Mujeres y escritura: románticas, burguesas, intimistas, superficiales, mediáticas, tilingas, desclasadas, facilistas

Mujeres y escritura: románticas, burguesas, intimistas, superficiales, mediáticas, tilingas, desclasadas, facilistas

20/01/2023

Texto leído en el Seminario Borrando Fronteras de la IV Feria Internacional del Libro de las Universitarias y Universitarios (FILUNI 2022) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Las escritoras argentinas del siglo XIX, las primeras, están ligadas a la lucha por la independencia nacional o a sus prohombres (Juana Azurduy, Juana Manuela Gorritti, Mariquita Sánchez de Thompson, Juana Manso) y participan de diversas maneras en los actos fundacionales de la patria, posicionan ideas, publican y abren salones literarios. Una segunda generación (Elvira Aldao, Delfina Bunge, Agustina Andrade, Eduarda Mansilla, la más prestigiosa y reconocida, y Emma de la Barra, que publicó bajo el seudónimo de Cesar Duayen y alcanzó con su novela Stella un éxito sin precedentes, el primer best seller argentino) la constituyen las escritoras que escriben en torno a 1880, tiempos de construcción de una argentina blanca, europea, con campaña de asesinato de indígenas, entrega de sus territorios a manos privadas y Buenos Aires como la París de Sudamérica, insertas en los privilegios y limitaciones provenientes de las clases patricias, hijas, hermanas o esposas de los hombres que regían a fines del siglo XIX los destinos del país.

Alentadas por su fe en el progreso y su mirada eurocéntrica, las escritoras del ochenta, como sus colegas varones, creían en el programa positivista y compartían con ellos el afán de viajar y conocer otras culturas, en particular la francesa. No obstante, la condición de género las colocaba en un lugar distinto y eso produjo en sus escrituras preocupaciones también diferentes. Fue para ellas una gran ventaja pertenecer a la elite política y cultural y tener la familia y las conexiones necesarias, pero para ir tras esa voz que pudiera hablar de las propias cosas, debían sortear los tabúes que definían la respetabilidad femenina y las condicionaban en sus vidas privadas y públicas y en sus desarrollos literarios. La cuestión central fue, entonces, como para ellos, la fe en el progreso tecnológico, pero interpretaron que ese progreso tenía que bregar por la educación y el trabajo de las mujeres fuera de la casa, tal vez sin advertir que eso iba a beneficiar a las hijas y las nietas de sus sirvientes, de modo que llevaron adelante sus reclamos sin sospechar cuánto iba a modificarse, a partir de esos cambios, la sociedad de la que formaban parte y de cuyos privilegios disfrutaban.

Les correspondería a las que llegaron más tarde profundizar la antes apenas avizorada búsqueda de un modo propio de decir las propias cosas. De entre esas escritoras, Victoria Ocampo y Salvadora Medina Onrubia podrían considerarse como extremos de tensión ideológica y vital. Victoria Ocampo (1890-1979), nacida, al igual que muchas de sus antecesoras, en el seno de una familia rica y aristocrática de Buenos Aires, publicó su primer libro en 1924, acercó al país las voces y presencias de los más reconocidos pensadores y escritores de la cultura de su época, tuvo un posicionamiento de género, si bien reservado a las mujeres de su clase, antes nunca visto ni imaginado y fundó la Revista Sur y más tarde la editorial del mismo nombre, vehículo fundamental de canonización de la literatura argentina donde publicaron Borges,  Bioy Casares, Thomas Mann, T.S. Eliot, André Malraux, Henry Miller. En este caso no la subestimaron, por cierto, porque era ella la dueña de la revista y la editorial donde aspiraban a publicar los varones de su tiempo. Factótum de la cultura nacional, en un concepto de cultura universal de grandes proporciones, de impronta europea, inglesa y más fuertemente francesa, muy ligada a los gustos que la oligarquía ganadera cultivaba en París, fue ensayista, traductora, editora, mecenas, escritora de diez tomos de testimonios y seis libros de memorias. Educada con institutrices, su primer idioma fue el francés, con el que redactó sus notas y primeros escritos hasta 1930, cuando, supo decir en una boutade, perfeccionó su castellano con Ortega y Gasset, que había llegado al país. Participó en las primeras manifestaciones de los movimientos feministas, intelectuales y antifascistas argentinos y fundó la Unión de Mujeres Argentinas. Sus viajes a lo largo del mundo le permitieron entrar en contacto con los principales artistas e intelectuales de su tiempo, con algunos de los cuales tuvo amores. Única latinoamericana presente durante los Juicios de Núremberg, militó activamente en la oposición al peronismo, fue presidenta del Fondo Nacional de las Artes, recibió doctorados honoris causa de distintas universidades y la Orden del Imperio Británico y fue la primera mujer miembro de la Academia Argentina de Letras.

