Para acompañar esta Vigilia de un sueño | EDUVIM

Para acompañar esta Vigilia de un sueño

Para acompañar esta Vigilia de un sueño

Comentario preparado por Reynaldo Jiménez para la presentación de Vigilia de un sueño. Apuntes sobre Juan Larrea en Córdoba, Argentina (1956-1980) de Eugenia Cabral, que se llevó a cabo en el Centro de la Cooperación, en Buenos Aires, el 16 de noviembre de 2017.

Según señala con certeza Eugenia Cabral, “revalorizar la obra y la figura de Juan Larrea encuentra obstáculos culturales que no son leves de afrontar”. Controversial por inclaudicable en sus afanes, con toda el aura de su incómoda singularidad, Larrea es de los que, habiendo sido resistidos en vida, siguen siéndolo décadas después de fallecidos, supuestamente relegados al ambiguo limbo de los “autores de culto”. Aunque, vale consignarlo, tal inadaptación al medio los distingue, tratándose, en este caso, de un empecinado rechazo, en plan de lobo solitario, a las ideologías imperantes durante su cápsula de tiempo, en pos de una intuición utópica propia, tan anacrónica y discutible cuan inasimilable hasta la fecha.

La particular colocación de Larrea en tanto obra y figura —la reanudación de ese entrelazo, precisamente— no viene desprovista de cierto veteado mesiánico, por así decir, al enunciar su particular expectativa respecto del Nuevo Mundo, asunto complicado que nos incumbe, cuya translectura podría llegar a implicar la transmutación de algo así como un alma colectiva, alma por construir, por ende, a ser construida. Quizá la revisitación más solidaria con esa fe y esa diferencia en que consiste la ensayística larreana —por ejemplo Del surrealismo a MachupiucchuCorona Incaica u Orbe, o su obsesivo abordaje del obrar vallejiano— consista en rehabitarla, a fin de cuentas, en tanto expansión, laboratorio reflexivo, puesta a prueba de su poética, ligada —aun en los matices precisos de su disidencia— al recién mentado surrealismo.

A la dificultad, ya naturalizada, para encontrar sus libros, faltos de reediciones, se suma el hecho de que su poesía, reunida en volumen bajo el título de Versión celeste, quizá su textil axial, fuera originalmente escrita en francés. La revisitación precursora, llevada a cabo con amorosa persistencia por Eugenia en Vigilia de un sueño. Apuntes sobre Juan Larrea en Córdoba, Argentina (1956-1980), repara precisamente con intensidad de acontecimiento el secuestro referencial de semejante presencia entre nosotros. Los de entonces y los de ahora —hablamos de justicia poética— ya que los lectores de Larrea, tan raros como él, hacía rato aguardábamos una jugada editorial como ésta, mérito de Eduvim (Editorial Universitaria de Villa María).

Si bien tuve oportunidad de leer buena parte de estas páginas previamente a su publicación, fue antes, cuando, aún en estado de proyecto, al mencionarlo Eugenia, que percibí la vocación de abrir el spectrum a una cada vez más múltiple interlocución —aparte el circuito de los especialistas— con este autor, de mínima inclasificable, partícipe si no fautor de varias de las tensiones más suscitativas al interior de debates culturales, si bien del pasado siglo, no agotados todavía. Acaso esta sea una clave posible para sorprendernos menos respecto del silenciamiento ante lo fuera-de-serie de la propia figura de Larrea en relación, por supuesto, a su obrar peculiar.

El libro de Eugenia es dialéctica en acto. Desde el subtítulo augura ambos sujetos de una compleja conversación: Larrea y Córdoba (emblema, a su vez, del siempre convulsionado país: baste repetir las fechas demarcadas, desde la llegada del bilbaíno a la capital mediterránea hasta la de su fallecimiento). Y para ello Eugenia ha recurrido, consecuentemente, a la entrevista, con explicitación de nombres, lugares y fechas, trazando el señalamiento del recorrido del autor de Orbe en estas crueles provincias, del que poco y nada pareciera acusarse registro —salvando todas las distancias, algo similar a lo que estaría ocurriendo con el peruano Alberto Hidalgo.

Vigilia de un sueño mantiene en vilo la utilidad espiritual del documento, impregnado de aproximación afectiva, sin escatimar la presentación facetada ni perder brújula en simplificaciones, anteponiendo en toda instancia del trabajo de investigación el horizonte de contundencia de la poética larreana.

Lo inclasificable de Larrea compete desde luego a las contradicciones que encarna y suscita. Uno mismo, admirado lector de su poesía, pasa a ser curioso observador de su “interna” con el surrealismo, así como perplejo escucha de su interpretación destinal del Nuevo Mundo, aunque también, y siempre a través de estas páginas, se entera con detalle de la difícil situación laboral en que Larrea desarrolló, pese a todo, su tarea: al interior, a la vez que al borde, de la institución académica.

El poeta español Benito del Pliego, quizá el principal estudioso de Larrea en la actualidad, recalca en el prólogo:

Si tenemos en cuenta que el exilio es un fenómeno que tiene (al menos) dos caras, Cabral gira la moneda para presentarnos el otro perfil; no el del lugar de origen, sino el que se percibe desde la perspectiva del país de acogida o residencia y trabajo. O, en otros términos, Juan Larrea es aquí un inmigrante, no un emigrado. Y esta posición nos ayuda a explicar las dificultades que afloraron en su relación con la Argentina y también nos invita a considerar lo que significaron para él las complejas circunstancias sociales y políticas a las que se encaminaba el país.

Contextualizar, sí, pero precisamente por eso y para eso, no aflojar las riendas, reproblematizando, o mejor aun sosteniendo en vilo la complejidad implicada. Por ejemplo, en un pasaje entre tantos a destacar, Eugenia resalta:

En sus escritos, el postulado del ‘nuevo mundo’ destella como un diamante en la oscuridad. Quizá fuera la chispa cuyo estallido preanunciaba o presentía y que, andando los años, situará en tierras americanas como nuevo mundo en el Nuevo Mundo, alumbrado por la luz de la paloma, del Colombus o Colón, que representa para él al Espíritu Santo. Podemos estar seguros de que en esta tierra situada en ese nuevo mundo donde se asentó, la simbología que analiza Larrea corría el riesgo de ser comprendida sólo en la acotada medida en que remitía a símbolos formales del catolicismo, credo ampliamente mayoritario por esa época de la población vernácula. Lo contradictorio es que Larrea no era un adepto al catolicismo sino un crítico de las instituciones de esa iglesia. Un punto más de crisis en su circunstancia argentina, una grieta más para sumergirlo en la soledad.

Cuando y donde muy pocos parecen interesarse en la mutua huella, prolongada y definitiva, entre Larrea y la Argentina, la ofrenda votiva que es Vigilia de un sueño abre a su modo el desafío, renovadamente poético, a esa compleja reciprocidad. Su fragmentada panorámica, más obligada por el palimpsesto violento de los hechos que por una voluntad operativa, es indicio que enciende y deja planteadas —tarea de lectores— posibles vías de retorno al obrar imprescindible de Juan Larrea.

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