Eduvim presenta un policial con acento cordobés

Eduvim presenta un policial con acento cordobés

Judas no siempre se ahorca, la novela de Lucio Yudicello que forma parte de la colección Tinta Roja, es quizás el texto más apropiado para leer en Semana Santa. Desde las primeras páginas, el escritor cordobés nos invita a transitar una vertiginosa historia en la calma de un pueblito de Traslasierra. Allí, como cada año los vecinos realizan, con el entusiasmo propio de los pueblos en los que las horas pasan lentas, la representación teatral de esta conmemoración religiosa. Pero esta vez, la rutinaria puesta en escena de la vida de Cristo, que se remonta al anuncio del ángel Gabriel a María, se ve salpicada por un hecho estremecedor: Judas es asesinado de un puntazo en el corazón. A partir de allí se suceden una serie de hechos desopilantes en busca del asesino entre cuatrocientos cincuenta sospechosos. El caso cae en manos del juez Belisario Guzmán, quien hace un relato pormenorizado de los hechos. Guzmán no está solo. En esta aventura lo acompañan su secretario Cacho Funes y Lucas Milosz, un escritor de historias policiales que jamás estuvo cerca de un homicidio verdadero.

Yudicello ofrece una serie de recursos para mantener la atención y la risa del lector hasta el final de un paródico policial que nace en un crimen con ribetes bíblicos.

¿Cómo fue saliendo Judas... y qué va a encontrar el lector en este libro?

La primera parte de la pregunta me resulta muy atractiva, aunque de difícil respuesta, dado que alude a uno de los asuntos más misteriosos y fascinantes que conozco: el de los mecanismos de la creación artística. Considero al arte como una forma particular del conocimiento, en el que interviene lo racional (el pensamiento discursivo), pero también lo intuitivo, lo vivencial. ¿Cómo se produce esa extraña alquimia, que va a derivar en una obra de arte?, es un proceso de apasionante complejidad. Pero puedo arrimar algunos elementos que tal vez oficiaron de disparadores. Viví en Traslasierra (Cura Brochero) durante dieciséis años. Durante diez de ellos participé en un espectáculo que se realiza, desde hace cerca de treinta, en el anfiteatro de Mina Clavero. Este espectáculo, que se llama “Estampas bíblicas”, se hace en Semana Santa y conforma una verdadera atracción turística: decenas de vecinos representan pasajes de la historia de Cristo, desde su nacimiento (y aún antes) hasta su muerte en la cruz. Yo hice, durante años, de rey mago (sobre un caballo, mi querida yegua “Bonita”, enjaezada para la ocasión); pero también hice de “pueblo”, de apóstol, de San José. En fin… no está mal para un ateo como yo. No lo digo cínicamente: para mí fue maravilloso todo eso. Quiero decir, fue maravilloso ver a los vecinos hacer de actores, iluminadores, vestuaristas, locutores, carpinteros. Fue como lo que en la Sierra llaman minga, vale decir un trabajo comunitario. Hay infinidad de anécdotas al respecto. En algún momento de la historia repetida a lo largo de diez años (dos mil, en realidad), se me pasó por la cabeza lo que sucedería si algo drástico acontecía allí, interpolado en la historia milenaria. Y pensé en la muerte de Judas, que en realidad no era Judas sino Machuca (en mi novela), pero que tampoco era Machuca sino que era Mercado (en la realidad), un Judas que era Judas desde que era muchacho y que ahora es abuelo. La idea original fue la de un cuento, pero la misma historia me fue llevando por derroteros imprevistos y de golpe me encontré con una cantidad de personajes y de situaciones que no podían ser contenidos en un relato breve. Pero claro; también es posible que todo haya sucedido al revés, o sea que desde el primer día pensara la hipótesis del asesinato de Judas y que los diez años de participación en el evento fueran, en realidad, de construcción de la novela. La segunda parte de la pregunta es, todavía, de más difícil contestación. ¿Cómo puede saber un escritor lo que será apreciado por el lector? Podemos saber, sí, lo que deseamos que el lector aprecie. En mi caso, un sentido del humor que me incluye, quiero decir: que incluye pasajes importantes de mi propia vida, y ciertos “guiños”, que aunque no todos entiendan (porque no todos conocen mi intimidad), son una manera más de conversar con los amigos. Lo que acabo de relatar, desde luego, pero también el hecho de que vivo de la explotación turística de un pequeño complejo que se llama Altos del Algarrobo, como el pueblo donde ocurren los hechos; que el intendente se llama Oliva, como se llama quien era intendente de Brochero; que el Cristo de la obra tiene, de verdad, veinte años más que la edad postrera de Cristo; que el Sordo del bar El Tábano es, en realidad, el apreciado poeta cordobés Hernán Haeggi...

Este libro es de lo más humorístico de la colección, ¿su condición de cordobés aportó a ello?