Salvadora Medina Onrubia (1894-1972) está en las antípodas de Ocampo en lo que se refiere a sus posicionamientos ideológicos, ya por sus orígenes, ya por sus pronunciamientos políticos: Ocampo se enfrentó al peronismo y Medina Onrubia al General Uriburu, autor del primer golpe de Estado en el país. Pero por nacimiento, Ocampo, o por casamiento, Medina Onrubi, accedieron a espacios de poder y desde ahí lucharon por los derechos de las mujeres, la libertad de decisión política, las elecciones sexuales. Salvadora, de origen judío, era anarquista, hija de la ecuyere de un circo, fue maestra rural, madre soltera y desembarcó sola con su hijo en Buenos Aires. A los 15 años abrazó la causa anarquista. Comenzó su actividad literaria en 1918, escribió en el diario anarquista La Protesta, en la revista Caras y Caretas, el diario La Nación y la revista El Hogar. Dramaturga, poeta y narradora, fue autora de varias piezas dramáticas y propulsora del teatro para niños, primera socia mujer de Argentores, la asociación de autores de teatro, y la primera mujer en el país con prontuario policial por actividades políticas. Se casó con el dueño de Crítica, diario sensacionalista que ella dirigió después de la muerte de su marido. Tomó parte activa en las luchas callejeras durante la represión conocida como la Semana Trágica en la que fueron asesinados cientos de obreros. Fue oradora en las manifestaciones, convirtiéndose en la primera mujer en el país que habló en público en un acto del 1º de Mayo. Más transgresora de lo que se podía tolerar en esos años, no ocultó sus experiencias sexuales con varones y mujeres, en sus piezas hay tesis políticas fuertes y sus relatos son escandalosos para el momento en que fueron escritos. En una de sus obras, la acción transcurre en la casa de una abortera, un tema del que no se hablaba públicamente en esa época.

Le correspondería a Silvina Ocampo, hermana de Victoria, esposa del escritor Adolfo Bioy Casares y miembro del círculo íntimo de Borges, quien comenzó a publicar en 1937, alcanza con su penetrante mirada de los pliegues humanos y las oscuras conductas de las niñas ricas, la creación de una obra que funda el canon de narradoras contemporáneas del país.

Desde 1930 en adelante comienzan a suceder en el contexto social argentino muchos hechos culturales y simbólicos, entre ellos la Ley de Sufragio Universal, para los varones mayores de edad, el primer presidente argentino elegido por voto secreto, obligatorio y masculino, la crisis del año treinta, el golpe de Estado que inicia la sucesión de golpes militares que, con alternancias, se mantiene hasta 1983, la llegada del peronismo que cambia fuertemente las condiciones de acceso a los bienes materiales y socioculturales de los estratos menos pudientes, la instauración del voto de las mujeres por el que venían luchando desde comienzos de siglo las feministas, anarquistas y socialistas y el acceso de las clases medias en general y de las mujeres en particular a la universidad libre, laica y gratuita, por lo que comienzan a realizar estudios superiores mujeres de los sectores medios.

Nuevas camadas de escritoras salen a publicar sus libros hacia fines de la década del cuarenta y particularmente durante las décadas del sesenta y los primeros setenta, cuando en el marco de un florecimiento cultural, se manifiestan diversas escrituras de mujeres, algunas (Marta Lynch, Beatriz Guido, Silvina Bullrich, Syria Poletti) con mucho reconocimiento de lectores y notable éxito de ventas, pero tabicadas en diversos casilleros, miradas despectivamente por la crítica e ignoradas o denostadas por la academia y, salvo contadas excepciones, también por sus pares varones.

