José Hernández y Sarmiento: ni la muerte los pudo separar

José Hernández y Sarmiento: ni la muerte los pudo separar

09/11/2019 Collage con imágenes de José Hernández y Domingo Sarmiento

A 185 años del nacimiento de José Hernández, razón por la cual se celebra el Día de la Tradición en Argentina, compartimos el texto introuctorio de Noé Jitrik sobre Hernández y el paralelismo literario con Domingo Faustino Sarmiento, estudio incluído en las Obras Completas de José Hernández, publicadas por Eduvim.

 

Nada es tan atractivo, y al mismo tiempo algo injustificado, como internarse en la vida entera de un escritor, así sea con el argumento de encontrar en ella el secreto de su obra, sobre todo cuando a eso invita la edición de su obra entera, denominada “Completa”, como es el caso.

O, más elementalmente, porque se lo considera un ser poco común, extraordinaria su vida, el misterio del genio. Objeto de atracción la vida de los escritores, seres especiales capaces de “crear”, mediante la palabra, admirables construcciones.

Intento remanente, quizás, de un psicologismo romántico, Sainte-Beuve lo hacía, que retomó Dilthey con un título indiscutible, Vida y poesía, previamente a las miradas que vinieron después de que Freud, reforzando esta mirada, sugiriera que en las grandes obras de la literatura residían explicaciones acerca del individuo en general y no al revés, del individuo a la obra, como siguió siendo pese a los intentos estructuralistas, semióticos, deconstructivistas que se sucedieron hasta ahora por comprender el secreto de la forma. Hizo época en su momento el ensayo de Marie Bonaparte sobre Edgar Allan Poe aunque –no se puede omitir una mirada ácida sobre el intento– el desorden de esa existencia ofrecía con generosidad datos para legitimar su gesto. Pareciera que la obra de José Hernández no da para eso: es evidentemente más intencional y racional en el sentido de un propósito vinculado con órdenes de la realidad que van más allá de la evocación o el entretenimiento junto al fogón.

Visto desde una perspectiva crítica que ha pasado por diferentes avatares, ese modo de actuar con los textos, poniendo todo el acento en el autor como ser conflictivo o determinado, parece, aunque tentador, insuficiente o dirigido a la persona y personalidad más que a los textos mismos y su significación propia. Tan injustificado como el modo heredado del positivismo según el cual una pertenencia territorial o local y aun familiar o caracterológica explica rasgos o alcances de un texto. Y, como otra consecuencia, ambos órdenes de explicación desembocan en un deseo generalizado y social de comprender una identidad, no sólo la del que las produjo, sino del colectivo al que perteneció y, más aún, del colectivo que las recibe y las interpreta.

Creo que el gigantesco y ambicioso ensayo de Ezequiel Martínez Estrada sobre José Hernández, que no se salva de dibujar la vida del poeta, desde la familia a las ocupaciones paternas y los contactos políticos tanto como los compromisos de Hernández, para entrar en la obra, es un cruce de todas estas líneas: ensayo de interpretación con un telón de fondo que va más allá de la obra del poeta, considerado, además, y la expresión va en ese sentido, “nacional” y, por añadidura, paradigmático, su poema mayor, de eso que se denomina “ser nacional”, peculiar, único, reconocible y actuante o, si todo eso es excesivo, en una búsqueda permanente de sí mismo, acumulando signos y resolviendo químicamente sus probables componentes. Con otra perspectiva, es lo que también hizo Carlos Astrada en un momento en que su espíritu analítico iba de la existencia a la esencia. El sujeto “Martín Fierro”, como si fuera de carne y hueso y se evadiera de su cárcel de papel para darnos un ejemplo de un ser probable y problemático pero tan irrenunciable como hipotético. Y, por añadidura, el que a raíz del título necrológico, “Ha muerto el Senador Martín Fierro”, se lo llamara de este modo, una identificación seguramente abusiva pero reveladora de lo hondo que había calado el poema, un ejemplo de personaje imponiéndose al autor.

Digamos que ambos exégetas encarnan con sus respectivas opciones los modos predominantes de considerar la obra de Hernández, el biográfico y el trascendente. A ello habrá de añadirse lo que podríamos llamar el modo de la “ilustración”, en el caso del poema de lo que lo precedería, a saber sus ideas políticas del momento, en su formulación, a través de los escritos en el periódico por él fundado y escrito, El Río de la Plata, y en su evolución. Como si el poema fuera la ilustración de ese pensamiento. Es posible que en ese modo haya no sólo algo de tranquilizante, en cuanto a la necesidad de que una obra literaria no sea separada de un mensaje, sino también de negación del acto poético mismo. Nomás en el comienzo, “Aquí me pongo a cantar”, está formulada la inminencia de la separación y el impulso a salirse, se diría que inconscientemente, de una relación de causa-efecto, más premiosa en ciertas lecturas que en el instante de “componer”, esa fuerza que sostiene operaciones de lenguaje y va convocando toda clase de elementos que generan imágenes diferenciadas y tan eficaces que forman parte de un imaginario colectivo, ese sí radicado y nacional.

De todos modos, ese ajuste en El Río de la Plata y Martín Fierro va más allá de una comprensión del poema que, en lo que respecta a Hernández y a la literatura argentina, es lo principal pero indica las dos líneas de fuerza de todo lo que escribió: el poema por un lado, el periodismo por el otro, además de las intervenciones parlamentarias, la tercera pata de su mesa.

