«La risa de las bandurrias», adelanto de la nueva novela de Ariel Magnus

«La risa de las bandurrias», adelanto de la nueva novela de Ariel Magnus

Adelanto de la nueva novela de Ariel Magnus, La risa de las bandurrias, de la colección Eduvim Literaturas. Fernando llega a El Bolsón intentando dejar atrás una decepción amorosa. La comarca se transforma para él en un reservorio de fantasías: un auténtico bolsón, magnificado por personajes entrañables, en una novela que sostiene su verosimil desde el delirio y la buena prosa.

 

Yo no soy así. El cartel dice que está prohibido hablar con el conductor y no es mi estilo ignorar los carteles. Pero lo cierto es que el conductor no está conduciendo sino que se bajó del bus, y yo detrás de él. Si la prohibición tuviera vigencia también acá abajo, al pobre tipo no podría hablarle nunca nadie, ni siquiera en buenos términos.

–¿Puedo preguntarle qué está haciendo? –le pregunto en malos.

–Usted vuelva al micro y no se preocupe –me contesta en peores.

Remitirme a mi lugar de pasajero es su forma de señalarme el cartel. Me dan ganas de decirle que la prohibición de hablarle no implica la obligación de escucharlo, pero la música de su radio se oye hasta acá afuera. Incluso si el cartel nos invitara expresamente a darle charla él no estaría en condiciones auditivas de seguirla.

–Le digo que vuelva al micro –insiste como si le hablara a su hijo.

–No hasta que usted deje de hacer lo que está haciendo –me empaco como si lo fuera.

Lo que está haciendo es sacarle las cadenas a las gomas traseras del bus. No fui yo el que le dije que las pusiera sino la gendarmería, y por partida doble. La primera vez fue al rato de salir de Bariloche. El soldadito le ordenó algo azorado que respetara las normas de seguridad y el chofer le contestó que lo haría unos metros más adelante, para luego seguir andando sin detenerse. “Estos deben ser unos jujeños que nunca vieron nieve”, justificó su contravención con una superioridad y un descaro que no pude dejar de envidiarle.

Media hora más tarde, después de haber dado una demostración intachable de todo lo que no hay que hacer en un camino de montaña, menos un día de nieve y al mando de un micro con veinte personas, nos topamos con una patrulla del ejército que circulaba con la debida precaución, es decir a un tercio de la velocidad que nuestro chofer venía imprimiéndole a su vetusto vehículo. Por algún extraño prurito, de esos que muestran hasta los bandidos más salvajes en las películas y por los que general-mente terminan cayendo en manos de la ley, nuestro conductor no se animó a pasar al jeep, aunque a cambio se entretuvo tirándole el bus encima como si buscara que lo detuvieran, cosa que al fin logró. “Hace quince años que hago esta ruta y sé cuándo necesito cadenas y cuándo no”, le espetó al gendarme, que procedió a labrarle un acta por desacato con una parsimonia y un regocijo que no pude dejar de compartir.

–Ahora vamos a llegar el día del arquero –arrancó con las cadenas puestas.

–No hay apuro –intentó tranquilizarlo la señora que viajaba al lado mío.

–No es una cuestión de apuro, señora, sino de saber o no saber.

Pendiente pronunciada, asfalto con hielo, visibilidad reducida por nevisca y adelante una curva con su precipicio y su cruz admonitoria. La situación se había dado varias veces en la última media hora. Yo, que nunca manejé en esta ruta, ni en ninguna otra bajo condiciones climáticas como las de hoy, habría apostado que se debe poner primera, mantener las dos manos bien aferradas al volante y bajo ninguna circunstancia apretar el freno. Nuestro erudito, en cambio, iba en tercera, con el freno de mano puesto y apretando el de pie a intervalos regulares, dos dedos de la mano izquierda acariciando laxamente el volante y la mano derecha en el bolsillo. Esa es la diferencia entre saber y no saber, señora. Y entre un bus con y sin calefacción.