 A Marta Lynch se la denostó no por su escritura sino por sus vaivenes ideológicos en los que ella es una suerte de espejo de los comportamientos de buena zona de la clase media argentina, espejo en el que no nos gusta vernos. Como varios escritores varones de su época, formó parte del entorno del dictador Massera, que decía tener un proyecto cultural, pero la condena cayó solo sobre ella. Sus libros fueron éxitos absolutos de ventas en los 60 y los 70, pero su presencia mediática, su obsesión por el paso del tiempo, el deterioro de la belleza física y las cirugías, terminaron por imponer al personaje por sobre la escritora de una obra narrativa valiosa. Sus novelas giran en torno al poder y sus efectos en la sociedad. Particularmente en Informe bajo llave, que en su momento casi nadie leyó, una de las primeras novelas de denuncia de la dictadura y las desapariciones, asunto que ya había tratado en otra novela publicada en setiembre de 1978, es decir, en plena dictadura.

A Silvina Bullrich, proveniente de un sector social de elite, se la condenó por burguesa. La academia, en la boca prestigiosa de una mujer, dijo que sus opiniones eran el resultado de la pérdida de su capacidad de pensar. Se la ubicó sin matices, representando a “la derecha”, se la despreció por su procedencia de clase (alta, en este caso) y por sus manifestaciones sobre la importancia de ser económicamente independiente y vivir de la escritura. A Syria Poletti se la vio más bien de modo condescendiente, con cierta conmiseración, como la escritora sensiblera, de origen pobre y cuerpo maltrecho, que publicaba por entregas en revistas de mujeres y se ocupaba de escribir historias para los niños. Beatriz Guido, quizás menos incómoda que sus pares, buscó legitimación por el lado de su marido, el cineasta Leopoldo Torre Nilson que llevó a la pantalla varios de sus textos, y encontró más respeto de la crítica luego de la inclusión de uno de sus libros en Clásicos de la Biblioteca Argentina, 24 títulos seleccionados por Ricardo Piglia que vieron la luz en 2001 y podían comprarse con el diario Clarín. Sin embargo, aquella voz académica de la que hablaba hace un momento también la cuestionó: “Guido quiere contarnos la Historia, su escritura es didáctica y tiene oficio, la antítesis de lo subversivo”.

Las cuatro escribieron novelas que vendieron miles y miles de ejemplares, marcaron a generaciones de lectoras y ejercieron un tipo de escritura realista, focalizada en lo político desde lo íntimo, con mirada sociológica y psicológica. En los primeros años de la recuperación democrática, caracterizados por la experimentación con la lengua, el estructuralismo y el desprecio por el relato, los prejuicios hacia ellas se acrecentaron. Al finalizar la dictadura, los escritores jóvenes se instalaron en el olvido de lo que antes hubo y dejaron en suspenso casi todo lo anterior. Hubo cierto desprecio por todo lo que no tuviera una cierta idea de lo experimental, lo que no fuera central, urbano y joven, y así quedaron fuera de juego los “escritores de provincia”, los asuntos políticos en los relatos, la escritura de las mujeres, la escritura para niños. La escasez de lectores y el desastre de ventas (es la época con mayor escasez de lectores, más bajo porcentaje de ventas y desaparición de varios sellos editoriales) preparó el camino para el desembarco de los grandes grupos editoriales en los 90. Uno de esos años, en la Feria del Libro de Buenos Aires se hizo un “juicio a los libros más vendidos”, en los que el público se pronunciaba contra los best sellers (cuya defensora era Silvina Bullrich) porque, aunque hoy parezca un despropósito, si un libro era muy leído significaba lisa y llanamente que era de mala calidad, de modo que era imperioso escribir algo que interesara solo a unos pocos.

Así, estas mujeres cuyos libros contribuyeron al crecimiento de editoriales nacionales con cifras de ventas hoy asombrosas, escritoras que tenían, a falta de reconocimiento de la crítica y la academia, presencia en programas de televisión y revistas de actualidad, personalidades mediáticas y familiares para el público, provocadoras, se las tildó de tilingas y mediopelo, maneras de nombrar a arribistas, superficiales, desclasadas, representantes de literatura best-sellerista equivalente a mala calidad, es decir, mujeres inadecuadas, por encima o por debajo, entre el origen social y sus pretensiones de clase o sus aspiraciones intelectuales.

