«La tragedia de Fidel Castro», de João Cerqueira

«La tragedia de Fidel Castro», de João Cerqueira

Adelanto de la novela "La tragedia de Fidel Castro", de João Cerqueira, último título de nuestra colección Eduvim Literaturas.

Y a la segunda vez que sonó el teléfono le sucedió una voz ansiosa de mujer; «Maestro, soy yo, va a comenzar la guerra…»

«Oh válgame Dios», dijo Dios, exasperado por las malas noticias.

Fátima, decepcionada por no haber salido en ninguna frase filosófica digna de un tratado de aforismos, ni siquiera una parábola teológica repleta de connotaciones, replicó con cierta ironía «este es el mundo que tenemos…»

Dios se hizo el desentendido, pero al darse cuenta de que con eso defraudaba las expectativas de su discípula, trató de enmendarse, «un día de estos mando a mi hijo de regreso a la tierra, pero esta vez será para darles unos tirones de oreja».

Fátima, y aunque rechace la violencia, también supo dar algunas bofetadas pedagógicas, se consuela un poco, «sólo Él puede evitar una tragedia…»

Dios, de pronto puesto entre la espada y la pared, desafiado a demostrar nuevamente su omnipotencia, con un chasquido de dedos, tac, y ya está, toma conciencia de que tendrá que actuar; y en seguida, pasando de la irritación al nerviosismo –¿no había ya dado suficientes pruebas?– se despide de Fátima aprensivo «voy a hacer todo lo que está a mi alcance, pero no puedo prometer nada…».

Antes de hablar con su hijo, que estaba malhumorado porque últimamente andaban profesando las malas lenguas del paraíso, Dios, pensativo, resuelve rezar una pequeña oración –en latín, por las dudas. Entonces, con el alma ya reconfortada, se asoma a los aposentos de Cristo, tocando suavemente la puerta, «¿puedo entrar?».

Cristo, como todo resucitado en perfectas condiciones, inmune a la calumnia angelical, propia de los seres que desconocen de qué sexo son y no hacen pis, lo recibe sonriente.

«Ya sé qué quieres de mí».

«¿Ah sí?».

«Obvio, desde que subí a los cielos soy omnisciente».

«Bueno… ¿no quieres bajar y poner a esa pandilla en orden? Sabes que ya no estoy en edad de crear a más hijos…»

«No señor, ya tuve suficiente la última vez…, vaya a saber lo que me harían esta vez…».

«¿Temes pasar desapercibido,  ser eclipsado  por  los nuevos ídolos?».

Cristo se siente ofendido pero se reprime un tanto, decididamente es un hombre hermoso, moreno de ojos azules, atlético –un ícono retratado en pinturas  y calendarios por quien nunca lo había visto. Un silencio puro asciende a los cielos. Dos querubines ensayan algunos acordes de arpa para calmar el ambiente pero, fulminados por el ojo miope del creador, se retiran inmediatamente en un batir de alas gallináceo. Finalmente, por miedo de haberse excedido en el sarcasmo, Dios compensa con un sentido elogio a su hijo «todo el mundo te ama, incluso aquellos que no tienen fe te admiran; eres el principal referente de la humanidad…».

Habiendo trasladado el peso de la responsabilidad a los hombros de Cristo, una antigua cruz que no podía rechazar, Dios, adepto a la observación de los conflictos a la distancia, a la teoría en vez de la práctica, a delegar responsabilidades, presiente confiado la decisión de su vástago.

Entonces, Cristo, al darse cuenta que no se debe discutir con los progenitores, aún cuando no lo parezca, la experiencia del pasado lo desaprueba y la del futuro no lo recomienda, pues éstos sólo desean nuestro bien, comprende que no hay más que un Salvador, «está bien, iré, pero vamos a esperar un poco para ver cómo se comportan».

Entonces Dios sonrió como sólo los dioses son capaces de sonreír y se hizo la luz en el paraíso.

*

Desesperada por el aumento de las tensiones, Fátima hablaba por teléfono con Dios advirtiéndolo de los desvaríos terrenos a los que sus criaturas se rendían. Cada frase era acompañada de gestos ejemplificativos de recorte teatral destinados a impresionar al Creador. Éste respondía a las monerías de Fátima con un ademán energético propio de quien había creado el universo en siete días. Si estuviesen más juntos, y el Cielo y la Tierra no lo separasen, daría la impresión de estar furioso uno con el otro. Pero no lo estaban. Sólo tenían algunas dificultades de expresión, eran insuficientes las palabras para traducir la complejidad del pensamiento. Y así, gesticularon desinhibidos, aunque la mímica divina no aportase nada al diálogo, Fátima era incapaz de penetrar  con sus ojos en los dominios celestiales. Sin embargo, su lenguaje corporal y la propagación de las manchas de sudor bajo las axilas, vistas por Dios desde una perspectiva aérea, le daba una gran fuerza dramática a la llamada de auxilio.

