A propósito de la presentación de Lo deshabitado, de Ezequiel Luque

A propósito de la presentación de Lo deshabitado, de Ezequiel Luque

15/07/2022

Texto escrito por Hugo Suárez, quien comentó el libro Lo deshabitado, de Ezequiel Luque, en la presentación realizada el jueves 7 de julio en el Centro de Documentación del CISPREN.

Buenas tardes a todos, estoy muy contento de estar acá y compartir este momento con todos ustedes. En primer lugar, quiero felicitar y agradecer a Ezequiel por dejarme ser parte de este acontecimiento, compartir su felicidad y permitirme expresar mi parecer en torno a su libro. Nunca es fácil someterse al escrutinio de la propia obra. Los fotógrafos confiamos mucho en la mirada propia.

En segundo lugar, celebrar el hecho de que una editorial de Córdoba, en este caso la Editorial Eduvim, de la querida Universidad Nacional de Villa María, haya decidido lanzar una colección de libros de fotografía. Esto es posible, entre otras cosas, por la inquietud creativa de su Director, Carlos Gazzera, que entiende, me parece, la necesidad de establecer una discusión estética, muy necesaria en estos tiempos que corren. La fotografía está en plena revuelta, en pleno proceso de redefinición y hay quienes resisten, aún, en dotarla de cierta sustancialidad, de cierta riqueza conceptual y de mantener viva la llama de la memoria como fuente de simbolizaciones.

En tercer lugar, agradecer a mi querida librería El Espejo Libros, que siempre apuesta a llevar el oficio del librero más allá de los límites que impone la inmediatez del mercado. Hay que sobrevivir, es cierto, pero también somos, y esto lo digo en mi calidad de librero, agentes culturales. Y, por supuesto, a los compañeros del CISPREN, que tan generosamente nos han facilitado estas instalaciones para hacer esta presentación.

No me he propuesto, para esta intervención, hablar demasiado sobre las fotos de Ezequiel. Son bellas, estremecedoramente sensibles y descarnadamente humanas. No vamos a ver cuerpos, personas, pero sí sus rastros. Si las miramos profundamente y en silencio, como debe mirarse una foto, hasta escucharemos voces, ruidos, percibiremos olores. Si vamos más allá, no nos será difícil atestiguar peleas, maltratos, cortes, puteadas. Estas fotos hablan de la mirada del autor, de cómo logra sintetizar en cada click, en cada encuadre, el retorcido y, para mi gusto, inútil debate entre arte y fotoperiodismo. No hay fotógrafo que no persiga cierta idea de belleza. Elijo en todo caso destacar, como ha decidido el autor, honrar su oficio comprometiéndose con el registro de realidades que van más allá de la primicia informativa, el dato estadístico o la rutina laboral. Además, sobre las fotos que componen este libro, no puedo agregar mucho más después de leer el hermoso ensayo de introducción que escribió mi amigo, Antonio Oviedo, ese escrito que empieza de manera sencilla y que, poco a poco, se vuelve una catarata de imágenes en plena correspondencia con cada página y con lo que es la fotografía, o debería ser.

Para hablar de este libro, elijo partir desde lo que me genera su “lectura”, así, entre comillas. Las imágenes nos hablan, las imágenes nos leen, y este libro plantea una serie de correspondencias que, creo, puedo compartir para explicitar mi parecer.

La primera, y más obvia, es lo que se establece entre lo habitado y lo deshabitado. Toda fotografía es más por lo que oculta que por lo que muestra, y en este caso, ya desde el título del libro, la inquietud se plantea alrededor de qué era aquello que estaba habitado y ahora no. Cuál es el universo al que nos adentraremos una vez abierto el libro. Un pequeño ejercicio de memoria visual permitirá, a casi cualquier habitante de esta ciudad, reconocer en la tapa a ese elefante arquitectónico que proyectaba sus sombras a los vecinos de barrio Güemes. El sistema penitenciario tenía ahí una de sus sucursales, la Cárcel de Encausados, es decir, el edificio destinado para los detenidos sin sentencia firme o en proceso de. Inicialmente, se dice, el terreno que ocupaba estaba destinado para un hospital, pero allá por la década del treinta, el Penal de San Martín ya estaba desbordado, por lo que se terminó decidiendo por la construcción de otro depósito de reclusos. En sus más de 80 años de funcionamiento, la Cárcel de Encausados estuvo habitada, en el sentido físico de la palabra, por detenidos provenientes de los eslabones más pobres, más humildes y postergados de la sociedad. No se lea aquí, por favor, una apología de la delincuencia o una justificación de la criminalidad, sino una clara ejemplificación de esa vulgata que reza que el código penal existe para que los negros no les roben a los blancos, y el código civil para que los blancos les roben a los negros. Foucault lo dijo de manera más elegante, eso está claro, pero aquí queremos llegar a todos. Ese edificio se “deshabitó” en el año 2012, por demanda social, por presión estética, por negociados inmobiliarios, y, recientemente, comenzaron los trabajos de demolición. Se dice que será un parque, que habrá restaurantes, que se ampliará el corredor artesanal, es decir, una zona destinada al ocio en nombre de la calidad de vida.