Las desclasadas
Sara Gallardo (1931-1988), uno de los puntos más altos de escritura en mi país, finalmente instalada con toda justicia en el canon, se desclasó a sí misma y tal vez por eso padeció la resistencia de los varones de su clase. Autora de una monumental y atípica obra periodística (¡pero escribía en revistas para mujeres!), escritora de relatos infantiles, cuentos breves y novelas hoy convertidas en clásicos, era miembro de la más conspicua oligarquía terrateniente, descendiente de prohombres de la historia nacional, pero se sintió una desclasada, errante y peregrina, un perro refugiado en la cuneta, que sufrió penurias y olvidos, como los sufrió su obra hasta que pudimos valorarla como uno de los hitos de la literatura argentina del siglo XX. En Eisejuaz, una de nuestras mayores novelas, el monólogo alucinado de un indio en busca de la santidad, le hace decir a su personaje: “No hay lugar para nosotros ni allá ni acá”, frase que bien hubiera podido caberle a ella y a tantas otras.

Un caso significativo es el de Aurora Venturini (1922-2015), íntima de Eva Perón con quien trabajó en minoridad, autoexiliada en París después de la caída del peronismo, amiga de Violette Leduc, Simone de Beauvoir, Sartre, Camus, Ionesco, Juliette Gréco, entre otros miembros de la bohemia y la intelectualidad francesa. Al volver al país, llevó adelante una obra de circulación muy restringida, relegada al coto lector de la ciudad donde vivía, publicaciones de pocos ejemplares en editoriales muy pequeñas o autoeditándose, hasta que en 2007, a sus 85 años, su novela Las Primas obtuvo el Premio de Nueva Novela del diario Página/12 que se suponía para escritores noveles (¡Las tretas del débil! El concurso era de novela joven, las bases no aclaraban que el autor también debía ser joven) y eso le permitió ser reeditada y traducida, colarse por fin, al borde de la muerte, por entre las grietas de los sistemas de circulación.

Libertad Demitrópulos, una de nuestras voces más potentes, autora con Saer y Di Benedetto de una de las tres grandes novelas argentinas sobre la conquista española, no tuvo la difusión de sus pares varones (en estos días, a cien años de su nacimiento, hay una movida nacional llamada Operativo Libertad, para reposicionarla y para que se publiquen finalmente sus obras completas). “Por muchas razones, pero en especial por razones de salud, siempre me he mantenido bastante retraída. Así que el libro ha caminado solo”, supo decir de su Río de congojas. Sus personajes, en esa y otras magníficas novelas, son mujeres pobres, desertoras de roles impuestos, que se insubordinan en defensa de su dignidad. “Hasta que la dignidad se haga costumbre”, como nos dice hoy Francia Márquez. “A las escritoras actuales les toca...lavar en el papel donde otros han escrito sobre ellas y ocupar esos espacios que quedan en blanco en el discurso masculino, borrar ese discurso prestado, revisar el propio yo”, dijo en una de sus escasas apariciones públicas en 1985 en el Primer Encuentro de Escritoras Argentinas, cuando, recién terminada la dictadura, un colectivo de mujeres comenzaba a revisar el lugar de las escritoras en la tradición literaria nacional.

El caso de Elvira Orphée pone blanco sobre negro la mirada patriarcal sobre la escritura de mujeres. Casada con un embajador, vivió en París y en Roma, dirigió en Gallimard la colección de literatura latinoamericana donde publicaron Rulfo, Borges, Cortázar, García Márquez y todo el masculino boom, fue amiga cercanísima de los más reconocidos escritores franceses e italianos, y sin embargo no logró, pese a su prosa exquisita, rasguñar el canon sino hasta muy anciana, hace pocos años, también al borde de la muerte.

