La historia mirada desde arriba: La Nación y la ilusión de atemporalidad | EDUVIM

La historia mirada desde arriba: La Nación y la ilusión de atemporalidad

La historia mirada desde arriba: La Nación y la ilusión de atemporalidad

Estela Schindel, autora del libro La desaparición a diario -sociedad, prensa y dictadura (1975-1978), título de reciente aparición en nuestro sello, reflexiona acerca del polémico editorial que el diario La Nación publicó el día después del anuncio de Mauricio Macri como presidente del país.

La pieza editorial publicada por La Nación la mañana siguiente a las elecciones presidenciales no puede pensarse por fuera del tradicional rol que este diario se ha adjudicado a sí mismo a lo largo de su trayectoria. Procesos por crímenes contra la humanidad que adjudican a los acusados garantías legales con las que sus víctimas jamás contaron, abren la posibilidad de una mínima reparación a los afectados directos y, de algún modo, a la sociedad toda, y son considerados ejemplares a nivel internacional, son descalificados allí rápidamente como “ansias de venganza”. Las operaciones de tergiversación y mala fe que alimentan el texto fueron desmanteladas y repudiadas prontamente, su intención intimidante claramente denunciada. A pocas horas de elegido un nuevo gobierno, el texto debe interpretarse como una demostración de poder del diario: quiere advertir a los representantes electos que se arroga el derecho de delimitar el terreno e imponer su agenda. Se trató también, posiblemente, de un globo de ensayo destinado a medir de algún modo la temperatura social respecto al tema: las reacciones, su rapidez, su intensidad, sus emisores, informan sobre el estado de la opinión pública en lo referente a los crímenes de la dictadura y su juzgamiento. De paso, el cuestionamiento a los juicios se introduce, al menos discursivamente, dentro del campo de lo posible. Aun si el amplio rechazo al editorial llevó al diario a publicar luego una tibia moderación del contenido, donde afirma no abogar por la suspensión de los juicios, su misma posibilidad ha sido ya enunciada: la bola se ha echado a rodar.

La pieza indigna y ofende a la ciudadanía pero no puede, en rigor, decirse que sorprenda. La mirada en perspectiva histórica permite entender hasta qué punto esa intervención se inscribe en un rol que La Nación adoptó desde sus inicios y se quiere inmutable a pesar de las transformaciones operadas en la sociedad.

En mi libro La desaparición a diario analizo el rol jugado por los principales periódicos y los contratos de lectura sobre los que sostenían su relación con el público mientras se desplegaba el terrorismo de Estado. En el caso de La Nación, se erigió desde sus orígenes como portavoz y a la vez educador de las clases dominantes por encima de sus fraccionamientos y divergencias. Dirigido a las élites políticas y económicas, interpeló desde su propia perspectiva doctrinaria a los gobiernos y al Estado, posicionándose por encima de los pedestres conflictos partidarios. El título del estudio de Ricardo Sidicaro sobre La Nación, La política mirada desde arriba, resume perfectamente ese rol. Allí Sidicaro caracteriza el rol del centenario diario como el de “superyó del Estado”:  el encargado, según la definición freudiana para el inconsciente, de apuntar los deberes y prohibiciones. Sus críticas a los gobiernos emplean el tono admonitorio que usaría un padre para reprender a un niño y las advertencias se formulan con la seguridad de quien se encuentra en una situación de autoridad. El lema “tribuna de doctrina” que encabeza la página editorial expresa bien ese gesto de hablar desde un lugar superior e indolente a los cambios de gobierno, algunos peldaños por encima del sucio terreno de la política. El aparato de enunciación que articula La Nación lo coloca así en un lugar que se pretende neutral, exterior y superior a los conflictos que atraviesan y definen los campos de tensiones en una sociedad. Una operación por demás cuestionable en tanto La Nación, como otras empresas periodísticas de la Argentina, es menos un medio de comunicación que se ofrezca como plataforma de exposición de ideas y contenidos que un actor político dispuesto a intervenir en defensa de intereses corporativos concretos.

