar el mundo

Repintar una aldea, retratar el mundo

Escrita entre 1974 y 1982, Pretérito perfecto se publicó por primera vez en 1983 después de ser premiada en un concurso provincial de novela y significó el reconocimiento de Hugo Foguet. La repercusión, sin embargo, no fue suficiente para instalar al autor en el canon de la literatura nacional, o al menos así lo plantearon sus lectores más fieles, con el reclamo por la difusión de la obra y una mayor atención de la crítica especializada.

La reedición de Pretérito perfecto continúa en ese marco un rescate que se inició con Obra poética , la recopilación de los textos poéticos de Foguet, una producción en principio menor respecto de la narrativa. Como señala Fabián Soberón en el prólogo, la novela está estructurada en torno a tres núcleos: la reconstrucción histórica de Tucumán a través de la memoria de Clara Matilde Sorensen, personaje centenario que da voz a las familias tradicionales de la provincia y a una saga donde convergen la política, el crimen y la literatura; las revueltas estudiantiles de fines de los 60 y principios de los 70, y las discusiones literarias y filosóficas que un conjunto diverso de personajes mantienen en diferentes lugares de San Miguel de Tucumán. Entre esos debates, uno de los principales gira en torno a la propia escritura y al programa del escritor de provincia.

Pretérito perfecto plantea la pregunta por la posibilidad de la novela en los márgenes del campo literario y constituye a la vez un intento de respuesta. Los intelectuales de Foguet están alejados de los centros culturales pero sus textos dialogan con los grandes autores de la literatura, así como los estudiantes tucumanos citan a los del Mayo Francés. Las posiciones se dividen entre el registro extrañado del color local y la asunción de un lugar textual en el mundo, la opción que finalmente se privilegia y que se desmarca del regionalismo sin negar los orígenes culturales e históricos, porque la ciudad en que se vive “es el espacio sagrado donde se cumplen los destinos de los personajes”. La poesía se revela como una preocupación central al postular el ideal de una novela sin anécdota relatable ni psicología ramplona, que se despliegue como “aventura de la palabra” y recreación del universo.

Foguet ensambla un complejo conjunto de referencias, en cuyos extremos se encuentran la concepción del pasado como trama de memoria e imaginación y en consecuencia construcción del lenguaje, tomada de George Steiner, y la escritura entendida, a través de José Lezama Lima, en tanto “búsqueda verbal de finalidad desconocida”, un camino que las palabras marcan como “piedras mágicas” sobre el sinsentido y la oscuridad de la experiencia cotidiana. Su aleph reconoce un núcleo en los años 20, marcados por la emergencia de una generación de poetas locales rezagados respecto de las experiencias contemporáneas de vanguardia, la muerte del bandido Bazán Frías y las huelgas de los obreros del azúcar, hechos que se asocian con los del presente más inmediato que examina la ficción. El pretérito perfecto designa en el texto “la forma subjetiva del pasado que aspira a sobrevivir en el presente, el tiempo recobrado por la palabra”: el proyecto mismo de Foguet y una clave de la perduración de su obra.

(*)Osvaldo Aguirre. (1964) estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario (1984-1990). Integró el consejo de dirección del periódico Diario de Poesía y, entre 2008 y 2012, el equipo curatorial del Festival Internacional de Poesía de Rosario. Es editor del suplemento dominical Señales, en el diario La Capital, de Rosario, y coeditor del sitio Bazar Americano. Publicó novelas, libros de cuentos, investigaciones periodísticas, ensayo, entrevistas y crónicas, y estuvo a cargo de la edición de libros de Francisco Gandolfo, Felipe Aldana, Arturo Fruttero y Francisco Urondo, entre otros poetas, y de varias antologías.

Esta reseña fue publicada en la Revista Ñ el día sábado 6/8/2016. Pueden ver su versión online haciendo click aquí: Repintar una aldea, retratar el mundo.

Foto: Ricardo Tegni

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