¿Quién le teme a Alejandra Pizarnik? | EDUVIM

¿Quién le teme a Alejandra Pizarnik?

¿Quién le teme a Alejandra Pizarnik?

La obra poética de Alejandra Pizarnik no ha dejado de expandir su universo de lectores en las últimas cuatro décadas. Diversas ediciones de su prosa y poesía, de los diarios y la correspondencia dan fe de un interés incesante hacia su obra no sólo entre los críticos y las editoriales; también en el público. En la reciente Feria del Libro de Bogotá, integró el dorado terceto con Jorge L. Borges y Cortázar: fueron los autores más comprados en la edición dedicada a la Argentina.

Ha sido una figura ambivalente de las letras argentinas y el motivo de su éxito se mezcla con una cierta lectura que no la beneficia: la que recurre a los elementos biográficos. Pizarnik se suicidó cuando no tenía aún 40 años. Dejó una obra coherente y contundente que ha inspirado y tiranizado a generaciones posteriores. Hay quienes se fascinan con ella y quienes la detestan. Lo que es innegable es que Pizarnik construyó a fines de los 60 y principios de los 70 una voz que se hace escuchar, y una figura de poeta que resulta contundente, sobre todo entre los muy jóvenes.
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Actualmente los poetas argentinos contemporáneos, en un espectro amplio que abarca a los que publicaron en los 80, los 90 y los 2000, consideran a Pizarnik una figura muy importante. La han leído de muy jóvenes, algunos la releen y otros no, con interés por sus producciones en prosa, menos conocidas, en las que muestra un trabajo irreverente y arriesgado por el lado del humor, en el que hay mezcla de discursos, parodia, pastiche, irrisión. Muchos reconocen el poder productivo de la poesía de Pizarnik como motor que incita a la escritura, y trabajan sus textos en los talleres en que se forman los más nuevos, como un importante “rito de iniciación” (las palabras son de Celeste Diéguez) porque en algo triunfa sin dobleces: presenta una voz propia, y una muy poderosa.

Sobre una cosa hay unanimidad: el rechazo al mito de la poeta maldita, que si a algunos les parece impostado desde un comienzo, llega a rozar los límites del ridículo, por ejemplo cuando se organizó una sesión de espiritismo entre fanáticos para convocarla. El nudo que su estética propició entre locura, muerte y poesía, cristalizado en la idea de que el sufrimiento es poético, permite que, como dice Jorge Aulicino, Alejandra Pizarnik “esté sobrevalorada por señoras cultas que creen que la locura es un estado de gracia mientras no la sufran ellas”.
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Sin embargo, aquietado el fanatismo inicial, se la puede revisitar desde una clara distancia estética, esa distancia que, dice Marina Mariasch, “necesitamos tomar para no quedarnos pegados cuando una lectura nos impregna”, al mismo tiempo que resalta de ella, y hace vibrar en sus propios textos como legado, “esa voz chillona que le adjudicó Borges a Alfonsina Storni”. Para hacer, desgastado el efecto inicial de shock, caso omiso del gesto solemne, como señala Matías Moscardi, y lanzarse a nuevas posibilidades estéticas.

Personalmente, cuando hace un tiempo me nombraban a Pizarnik me acordaba justamente de esos versos tan divertidos de Mariasch: “Bioy,/ Cortázar, esos que te hacen amar/ a los 18 y después/ odiás”. La había leído tanto que ya todo me parecía repetido, no podía soportar un “yo” o un “ella” más, un jardín, una madre mala, una niña, un muro, un silencio, un vestido azul. Y sentí furia cuando descubrí que algunos de sus mejores versos eran de Rimbaud, algunas de sus mejores paradojas, de Kierkegaard. Y después me pareció genial. Leer La condesa sangrienta de Valentine Penrose y releer La condesa sangrienta de Pizarnik fue toda una lección, y de las buenas, de escritura. Eso es método. No puedo saber si Pizarnik sufría. Lo que sé es que tenía método para escribir, como César Aira dejó dicho.

En todo caso, lo que la poética y la muerte de la poeta concitan, y lo que la publicación de los diarios y la correspondencia acentúa, es un vértigo por lo desconocido. Persisten dos interrogantes: ¿por qué se suicida una persona?, y ¿cómo hace para escribir eso que escribe un poeta? No hay respuesta posible: si se está irremediablemente solo en los momentos cruciales de la vida, en los umbrales del nacimiento y la muerte, se lo está también en la escritura.

La lectura de los textos de Pizarnik, la profusión de comentarios a su poética, su impacto en las futuras generaciones, abren ese abismo vertiginoso hacia lo que no tiene respuesta. En tanto preguntas, son el motor de nuevas escrituras, y eso es, sin duda, lo más valioso.

Nota completa aquí: https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/teme-alejandra-pizarnik_0...

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