–El chofer sabe lo que hace –lo defendió uno de la tercera fila. –Las cadenas rompen el asfalto –acotó el que estaba a su lado. Soy arquitecto. Me dedico a construir casas. Casa-quintas, para ser más precisos. Objetos inmóviles, en todo caso. Quintaesencia de la inmovilidad, se diría. A lo que voy es a que no estoy acostumbrado ni me gustan las cosas que se mueven. Vengo desde Buenos Aires consciente de cada centímetro de ruta, y des-de que entramos en camino de montaña que me planteo seriamente radicarme en El Bolsón con el tal de nunca más subirme a un bus en mi vida. Por eso envidio a esos señores de la fila tres, que confían ciegamente en el conductor, ese arquitecto del camino, quintaesencia del movimiento.

–¿Es usted el que maneja o yo? –me dice ahora, viendo que yo no soy de los que le confían.

–Matar nos matamos los dos –trato de hacerle entender que no es nada personal.

Porque alguien tiene que aclararle que el hecho de que nosotros seamos pasajeros no significa que él sea eterno, ni la circunstancia de que algunos le tengan fe lo convierte en un dios.

–Nadie se va a matar –dice–. Vuelva a su asiento y deje hacer su trabajo a los que saben.

–Mi trabajo es el de abogado –digo–. Y lo que mejor hago son juicios contra conductores imprudentes.

Insisto: yo no soy así. Ni soy de incumplir las leyes, ni soy de hacerlas cumplir. Tampoco es mi estilo andar inventándome profesiones. Soy un arquitecto que hace casa-quintas y que se vino al sur luego de haber sido abandonado por su mujer. Me vine, lo admito, porque no sé qué hacer con mi vida, pero por lo pronto, y mientras resuelvo ese tema, preferiría conservarla.

–¿Me estás amenazando porque sos abogado?

–No más que vos por ser chofer.

Mido la posibilidad de pegarle el primer puñetazo antes de que abandone la posición de cuclillas y se haga demasiado evidente que me lleva una cabeza. No sería una jugada muy limpia, pero no vi ningún cartel que la prohibiera. Tampoco firmé formulario alguno de que no tengo la intención de atentar contra la vida del chofer, que claramente atenta contra la mía. Si me contengo es sólo porque me asusta la posibilidad de ser tan respetuoso de las normas que hasta cumplo con la que dice que, fuera de su hábitat, los que siempre cumplen con ellas las terminan rompiendo, y de la peor manera.

–Lo último que quiero es tener problemas con un pasajero –cede sorpresivamente.

–Y yo con el chofer –lo abrazaría.

De vuelta en el vehículo pienso que nada como una mentira piadosa para evitar una verdad profana, como es la de la ley, la de gravedad en el caso de estos precipicios. “Acá hay un boga que me condenó las gomas a cadena perpetua”, bromea el pastor arrancando de nuevo, y ninguna oveja se atreve de ahí en más a alzar su balido. Será que un fiel puede dudar de Dios, cuyos caminos son a veces inescrutables, pero nunca de un abogado, que lo es siempre del diablo.
(Capítulo 1, La risa de las bandurrias, colección Eduvim Literaturas.)

Acerca de Ariel Magnus. (Buenos Aires, Argentina, 1975) novelista argentino. Publicó Sandra (2005), La abuela (2006, traducida al alemán), Un chino en bicicleta (2007, Premio “La otra orilla” y traducida a varios idiomas), Muñecas (2008, Premio “Juan de Castellanos”), Cartas a mi vecina de arriba (2009), Ganar es de perdedores (2010), El hombre sentado (2010), La cuadratura de la redondez (2011), La 31, una novela precaria (2012) y A Luján, una novela peregrina (2013). Participó en varias antologías (entre ellas Historias de hotel, surgida de la Residencia Creativa interZona 2011) y editó una sobre humor en la literatura argentina (La gracia de leer). También es el responsable de las ediciones del relato radial de Víctor Hugo Morales, Barrilete cósmico (2013), y de la novela póstuma de Ezequiel Martínez Estrada, Conspiración en el país de Tata Batata (2014). Colabora ocasionalmente con diversos medios latinoamericanos y alemanes y trabaja como traductor literario del alemán y el inglés. La risa de las bandurrias es su segunda colaboración con Eduvim, con quien en 2010 publicó la nouvelle Doble crimen (colección Temporal).

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