La segunda correspondencia me surge al pensar en “La Cárcel de los Motines”, definida así por la ex Directora del Servicio Penitenciario de la provincia de Córdoba, Graciela Lucientes de Funes, como lugar o no lugar, en el sentido de qué tipo de “habitación”, y permítanme usar el término como verbo y no como espacio topográfico, se reproducía al interior de sus paredes. Según las crónicas, son innumerables los intentos de fuga, la cantidad de motines, los hechos de violencia y abuso. Se recuerdan varios episodios muy sangrientos, crónicas periodísticas inconcebibles para la subjetividad cordobesa que tiende siempre a bien pensarse y a desconocer o a descalificar legítimos reclamos de justicia social. Según Marc Augé, un no lugar es aquel donde las personas que lo habitan permanecen anónimas, no se apropian del lugar, no viven allí. Bueno, no sé si estamos en condiciones de asegurar que Encausados era un no lugar. Está claro que la calidad de vida no era la mejor, que las condiciones de hacinamiento motorizaban todo tipo de agresiones, podemos hablar días enteros sobre la falacia de la reinserción social, pero también es cierto que de tanto mirar al abismo, los reclusos se terminaron apropiando a su manera de él. Así lo testimonian las fotos de Ezequiel. No hay cuerpos, no hay personas, como dije antes, pero claramente ese espacio fue habitado, de muchas maneras, ya sea escribiendo el nombre de la mujer amada en la pared o saludando a los bondis que pasaban por la calle Belgrano.

La tercera y última correspondencia que se me ocurre es la que me obliga a pensar en qué significa deshabitar y, en todo caso, si sólo incumbe a aspectos físicos de la existencia o no. Podemos coincidir, simplificando el asunto, en que deshabitar un lugar se corresponde a la acción de expulsar a quienes lo habitaban o al abandono voluntario por la razón que fuere. La historia está llena de ejemplos, no nos vamos a detener en ello ahora. El tema es que el libro de Ezequiel me ha hecho pensar que también es posible deshabitar la memoria. Es una amenaza sutil, muy real, está ahí, que apuesta permanentemente a que todo se olvida. Para ejemplos, pensemos en lo siguiente: la Cárcel del Buen Pastor, célebre por la fuga de 26 compañeras presas políticas el 24 de mayo de 1975, hoy es un paseo precioso, nadie lo va a negar, pero no podemos olvidar lo que fue. El Penal de San Martín, inmenso, hoy deshabitado y a la espera de qué destino se le va a dar. Los desarrollistas inmobiliarios y comerciales deben estar afilando sus colmillos.

Entonces, se vuelve inevitable hacernos la siguiente pregunta: ¿es posible pensar otras posibilidades que no sean satisfacer necesidades inmediatas en detrimento de la memoria? Parece que no es importante, que no llega a la agenda política. Así que sí, es posible deshabitar la memoria, hay fuerzas poderosas que lo hacen posible. Aquí me pongo mi traje de profesor en Ciencias de la Educación: pensemos en la Escuela Olmos, hoy convertida en otro shopping, o en las amenazas permanentes sobre los bellos edificios de la Escuela Alberdi o el Garzón Agulla. La derecha argentina siempre exige más cárceles para los choros, pero nunca discute los orígenes de esa tristeza. Habría que encausar, en todo caso, la discusión sobre las causas de la pobreza y de cómo habitar, en el sentido creativo de la palabra, en el sentido libre de la palabra, en el sentido justo de la palabra, esta sociedad que compartimos.

Yo no sé si la voluntad de Ezequiel era mostrarnos todo esto, pero yo sé de su compromiso con el medio digital La Tinta, así que sospecho que sí, que algo de esto hay en su mirada. En todo caso, sus fotografías son testimonio de lo que desaparece o desaparecerá, de lo oculto y de lo revelado, es decir, fotografía en todo el sentido de la palabra.

Autor(es) del contenido

Hugo Suárez

Hugo Suárez

Hugo Suárez es fotógrafo, librero y profesor en Ciencias de la Educación en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Desde hace diez años, viene conformando experiencias de educación popular. Ha realizado muestras individuales y colectivas, ha sido publicado en revistas nacionales e internacionales. Forma parte del catálogo permanente de la Fotogalería de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNC. Ha cursado estudios con prestigiosos fotógrafos como Eduardo Longoni, Susana Pérez, Gabriel Lagash y Paola Spaletti. Ha participado en diversos medios digitales, como Cba24n, Revista Islandia, Al revés. Colabora periódicamente con la página The Metropolitan Culture, de Detroit, Estados Unidos y, actualmente, interviene como cronista freelance en La Tinta y como columnista en el programa Ciudad sin mar de Radio Eterogenia. La revista Desterradxs ha publicado parte de su trabajo y en su blog personal “ELOJOCASIREAL” pueden verse algunos de sus juegos con la cámara y la luz. Como fotógrafo, se especializa fundamentalmente en dos campos: el retrato y el fotoperiodismo. Sobre esos ejes, ha dictado talleres y seminarios.

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