La Nación en dictadura y la suspensión temporal

Esta mirada “por encima” también se manifiesta en los modos en que La Nación refirió los acontecimientos de la década del setenta que se analizan en mi libro. Sus editoriales soslayaban entonces toda explicación o contextualización de la violencia política. La voz del diario se pone allí no sólo por fuera de la política sino mismo de la historia,  interpretando la violencia política bajo la clave de lectura de la “irracionalidad”. Expresiones como “saña criminal”, “afán vesánico de desencadenar el terror” o “imagen siniestra de la irracionalidad” colocan los hechos por fuera del hacer humano, es decir de la historia, y los acercan más bien a fenómenos insondables o en todo caso inaccesibles mediante la intelección. Para explicarlo por contraste, esta línea interpretativa es muy distinta, por ejemplo, de la posición editorial que ejerce en ese momento (hasta su intervención militar) el diario La Opinión. Ante los mismo hechos y desde una postura también crítica de las organizaciones guerrilleras -y en un primer momento incluso favorable al régimen de Videla- el diario de Jacobo Timerman intenta comprender y contextualizar los hechos armados en un marco político mayor e internacional, es decir, inteligirlos racionalmente. Lo que se define como diabólico y bárbaro, en cambio, es intrínsecamente violento, no puede inteligirse y su retórica difícilmente ayudara a superar la “irracionalidad” y la “confusión”. Allí cesa el ánimo pedagogizante: Para La Nación, los hechos armados no responden a conflictos de intereses ni hay luchas políticas que los subyacen, sino sólo la perversión intrínseca de ciertos individuos, movidos por el “odio ciego” y la “oscura pasión”. La historia y la política desaparecen junto con los actores, y por cierto los activistas, que las portan.

En el resto del diario, el efecto de suspensión de la historia que bajan los editoriales es potenciado y amplificado por la redacción ampulosa y anticuada que fue largo tiempo marca de estilo de La Nación. Sus titulares abusan de las oraciones unimembres y de los verbos impersonales, pura sintaxis sin sujeto, como si los eventos advinieran por efecto de una fuerza mayúscula, anónima e inexorable y no como resultado de actores concretos. Emitidos en tono ceremonioso y engolado, ellos potencian la impresión de una historia detenida. En dictadura, las páginas de La Nación construyen el mundo como un sitio previsible e inmutable que debe conservar esa estabilidad.

La reactivación del terror

La publicación de un editorial como el del 23 de noviembre pasado hace pensar que, aun hoy, en cierto sentido, es como si para el centenario diario la historia no hubiera transcurrido. El efecto de detención de la historia, sin embargo, es grave y potencialmente traumatizante pues se acopla con las consecuencias desestabilizantes a largo plazo del terror y la impunidad.

Estudios desde el campo de las ciencias sociales, el análisis de la cultura, y el psicoanálisis han expuesto de qué modo la desaparición y el terror repercuten en las sociedades mucho más allá de la circunstancia temporal de su despliegue. El terror, porque éste genera una amenaza ubicua e indeterminada que, a diferencia del miedo, carece de un objeto concreto e identificable y por lo tanto, se resiste a ser contenido en un marco físico-temporal. La desaparición, porque la falta de información y la dificultad de elaborarla mediante los rituales de duelo disponibles en nuestra civilización producen en los afectados directos, y a través de ellos en la sociedad toda, una suerte de trastocamiento de la temporalidad. Se ha demostrado también que los efectos de suspensión en el tiempo producidos por el terror y sus ecos espectrales se suscitan, potencian y reviven en situaciones de impunidad. Otro libro recientemente publicado por EDUVIM, Los juicios por sus protagonistas,  ofrece abundante evidencia empírica de este fenómeno. Los sobrevivientes y familiares de desaparecidos entrevistados allí por Rosario Figari-Layús dan testimonio de cómo la falta de sanción social de los crímenes actualiza los efectos paralizantes y aislantes del terror.

Ese efecto ominoso de detención del tiempo produjo en muchos de nosotros la lectura del editorial de La Nación del 23 de noviembre. Se trata de un texto escrito como si el tiempo no hubiera pasado; como si se estuviera ante las mismas páginas de los años 1976 ó 1977 de las que se ocupa mi trabajo y que corresponderían al museo o al archivo, como muestra de los instrumentos retóricos con que La Nación sostuvo ideológicamente el régimen dictatorial. El hecho de que allí se ofrezca en discusión la posibilidad de que los crímenes de Estado queden impunes, como si los avances en materia de memoria, verdad y justicia pudieran cancelarse a la primer coyuntura política que se estima propicia, es también una actualización de los efectos del terror.