Sin duda. Una de las singularidades del humor cordobés es el vertiginoso contraste entre una manera de hablar casi solemne y la restallante, atrevida ocurrencia que quiebra, de manera brutal, ese acartonamiento. Nosotros somos los “doctos”, pero también la chanza callejera, el piropo, la estudiantina, el mercado, la revista Hortensia. Sin embargo, paradójicamente, no son muchas las obras literarias de autores cordobeses que expresen, con desenfado, ese sentido del humor que tanto nos identifica. Aquí hay bastante tela para cortar, pero me arriesgo a suponer que durante mucho tiempo se creyó (y tal vez se cree aún) que la literatura “seria” debe emparentarse a lo dramático. Quizá yo mismo lo sentí así. En mis libros El derrumbe, Las Voces o Los nombres de la furia predomina lo dramático. Pero bueno, mi generación, o parte importante de la misma, fuimos marcados por la dictadura, la intolerancia, el horror. Yo sentía (y no me arrepiento, pese a las connotaciones casi mesiánicas que podrían desprenderse de esta confesión), que debía testimoniar y denunciar acerca de ese horror. Hasta que, en determinado momento, el humor acudió en mi auxilio. Y me hizo recordar que uno de los valores máximos que debe defender un artista es el de la libertad creativa. Yo no debía autocensurarme. Es, quizá, un poco extraño lo que estoy diciendo. Para mí, la autocensura no pasó por reprimir mi espíritu de denuncia sino por permanecer, casi mecánicamente, en él. El humor fue liberatorio. Y así, creo que mi novela El sangrador no es menos denunciativa que los libros anteriores, pero dispone de una soltura expresiva que no hubiera sido posible obtener sin el sentido del humor. En todo caso, supongo que yo, como muchos de mis coterráneos, olvidábamos que los griegos, maestros en el tema, ofrecían anualmente dos tragedias y una comedia. Vale decir, el humor era considerado parte indispensable de la vida.

¿Por qué el humor puede entremezclarse con el género policial?

En realidad, eso no es nuevo. Francisca Noguerol Jiménez, de la Universidad de Salamanca, en un difundido artículo llamado Neopolicial latinoamericano: el triunfo del asesino, refiriéndose a un libro anterior mío y de Alejandro González Foerster con los mismos personajes del Judas…, señala: “La estela paródica de la novela enigma en el país (se refiere a España) llega hasta nuestros días con títulos tan refrescantes como Las partidas del Juez Belisario Guzmán (2004), de Alejandro González Foerter y Lucio Yudicello”. La caracterización de Noguerol acerca de lo que ella llama “estela paródica del policial enigma” alude, sin lugar a dudas, al antecedente remoto de Chesterton y su simpático personaje, el curita Brown, de cara regordeta, sotana raída, sombrerito redondo y eterno paraguas, que pese a su aspecto ridículo e ingenuo resolvía los casos más intrincados en divertidas aventuras; y, de una manera más inmediata, al Isidro Parodi, de Bustos Domecq (Borges-Bioy Casares), quien desde una celda develaba todos aquellos casos que la policía científica no lograba resolver. El sentido del humor y la benévola sátira, en ambos casos sostiene las historias. A mí, además, tal vez se me metió la impronta sabrosamente costumbrista de un Giovani Guareschi. No sé si leíste o viste en cine a Don Camilo, el curita que habla con Cristo y hasta lo reta, y cuyo “enemigo” es el dirigente comunista del pueblo, con quien, a su pesar, tiene infinitas coincidencias. Tal vez nada que ver con la literatura policial. O sí… ¿Quién puede establecer las fronteras estrictas de cada género? Además, ¿para qué serviría? A decir verdad, hasta ahora la línea que más me seduce del policial es ésta, lo que no significa que en el futuro siga siendo así.

En el caso de Judas... es una historia que podría transponerse a otros formatos, ¿participaría de ese proceso?

Me gustaría mucho, por ejemplo, participar en la versión cinematográfica. En realidad, se trata de una posibilidad no tan lejana. Jorge Rey, un director de cine que vivió muchos años trabajando en el rubro y en televisión en Perú, y que ahora vive en Traslasierra, me propuso que la filmáramos. Con Rey ya hicimos trece programas de un ciclo para Canal 10, que se llamó Córdoba al Oeste, dirigido por él y escrito y conducido por mí, que estamos a punto de reanudar. Son más de seis horas de filmación, de modo que no me parece irreal ni distante hacer un trabajo de una hora y media, aunque reconozco que se trata de algo diferente.

Si nos imagináramos que se lleva al cine o al teatro, ¿con qué actores se podría adaptar?

Eso sí que no lo había considerado hasta el momento. Pero puedo pensar en algo parecido a lo que hizo Sorín en Historias mínimas: trabajar con gente de la calle, como sucede justamente con las Postales Bíblicas de mi novela, y apenas con un exiguo puñado de actores profesionales. Si me apurás, se me ocurre pensar en Galia Cohan, el Negro Gramajo (que ha vuelto de Milán), el polifacético Paquito Jiménez, mi hijo Alejandro, Agustín Vignoli… ¡Hombre, no sé si aceptarían!

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