Claro que las expulsiones y los olvidos tienen varias capas. A Amalia Jamilis (1936-1999) cuentista excelente, se la olvidó pronto tal vez porque vivió y murió en una ciudad del interior de una provincia. Ahora mismo estamos reeditando en la Colección Narradoras Argentinas, Dos novelas cortas, de Leonor Picchetti, escritora que vivió en un pueblito del noroeste argentino, que a los veintidós años publicó dos novelas experimentales, a las cuales se las comparó con Rayuela, y que en un tiempo en que las comunicaciones eran totalmente otras, quedó fuera de circulación y se silenció para siempre. Otras veces como en el caso de Fina Warschaver, su voz recibió una doble mordaza coyuntural: la censura política y de género. Hija de inmigrantes ruso-judíos, fue militante del Partido Comunista, mujer del presidente de ese partido, con quien compartió ideología, censura, clandestinidad y olvido. “Leí su libro. Apreciación sintética: bueno. Si se tiene en cuenta que ha sido escrito por una mujer: muy bueno”, dijo de La casa Modesa uno de los críticos literarios del momento. Hubo para ella un doble muro: unos la rechazaron por comunista y otros, los comisarios culturales del partido, por desviaciones formalistas y burguesas, falta de poder didáctico y realismo comprometido. En ella, como en casi todas, porque lo personal es político, el marco biográfico resulta gravitante: en este caso, una hija discapacitada ocupó sus horas y sus días, cosa que muy probablemente no le hubiera sucedido a un varón en esas condiciones.

Desde 1986 se hace en Argentina el Encuentro Nacional de Mujeres, que va por su 35° edición y hoy se denomina Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, No Binaries e Intersexuales. En 1998, en la ciudad de Rosario, con el equipo de la revista Feminaria y la escritora Angélica Gorodischer a la cabeza, se hizo el Encuentro Internacional de Escritoras, al que le siguieron otros dos, en 2000 y 2002. En algún recodo de la historia, las mujeres comenzaron a mirar hacia atrás en busca de otras vidas y obras a las que anclarse, a buscar en el pasado una genealogía que diera autoridad y construyera modelos. Un punto de inflexión, un nacimiento de conciencia. Ese camino latió en lo personal, de modos diversos en muchas de nosotras. En lo que a mí respecta, en algún momento fui a buscar y a leer con atención obras de escritoras, particularmente argentinas, a rastrearlas en bibliotecas ajenas o en librerías de viejo. Fue en los años ochenta, cuando empecé a coordinar talleres de recuperación social con mujeres en barrios de Córdoba. Eran mujeres de sectores medio bajos o decididamente marginales, en el marco de un proyecto de animación cultural que intentaba reparar el dañado tejido social de la dictadura. ¿Qué lecturas compartir con ellas, que no venían de estudios literarios ni de estudios superiores de otro orden, mujeres que no eran lectoras, muchas incluso precariamente alfabetizadas, todas con muy duras experiencias de vida, sino breves fragmentos de cuentos o novelas de otras mujeres de su mismo país, de su misma lengua? Pequeños fragmentos, escrituras en las que estaban presentes el desamor, la violencia, la maternidad, el deseo en sus diversas formas, el mundo del trabajo, el desprecio, el hambre, el aborto, el odio, el dinero. Fragmentos que, una vez leídos, nos daban pie para hablar acerca de las propias vidas, en un momento en el que también mi vida (la maternidad reciente, la separación del padre de mis hijas, la condición de jefa de hogar) estaba atravesada por todo ello. De modo que me transformé, un poco por intuición y un mucho por necesidad subjetiva y laboral, en una intensa lectora de mujeres. Las busqué, como dije, en librerías de viejo, conseguí de bibliotecas ajenas sus libros para fotocopiar y entonces descubrí maravillas bajo nombres que no había escuchado jamás. Supe también de sus vidas: desde la soltera que no salió de su cuarto hasta la que tuvo la protección del marido, desde la que se abrió paso siendo madre sola hasta la esplendorosa ciudadana del mundo, desde la ambiciosa suicida a la abnegada exigente, desde la militante comunista hasta la mujer mundana, desde la que renunció a todo hasta la que todo quiso acaparar, desde la que escribió en el frente de guerra hasta la que se quedó en su pueblito de provincia. El intenso deseo de tender un puente entre sus escrituras y los oídos y ojos de otras mujeres que podían tal vez encontrar allí, como yo misma, deslumbramiento, revelación o abrigo en esas palabras.