Transformaciones softcore y el movimiento de la historia

El efecto de a-historia provocado por el editorial es particularmente notable si se tiene en cuenta que entretanto otras secciones del diario se han aggiornado considerablemente.[1] Por fuera de esa vetusta columna de opinión, y del hecho injustificable de que continúe firmando allí un apologeta del régimen como Mariano Grondona, el resto de La Nación ha ganado en la última década un dinamismo impensado cuarenta años atras. Apurado por las novedades experimentadas en el campo de los periódicos argentinos desde entonces (sea la innovación estilística e ideológica que implicó en su momento la aparición de Pagina12, o la irrefrenable caída en el amarillismo populista de Clarín, por nombrar las dos más significativas) y afanoso por estar al día en el desarrollo de las nuevas tecnologías, La Nación debió desacartonarse y acomodar sus contenidos y lenguajes al siglo veintinuno. Eso produce una discrepancia temporal llamativa al interior del diario. El mismo día en que se publicó el atávico editorial en cuestión fue posible leer en la edición en línea, por ejemplo, consejos sobre si conviene a las muchachas contemplar productos pornográficos en privado o han de atreverse a disfrutarlos en pareja. Notas como ésta proliferan en los blogs que el diario adjunta a su edición online y colocan a La Nación del 23 de noviembre de 2015, en apariencia, lejos de las ñoñerías que se publicaban cuatro décadas antes en la sección “La mujer, el hogar, el niño” (aunque subsista de fondo el mismo tono pedagogizante que denota una imagen infantilizada y disminuida de la mujer). Los cambios cosméticos en el discurso y el design, la apertura hacia nuevas tendencias en gastronomía, viajes, ‘bienestar’, consumo, tecnología y sexualidad contrastan con el universo pacato de La Nación en dictadura. Sin embargo, no es en la presentación desprejuiciada de la multiplicación de estilos de vida disponibles donde debe buscarse el signo de avance y transformación sino en la conciencia y el hacer de los actores sociales.

Los verdaderos cambios los producen los hombres y mujeres como, en este caso, los mismos trabajadores de La Nación. Es en el poder de respuesta de la sociedad civil donde la transformación impuesta por los hechos históricos se muestra en su rotunda inexorabilidad (que aunque se los mire desde arriba, no dejan de transcurrir por debajo). Si en dictadura las redacciones atemorizadas se escudaban en el silencio y la autocensura, los empleados y periodistas del diario reaccionaron esta vez de inmediato a través de las redes sociales y declararon en asamblea el mismo día su repudio al editorial.

Los directivos y dueños del diario La Nación, como los de Clarín, nos deben a los argentinos desde hace décadas una revisión autocrítica y honesta de lo actuado en dictadura. Es sabido que La Nación apoyó abiertamente al régimen militar, lo defendió enérgicamente de las denuncias internacionales de violaciones a los derechos humanos y mantuvo su identificación con él hasta el final. Es público también que además de afinidades ideológicas hubo acuerdos económicos y la empresa propietaria del diario se benefició con el traspaso fraudulento de la fábrica Papel Prensa a La Nación, Clarin y La Razón (una negociación que no ha terminado de ser esclarecida). Hasta que eso suceda, tenemos como lectores el privilegio y el derecho, o tal vez el deber cívico, de desentrañar y denunciar sus operaciones discursivas.

Alguien debería advertirles a los directivos y editorialistas de La Nación que la historia nunca se detiene ni tampoco se vuelve para atrás. Al igual que a los gobernantes electos, serán sino las fuerzas políticas y sociales que hacen a la vida pública quienes se ocupen oportunamente de recordárselo.

[1] Parte de la operación a-historizante hoy, afin a los esloganes de campaña del presidente electo, consiste en apelar a una “unidad” abstracta, negando o soslayando que las sociedades están necesariamente atravesadas por el conflicto y la contradicción, y que éstos se dirimen en la arena pública mediante la política -palabra que, en el universo simbólico del diario, goza de un sostenido desprestigio.

Estela Schindel es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) y doctora en Sociología (Universidad Libre de Berlín). Publicó artículos sobre la relación entre arte, ciudad y memoria y coeditó el volumen Memorias urbanas en diálogo: Berlín y Buenos Aires (Buenos Libros/Fundación Böll, 2010). Dictó cursos de grado y posgrado en universidades de Argentina y Alemania. Actualmente realiza su investigación post-doctoral en el marco del proyecto Narrativas del Terror y la Desaparición (Universidad de Constanza/ Consejo Europeo de Investigación). La desaparición a diario es su primer colaboración con Eduvim.

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