Ley de asistencia a la muerte voluntaria, un debate pendiente

Ley de asistencia a la muerte voluntaria, un debate pendiente

30/03/2022

Nuestro país merece contar con una ley de asistencia a la muerte voluntaria, una “ley de eutanasia”, como generalmente se dice. Tal ley consagrará plenamente un principio fundamental de la bioética que ya es parte de nuestra cultura: el de la autonomía del paciente en lo que respecta a su capacidad de decidir cómo y cuándo poner fin a su vida, sobre todo si lo aqueja una enfermedad grave, inhabilitante y sin posibilidades de curación.

Lejos de ser una rareza en nuestro sistema jurídico, la ley de eutanasia, en realidad, actualizará y complementará el marco legal ya establecido en 2012 por la ley 26.742, ley sobre derechos del paciente, historia clínica y consentimiento informado, actualmente vigente.

Alguien podría preguntarse si es correcto incluir en nuestra agenda la discusión parlamentaria acerca de la legalización de la eutanasia, cuando tanto la Argentina como el resto del mundo se enfrentan a desafíos enormes en este 2022. Mi respuesta es un sí rotundo.

Es cierto que la Historia es una sucesión de acontecimientos de suma importancia a los que debemos prestar nuestra atención; pero también es importante atender a esa dimensión más modesta, aunque no por eso menos real, de la vida individual, que transcurre dentro del conocido ciclo biológico de nacer, crecer, procrear, envejecer y morir.

Aquí podríamos dar vuelta un conocido dicho alemán y afirmar que el bosque (la Historia) no debe impedirnos ver los árboles (las historias individuales).

Siempre recuerdo en estos casos la discusión que acompañó a la aprobación de la ley de divorcio de 1986, en pleno mandato de Alfonsín. ¡Vaya si no había urgencias económicas y políticas en nuestro país y en el resto del mundo ese año! Y, sin embargo, esa ley, que atravesó en un punto concreto nuestra Historia, resolvió la situación de miles de argentinos que, de allí en más, pudieron rehacer sus vidas de adultos.

En la formulación y el debate de la ley de eutanasia, la Argentina no estará sola. Hay, al menos, una decena de países que durante este año deberán iniciar o retomar un análisis parlamentario serio sobre la cuestión de fin de vida. Portugal, Italia y Alemania son tres ejemplos tomados de Europa en los que urge un tratamiento definitivo que atienda a los reclamos de la mayoría. También es probable que el tema resurja en aquellos estados federados de Norteamérica y de Australia que aún no han incluido alguna de las modalidades de la muerte voluntaria. Y entre nuestros vecinos latinoamericanos, Colombia, México y Chile deberán responder sin más demora a los pedidos crecientes de la Justica y la sociedad civil en esta materia.

Hace tan solo veinte años, el suicidio médicamente asistido y la eutanasia eran fenómenos extraordinarios en el mundo, prácticas solo conocidas en Suiza, en el estado de Oregón y en los Países Bajos. Hoy es un grupo considerable el de las sociedades que han legalizado o bien despenalizado la ayuda a morir. Esta evolución legal también se ve reflejada en el debate bioético. Como afirman Jocelyn Downie y Udo Schüklenk, dos especialistas en el tema:

“El debate en la ética médica acerca de la muerte asistida se ha desplazado en gran medida de la cuestión de si la muerte asistida es en principio moralmente justificable a los aspectos específicos de cuándo es moralmente justificable.” (Journal of Medical Ethics, 2021).

Creo que en nuestro país existe un enorme consenso respecto a la necesidad de contar con una ley clara y moderna de fin de vida que consagre el derecho de los pacientes de acortar voluntariamente la fase final cuando esta se transforme para ellos mismos en una carga inútil y degradante. Ahora bien, algunos sectores insisten en que no necesitamos una ley de eutanasia, sino tan solo más (y mejor) medicina paliativa: si estuviéramos en condición de brindar un excelente tratamiento paliativo a todos los pacientes en su etapa final –nos dicen–, entonces no sería necesario contar con una ley de este tipo.

Creo que este razonamiento es incorrecto; sin embargo, un análisis pormenorizado de la cuestión en este post me llevaría muy lejos. Remito a los lectores interesados en el tema a la discusión que desarrollo en Eutanasia y autonomía. Aquí quisiera simplemente subrayar una vez más el que una cosa no excluye la otra. Soy defensor tanto de la eutanasia como de la paliación. La buena muerte, eso a lo que aspiramos todos como coronación de una buena vida, solo puede darse cuando ambas alternativas le están abiertas al paciente con pronóstico infausto: la medicina paliativa y la asistencia médica a la muerte voluntaria.

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