En fin, mucho antes de haberme encontrado con La llegada a la escritura y Retrato de Dora de Hélène Cixous pudimos sentir, esas mujeres y yo, <<que contra los llamados a silencio que nos caen como flechas, como órdenes, como correctivos, se trata de apropiarnos de “esa lengua que se hablan las mujeres cuando nadie las escucha para corregirlas”>>, revelación que permanece como un faro y que tanto me acompañó tres décadas más tarde en el largo extraviarse de mi madre. Se trataba de buscarlas y leerlas, de sostener una nueva pertenencia que despejara el camino de lo que hasta entonces me habían enseñado que era escribir bien y bien leer.  El secreto consistía entonces en leer a contracorriente, en mirar de un modo nuevo la organización de saberes que, yendo en una dirección, habían obturado casi todo lo demás, habían impuesto un modo de percibir, de valorar y de entender. Se trataba de adquirir nuevas destrezas para la escucha, para la lectura, para la formación de la biblioteca.

“Aunque la historia de la escritura sea canónicamente sobre todo masculina, hay un trazo de tinta empuñado por manos femeninas que puede rastrearse dificultosamente hasta la Edad Media”, dice la italiana Tiziana Plebani en El canon ignorado. Pero la recuperación de tantas espléndidas voces solo es posible si otras somos capaces de leerlas, compartirlas, editarlas, investigarlas, recuperar de mil maneras a las que estuvieron antes. Ese fue el motor para comenzar, en 2012, conjuntamente con Juana Luján y Carolina Rossi, la Colección Narradoras argentinas, bajo el cobijo de Eduvim, la Editorial de la Universidad Nacional de Villa María. Es que, si bien la producción literaria quedó históricamente opacada, las mujeres escribieron a lo largo de la historia, en prácticas cotidianas y ambiciones literarias, solo que sus voces sufrieron indiferencia, a veces también desprecio, de sus contemporáneos: escritores, críticos e investigadores, varones y en ocasiones también mujeres que por alguna razón fueron aceptadas y en lugar de pensar en colectivo cayeron en la trampa, música al oído, de sentirse únicas. Una foto de 1933 podría ser testimonio de lo que digo, muestra a la escritora Norah Lange, musa argentina de la vanguardia y amiga de varones estrella, recostada con una gran cola de sirena, rodeada de los más conocidos escritores argentinos y otros extranjeros que estaban al paso, disfrazados todos de marineros, celebrando la publicación de su libro de viaje 45 días y 30 marineros, en los que ella, más que una escritora entre escritores, la escritora que era, se ve como una mujer hermosa rodeada de admiradores de su belleza.

Paralelamente a esa toma de conciencia acerca de la escritura de otras mujeres, comencé, en mis escritos, a usar, de modo consciente, programático, citas y epígrafes de obras escritas por mujeres. Bien sabemos que la cita, el epígrafe, la referencia son maneras de agradecer, ya que no se escribe en solitario ni desde la nada, sino dentro, a favor o en contra, de ciertas tradiciones, y que nos subimos a los hombros de otras para ver un poco más allá. Al respecto me gustaría traer un descubrimiento de la escritora María Rosa Lojo acerca de El Aleph de Borges del que encuentra un núcleo previo en el relato de Eduarda Mansilla titulado El ramito de romero. Una escritora del siglo XIX escribe un relato que parece muy extraño que Borges no haya conocido, pero por supuesto, él no la menciona en ninguna parte. Hay sí confesiones de inspiración en textos de otros varones, franceses, italianos e ingleses.