El sentimiento de cumplimiento del deber cívico la dejaba con la conciencia casi tranquila, como quien llama a los bomberos avisando que el bosque está en llamas para poder ver sin remordimientos la telenovela. Sin embargo, dudaba de la inutilidad de su acto sabiendo que Dios hace mucho tiempo se había decepcionado de sus criaturas y, cansado de tanta insensatez y disparate, había decidido dejarlas libradas a su suerte, así como un jefe de bomberos se cansa de las bromas piromaníacas.

Cuando soñaba despierta, Fátima se transformaba en una diosa que se les aparecía a tres pastorcitos para revelarles secretos. Le fascinaba la idea de que se le creara un culto en su honor, misterioso y polémico, que atrajera a millones de personas de todos los rincones y credos de la tierra. Se imaginaba un gran templo levantado solo para ella, con muchos fieles encendiendo velitas y vendedores piadosos incitando a comprar baratijas made in heaven, bajo el cual correrían ríos de dinero sin la sombra del pecado. Se deleitaba imaginando discusiones teológicas entre los creyentes y los escépticos, debates con expertos en diversos campos sobre la veracidad de sus apariciones y de sus respectivos milagros. A veces, en los días que despertaba inspirada, miraba al Sol, esa bola de fuego que no se mueve, pero que daba vueltas alrededor de la Tierra, sentía que podía moverlo, hacerlo bailar, encenderlo y apagarlo, si así fuese necesario.

*

JFK soñaba con derrotar a Fidel Castro, «ese gallego barbudo» y recuperar la isla. Desde la mayor vergüenza que jamás había sufrido, el fracaso de la invasión de la Bahía de Cochinos, el ajuste de cuentas se había vuelto una obsesión. Los atacantes no eran más que un grupo de mercenarios, compatriotas del propio enemigo, sólo que ellos habían sido entrenados por su gobierno. De pronto, se había convertido en el gran derrotado.

En los atardeceres soleados, indiferente  a las picaduras de los zancudos y al zumbido de los tábanos, contemplaba el cielo desde los jardines de la casa pintada de blanco. Y en las nubes veía islas, barbas y cigarros. En esos momentos le confiaba a su fiel consejero que deseaba ser un hombre como los demás, lamentando no haber podido enamorarse ni emborracharse  con los amigos durante la adolescencia.

*

Fidel Castro soñaba con una gran Revolución mundial en la que los oprimidos de todos los rincones de la tierra descendieran de las montañas para derrocar a los tiranos. Comenzarían las nacionalizaciones, las expropiaciones, las colectivizaciones, el mercado sería reducido al intercambio de figuritas y canicas entre los niños. Él, por supuesto, sería el líder absoluto e indiscutible, comandando con uniforme militar, ametralladora y puro, el pueblo unido jamás sería vencido. Sabía que para convencer a las masas tendría que dar el ejemplo ofreciéndose como voluntario para el trabajo agrícola, construyendo hospitales y escuelas, erradicando el analfabetismo; una frase resonante que invocase a la Patria y a la Muerte también tendría que ser inventada, aunque, por ahora, no la diera a conocer. En los últimos años, dadas las malas cosechas de la caña de azúcar y la desmoralización de la población, había sido obligado incluso a adoptar medidas pragmáticas impensables en años anteriores, como por ejemplo invertir en turismo –práctica capitalista condenada por él mismo en numerosos discursos.

Decepcionado, Ernesto censuraba  a Fidel mientras pescaban peces espada, «¿no ves que te volviste igual a aquellos que venciste? A veces pienso que nunca fuiste un verdadero demócrata». El Comandante escuchaba en silencio tales correcciones haciendo hoces y martillos con el humo del puro. En un intento por mitigar las diferencias, lo contemplaba y, mientras sacaba los peces fuera del agua, respondía «la dinámica de la revolución implica fuerzas que no siempre podemos controlar, lo que te parece desvíos son solo etapas del curso de la historia destinado a liberar al hombre…». Y en el estertor final del pez espada se moría la conversación entre los dos.

Acerca de João Cerqueira. Nacido en Viana do Castelo, Portugal, el 26 de octubre de 1964, João Cerqueira es doctor en Historia del Arte y autor de las novelas A Culpa é destas Liberdades,As Reflexões do DiaboA Tragédia de Fidel Castro (traducido al inglés, al italiano, al español peninsular y al español latinoamericano y en preparación actualmente como guión teatral), Maria Pia: Rainha e Mulher (biografía en coautoría con Manuel Pavão), A segunda vinda de Cristo à terra. Sus novelas satirizan la sociedad moderna, a través del uso de la ironía y el humor. Ha escrito, además, los libros de no ficción Arte e Literatura na Guerra Civil de Espanha (publicado en Portugal y en Brasil), José de Guimarães: Arte público José de Guimarães (Publicado en China por el Today Art Museum).

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