No te voto. La fuerza colectiva del voto en blanco

No te voto. La fuerza colectiva del voto en blanco

04/11/2019 Fotografía de votación en urna (fuente: Clarín)

Hace un par de días recibí un mensaje interesante, en verdad se trataba de un convite a escribir sobre el último proceso eleccionario transitado en Argentina; una propuesta de la editorial Eduvim.

Mi primera reacción al leerlo, quizá impulsada por mi relación con la militancia (informal, singular y probablemente disruptiva, por cierto), fue levantar la mano y para decir algo así como “aquí estoy, claro que quiero escribir algo”.

La segunda fue un tanto más moderada, limitada, una vez más, por las lógica discursivas del saber, esas que asignan lugares para señalar quiénes cuenta con la palabra autorizada. Difícil laberinto, porque estar autorizadx para echar mano a esos discursos implica contar con una serie de titulaciones en materia política que empujan por fuera del juego de las discusiones a quien no cuenta con ellas; particularmente mujeres, y ni que hablar de otras existencias no binaries.

Pero el convite resultaba bastante amplio “invitar a quienes quieran participar a utilizar nuestro blog para publicar notas libremente sobre el proceso electoral (…) [úlitmo]. Una tribuna libre para opinar”. De modo que, con esta premisa tan abierta y desestructurada decidí echar a rodar mis ideas acerca de algo en lo que vengo pensando desde hace algún tiempo: “el poder colectivo del voto en blanco”.

Hace tiempo, conversando con un constitucionalista cordobés discutimos sobre esto. Por supuesto que me dijo que el voto en blanco era una locura, debo reconocer, lo pronunció con mayor elegancia, y de algún modo me transportó a los discursos oídos desde la infancia; toda una generación de abuelas, abuelos, tías, tíos y por su puesto mi madre y mi padre señalando que votar en blanco era algo así como correrse del juego de las opiniones, o hacerle un guiño descomprometido a la mayoría ganadora, o simplemente ser una vendepatria.

¿Pero por qué?, ¿por qué así? me pregunté.

Este constitucionalista, querido amigo con el discuto sobre todas las cosas que pueblan la tierra y nos cubrimos de polvo hasta los dientes cada vez que eso ocurre, me envió un artículo. Quizá su intención apuntaba a que reflexionara desde otro costado, quizá no. Lo leí. También me recomendó a Saramago en su “Ensayo sobre la lucidez”. Lo leí.

El artículo1, escrito por otro constitucionalista, explicaba el funcionamiento que había tenido en nuestro país esta institución del voto en blanco. Marcaba los devenires en un sistema compuesto por la posibilidad de una doble vuelta para la elección presidencial, algún pronunciamiento emitido por la Corte Suprema de Justicia de la Nación en punto a la pretensión de permitir bancas vacantes (en la legislatura, por supuesto), conforme a un determinado coeficiente, y los diferentes planteos efectuados a la Cámara Nacional Electoral por alguna fuerza partidaria para otorgar a esta expresión ciudadana determinado estándar valorativo presto a beneficiar ¿a quién?, ¿a quiénes?

Por supuesto que en todos estos intentos la tendencia siempre era la de acaparar algún puñado de puntos para sumar a quien ha ganado o perdido, pero candidatxs al fin.

Sin embargo, como bien afirma el autor del artículo “El voto en blanco es una afirmación del elector mediante la cual expresa su voluntad de no sentirse representado por las fórmulas contendientes (…) [todavía más], también se lo puede considerar como la elección de una de las elecciones posibles en términos electorales: la no identificación con las ofertas políticas disponibles”.

Cuando en la obra de Saramago la mayoría del pueblo decide votar en blanco (en blanco, eh, el color de la paz), la maquinaria del poder se pone en funcionamiento y el Partido de la Derecha, el del Medio y el de la Izquierda, -como el autor los llama-, no pueden encontrar más explicación que la de una conspiración anarquista. Olvidan que esta es una herramienta de la democracia, y que decir, “no me gusta lo que ofreces” representa una de las formas más libres (si es que la libertad existe), de expresión ciudadana.

¿Hemos pensado acaso por un segundo en lo que esta herramienta implica?

Votar en blanco sí que importa un compromiso con la democracia y con el acto eleccionario. Te levantas, te enlistas, te diriges al colegio, haces fila, depositas tu cédula de identificación frente a las “autoridades de mesa”, ingresas al luminoso cuarto oscuro, metes un papel cualquiera (o sencillamente la nada) en un sobre, sales, y lo depositas en una urna. Luego te vas, con el comprobante en mano, has votado.

El voto en blanco dice, con su claro y transparente color, que podemos construir ciudadanía, que no somos rehenes de un sistema que nos obliga a optar por las alternativas humanas que, una y otra vez, cierran por aquí y hacen agua por allá ¿Quién tiene el poder?

Cómo dice Saramago en su lúcido ensayo “Es posible que llegue el día en que te preguntes quién ha firmado esto por mí”.

¿Estamos en condiciones de formular dicha pregunta y echar a rodar algo?

Tu “nadie me gusta” no es rebelión, bien pude ser todo lo opuesto, la punta de una verdadera re-construcción.

 

1 “Para tener en cuenta. Elecciones 2019: cómo cuenta el voto en blanco”. Andrés Gil Domínguez. Clarín 26/07/2019

Fotografía: Clarín.

Autor(es) del contenido

Natalia Monasterolo

Abogada. Doctora en Derecho y Ciencias Sociales. Coordinadora del Seminario interdisciplinario de Salud Mental y DDHH. Facultad de Derecho. Centro de Investigaciones jurídicas y sociales.  Maestranda de Bioética de la Facultad de Ciencias Médicas de la Facultad de Medicina. Docente de Derecho Penal I de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Integrante de grupos autogestados de salud mental y feminismo. Autora de varios publicaciones sobres salud mental y sistema penal.

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