Subirnos a los hombros de otras, decía, porque parafraseando un poema de Horacio Castillo, todas llevamos a nuestra madre sobre los hombros. Al comienzo su peso hace lenta nuestra marcha, pero luego la carga se vuelve cada vez más liviana, hasta que un día la dejamos, mojón en el camino, para continuar la marcha sobre los hombros de nuestras hijas. Se trata de crear vínculos con nuestro pasado, de construir la genealogía de las que escribieron antes, porque la tradición literaria de las mujeres tiene raíces profundas, todavía desconocidas para muchas escritoras de hoy. Por eso me parece tan importante un proyecto como Vindictas y otros en esa línea, los que ya están y los que irán surgiendo, así como el proyecto "Historia feminista de la literatura argentina" (seguramente habrá otros similares en otros países del continente), que también edita Eduvim, una colección que lee de otra manera el complejo tejido de nuestra literatura, porque no se trata de agregar aquí y allá, a algunas escritoras para completar. Tampoco de proteger ni conmiserar escrituras para que haya en el recorrido una cuota femenina, sino de interpelar esas escrituras, para que la mirada no sea una mirada de corrección política. Tampoco la victimización, que hace creer que las mujeres nunca han luchado con éxito, porque es por esas luchas, rebeliones y búsquedas para colarse en la escena pública desde las grietas del sistema patriarcal que hoy estamos donde estamos. Se trata de ir a leer de otra manera tanta riqueza abandonada, de nuevos lugares donde poner, para decirlo con el título de un libro de Diamela Eltit, El ojo en la mira. No solo ir a las escrituras para descubrir y leer a las que no han sido leídas, o a las que lo fueron y después se desecharon no precisamente por falta de calidad, sino también leer desde otros lugares a las que fueron elegidas, consideradas y premiadas, pero desactivadas en su potencia, su virulencia, como, para nombrar el caso más conocido, Gabriela Mistral a la que se revistió de madre y maestra universal, los dos tópicos tradicionales de encierro de las mujeres, despojándola de su potencia política, de sus posicionamientos de género y su condición de lesbiana. O el intento de cercar a Alfonsina Storni en un suicidio romántico, cuando hizo esa elección para no padecer la etapa final de su cáncer, ella que fue tan despreciada por sus pares varones porque era inmigrante y pobre, no era linda según los gustos de la época y, sin marido, vivía de su sueldo de maestra.

“La relación entre escritura y género está signada por la lucha entre el disciplinamiento y la transgresión”, dice Tiziana Plebani. En Argentina, a partir de 2015, fecha del primer “Ni una menos” ha aumentado la publicación y circulación de escritura de mujeres, hay un mercado y una coyuntura favorable para la publicación y traducción de mujeres y disidencias, pero, como dice Eltit en su discurso de recepción del Premio de la FIL: <<No hay que olvidar que el mercado entra y se apropia de los dilemas sociales. Y …entonces se habla de literatura de mujeres como una categoría. Y de alguna manera, vuelve a reproducirse este horizonte binario. Está la literatura y la subcategoría literatura de mujeres y esto abre un surco en el interior de la producción literaria, se establece una “biologización” de la letra”>>, una moda de libros de mujeres, amontonados a pesar de sus distintas estéticas y procedencias.

La tendencia a considerar las escrituras por lo que tienen de género es otra trampa, porque contribuye a formar un gueto de autoras que no tiene entidad suficiente para ser leídas como literatura a secas. El peligro que acecha su categorización como literatura, es justamente el de presentarlas a priori como escritura de mujeres, y que de ese modo queden excluidas o ignoradas escrituras que no se acomodan a lo que se espera que escribamos las mujeres.

Esto me lleva a ese ensayo que Saer tituló Una literatura sin atributos, donde reniega de los encasillamientos como escritor latinoamericano, que se espera que escriba cuestiones “latinoamericanas” de un modo “latinoamericano”. Si algo tienen en común las buenas escrituras de todos los tiempos es justamente que tienen poco en común unas con otras, que un buen escritor o escritora es diferente a otras y a otros, alguien que por la esencia misma de lo que hace, se rebela contra la uniformidad que tiende a imponerse. Buscando una forma altamente condensada para las imágenes que persigue, una escritora pone al desnudo, desnudándose a sí misma, aspectos insospechados de su condición. Pero el mercado, los imperativos de rentabilidad, el trabajo de promoción editorial, hacen que ciertas denominaciones que debieran ser informativas se conviertan en categorías estéticas. Es lo que pasa con esa suerte de etiquetado frontal feminista que muchas veces impide la lectura crítica de obras firmadas por mujeres o disidencias, sobre las que, para no caer en políticas de cancelación, se anula todo cuestionamiento desde el punto de vista de la calidad literaria.  

“Cuando mis sueños dieron signos/de volverse/políticamente correctos/no imágenes indómitas/que escapan de los límites/cuando al caminar por la calle vi/que se elegían temas por mí/supe de qué cosas no hablaría/por miedo al uso que les dieran los enemigos/entonces comencé a hacerme preguntas”, dice Adrienne Rich.