Se diría que entre ambas líneas, el largo poema y las prosas, un texto como Vida del Chacho, que en realidad es un conjunto de artículos escritos luego de la trágica y cruel muerte del caudillo, podría ser dudosamente puesto en la cuenta de la literatura, aunque más bien tiene el carácter inmediatístico de los artículos de prensa, así como que por el hecho de aparecer como libro, Instrucción del estanciero tampoco va mucho más allá de lo que predica el título. En suma, lo que parece ser la cifra de la unidad total de la presencia de Hernández en la confusa conformación de la cultura argentina, es que el poema asume temas y tópicos que desarrolla por otro lado, y de manera permanente, como periodista y político aunque van variando sus puntos de vista a lo largo del proceso de consolidación de las recién estrenadas instituciones.

En esa perspectiva, el poema tiende a desvanecerse como tal y lo que predomina es su prédica, que se inscribe en los numerosos y complejos conflictos del período inaugurado por la caída de Rosas en Caseros. Con todas las ambigüedades del caso, lo cual pone en aprietos a quienes recogen de su obra la defensa, evidente y continuada, del gaucho pero no pueden negar la orfandad ideológica en que deja al indio, por otra parte objeto de reivindicación cuando se trata de condenar a quienes Hernández censura acremente por maltratar al gaucho.

Se diría que Hernández es un típico personaje de la organización nacional: como a todos los protagonistas de ese momento le importa lo político y se interna en sus contiendas, lo que se suele designar como el “barro” aunque, como todos, lo considera una misión y a ella, como todos, se entrega resignando muchas cosas pero, sin duda, padece un momento de repliegue en el cual la poesía ocupa la escena. Es un momento de recogimiento y de exilio, vedadas las posibilidades de la acción: lo ético se retira y su lugar es ocupado por la imaginación que pide alimento a un imaginario en el cual tanto el lenguaje del perseguido, el gaucho, como la gauchesca, el lugar que había sido coto de caza de Ascasubi, Lussich, Pérez y hasta Hidalgo, constituyen el venero y la salida. Compone. Y esa opción se justifica rápidamente: el poema vibra de inmediato y permanece, quizás con más fuerza de la que él imaginó y, en cambio, los documentos de tales contiendas no son más que eso, materia de conocimiento de un tipo y modo de discurso, semejante sin duda a otros que le son coetáneos y acaso no mejores ni más eficaces aunque sobre ellos irradia lo que significa el poema y por eso vale la pena recuperarlos.

Al fin y al cabo, tiene sentido e interés acercarse a lo que los fundadores de este país propusieron e hicieron con mayor o menor fortuna expresiva y/o, en lo particular, conceptual. Me refiero a la llamada “Generación del 37”, primero, y a sus sucesoras, la que surge luego de Caseros, a la que pertenece Hernández y con la que se entrama y entrama críticamente el Martín Fierro, en la “Ida”, y por fin a la del “Ochenta”, con la que algo de su programa y acción política y cultural Hernández tuvo que ver y con la cual se entrama y entrama la “Vuelta”, esa especie de llamado, acorde con la unidad que el grupo dirigente había impuesto y logrado.

Y hay otra paradoja, en su momento de formulación inesperada pero históricamente ineludible; en la primera edición de Vida del Chacho se puede advertir que hay dos objetos de la apología: uno es el caudillo riojano, exaltado por su bravía, decisión, calidad humana y víctima de la barbarie pretendidamente ilustrada; el otro es Sarmiento, ferozmente atacado y condenado no sólo por su responsabilidad en la muerte del Chacho sino por todo, o casi, lo que hizo cuando tuvo poder. En este implacable juicio la literatura no cuenta así como tampoco la obra de gobierno, el enfrentamiento es inevitable. No importa si Sarmiento sale eximido de las acusaciones o no: la paradoja es que ambos, como una pareja de miembros inseparables, con Facundo por un lado y Martín Fierro por el otro, son los pilares de la literatura posible y real argentina, son sus imprescindibles cimientos. Ya ni la muerte los pudo separar, yacen juntos, pero vivientes, en el panteón llamado “historia de la literatura argentina”.

 

Gráfica: Tiempo de San Juan

Autor(es) del contenido

Noé Jitrik

Profesor de Enseñanza secundaria, normal y especial en Letras (UBA), Doctor H. C. de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Universidad de la República (Uruguay) y de la Universidad Nacional de Cuyo. Ex profesor de la Universidad Nacional de Córdoba, Universidad de Buenos Aires, Université Besançon, El Colegio de México, Universidad Nacional Autónoma de México. Ex investigador principal (CONICET, Argentina), Director de Historia Crítica de la Literatura Argentina (1999-2016). Director del Instituto de Literatura Hispanoamericana, Facultad de Filosofía y Letras (UBA). 

Libros relacionados

“Como él con Facundo tengo una relación de amor-odio, o de fascinación y rechazo con Sarmiento. Sin embargo, pensemos brevemente en el fárrago filosófico en que hemos comprometido su libro. ¿No encontramos en él los temas fundamentales de la filosofía de la modernidad occidental? ¿Alguien podría...

(...) Cabe también reconocer que Hernández consiguió mantener “la sabia y equilibrada configuración” de un texto que es a la vez canto lírico (...), relación de casos (...) y encuentro cuasidramático. Una complejidad genérica sólo equiparable a la del otro texto canónico de nuestro siglo XIX, el...

Presentamos aquí un conjunto de trabajos cuyo objeto es la signicación de la obra de Sarmiento, en particular el Facundo y Recuerdos de provincia, revisados tanto en su génesis como en sus alcances culturales, ideológicos y políticos. De alcance analítico en general en su mayor parte, los...