La creación resiste, se opone a lo dado, no se alimenta de nuevos clichés, busca liberarse de las palabras del orden, en eso reside su potencia política. Resistir a las viejas y nuevas gramáticas del poder, incluso a aquellas que zumban como cantos de sirena en nuestros propios oídos, actos de habla vaciados. Resistir para que aparezca en la escritura lo impensado, apartar los mandatos propios o ajenos que nos incitan a decir ciertas cosas de cierta manera, para poder decir alguna vez algo, desde lo más profundamente singular.

La escritura nos pide una puesta en cuestión que sacuda los lugares comunes, incluso aquellos en donde la lucha por ciertos derechos y reconocimientos nos hizo salir a la calle. Por eso, una escritora en su escritura, que es un lugar diferente al de la lectura, al de la investigación y al de la crítica, debiera negarse a representar cualquier tipo de dogmas, para sumergirse toda entera en su material, es decir, la lengua. Lectura desde una perspectiva de género, sí. Rescate feminista en nuestras historias de la literatura, sí. Lo que no equivale a llamarse a escribir de “manera feminista” porque a la hora de escribir, el mayor desafío y el mayor aprendizaje es no ceder ante demandas de ningún orden, tampoco ante la (propia) misión militante.

La creación que es en sí misma profundamente política camina, sin embargo, en un orden distinto al de la militancia que, para movilizarnos en nuestras luchas hacia lo público, nos necesita con ciertas certezas.  En cambio, cada vez que escribimos es otra u otro quien habla en nosotras y da voz a una cierta forma de decir que desconocíamos. Un lugar inesperado que se abre y nos convierte en alguien que no sabemos. Una búsqueda que no quiere clausura. Una revelación que, con las palabras de todas, va en busca de una diferencia.

“La Revelación/el poema/echando raíz/en miles/de mentes”, como dice Diane di Prima.

Bibliografía
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- Saer, Juan José. El concepto de ficción. Buenos Aires. Seix Barral. 1997.
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- Narradoras Argentinas. Direccion de colección Juana Lujan, Carolina Rossi, Maria Teresa Andruetto. Eduvim 2012/2022.
- Historia feminista de la literatura argentina. Dirección: Laura A. Arnés Lucía De Leone y María José Punte. Eduvim 2020/2022.

Autor(es) del contenido

María Teresa Andruetto

María Teresa Andruetto

Nació en Arroyo Cabral, provincia de Córdoba, Argentina, el 26 de enero de 1954. Hija de inmigrantes piamonteses, pasó su infancia en la localidad cordobesa de Oliva. Se licenció en Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba. Cofundó el Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil (CEDILIJ), donde trabajó durante 10 años como parte del equipo docente y ejecutivo.

Su narrativa ha sido editada en alemán, español, italiano, portugués, turco y chino, y continúa traduciéndose. Sus poemas figuran en revistas y antologías nacionales e internacionales.

Su obra se estudia en universidades americanas y europeas, y han generado libros objeto, cortometrajes, espectáculos poético-musicales, coreografías, espectáculos de narración oral escénica y adaptaciones teatrales. Desde hace treinta años, trabaja en la formación de lectores, por lo que visita escuelas, profesorados y universidades. Además, es habitual conferencista sobre literatura en general, literatura destinada a niños y jóvenes y construcción de hábitos lectores.

Su interés en la producción de otros escritores ha dado por resultado, entre otros, la traducción de poemas y cuentos de la escritora ítalo-brasileña Marina Colasanti (Ruta de colisión, Ediciones del copista, 2004; Un amigo para siempre, Calibroscopio, 2011); Ribak, Reedson, Rivera. Conversaciones con Andrés Rivera (Ediciones de la Flor, 2011) y la selección de poemas, introducción y entrevistas a la poesía de la poeta uruguaya Circe Maia (La pesadora de perlas, Viento de fondo, 2013).

Es la primera escritora argentina y en lengua española en ganar el premio Hans Christian Andersen en el 2012. Desde hace 11 años, codirige la Colección Narradoras Argentinas en la Editorial Universitaria Villa María (Eduvim), con el objetivo de rescatar y visibilizar la obra de escritoras argentinas que publicaron sus libros entre las décadas del cincuenta y noventa.

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