EDITAR EN TIEMPOS DE COVID-19

EDITAR EN TIEMPOS DE COVID-19

28/05/2020 Télam; imagen ilustrativa del artículo "Pandemia, aislamiento e industria editorial: ¿crisis u oportunidad?"

El impacto de la Pandemia del COVID-19 en la economía global representa, según muchos expertos, un evento único, inigualable en la historia reciente del capitalismo. Sin duda, ese impacto tendrá efectos muy disímiles en las distintas ramas de la producción económica e industrial.

En lo que respecta a las industrias culturales y, en especial, al mundo del libro, al ecosistema que lo respalda (comenzando por el productor de contenidos hasta llegar al lector), la cadena de eventos es impredecible.

El texto que compartimos a continuación nos llegó desde Madrid, desde una Editorial con un intenso catálogo y una extensa trayectoria. Sin embargo, mucho de lo que se expone en relación al mundo del libro en España puede aplicarse en Argentina y las causas como los efectos tienen tal nivel de similitud que nos resulta imposible no compartirlo como un verdadero “manifiesto” frente a la excepcionalidad que vivimos.

Agradecemos a Rubén Hernández, editor de Errata naturae, el sello madrileño al que nos referimos, que esta semana puso en circulación la visión valiente y audaz que esta editorial tiene ante la evolución de los acontecimientos en el sector del libro. Esperamos que contribuya al debate en nuestro ámbito.

Jinetes en la tormenta, animales en la cuneta

Por qué Errata Naturae no publicará ningún libro en los próximos meses

Muchos piensan, algunos nos dicen, que si te paras el sistema te arrolla, como arrolla el automóvil al cervatillo que, deslumbrado por los faros, se detiene en mitad de la carretera.

Nosotros creemos que esta metáfora no funciona, que, de hecho, hay que darle la vuelta a la imagen: llevamos al menos cuarenta años ahí plantados, sobre el asfalto neoliberal, hechizados por las luces que emanan de unas cuantas promesas imposibles, como la del crecimiento infinito en un planeta con recursos limitados.

Tal vez, en realidad no seamos ningún cervatillo, sino esa máquina lanzada a toda velocidad por la carretera y que atropella todo a su paso. De un modo u otro, cada vez tenemos más claro que, en la situación que estamos viviendo, y que a día de hoy resulta aún apenas descifrable, el movimiento más inteligente es detenerse.

La tormenta acaba de desencadenarse, la última mutación del sistema capitalista apenas ha dado pistas de su nueva identidad, su nueva máscara, y, sin embargo, la gran mayoría de nuestro sector se apresta, parece incluso que, con cierta ansia, a reanudar cuanto antes la actividad. Para finales de mayo, si no antes, se espera que las distribuidoras retomen los servicios de novedad y se publiquen nuevos libros. Aún en descomposición, la fuerza terminal del sistema resulta desconcertante…

Más o menos uno de cada tres libros que llega a las librerías acaba sien- do devuelto y, en última instancia, guillotinado. No está claro durante cuánto tiempo los editores y el planeta podrán seguir permitiéndose esta situación. Cuando un librero devuelve al distribuidor los libros que no vende, no recibe como tal el dinero que pagó por ellos, sino crédito para adquirir novedades más recientes. Igualmente, el editor responsable de esos libros que nadie leerá no debe realizar una transferencia al distribuidor por la cuantía de esa liquidación negativa, sino que ad- quiere una deuda. ¿Y cómo afronta esa deuda? Publicando nuevos libros cuyos ingresos la compensan, y que, a su vez, reactivan el crédito del librero. Como se ve, no hay un movimiento real de dinero: pura virtualidad, puro juego triangular de la deuda.

No obstante, el triángulo no es del todo equilátero, veámoslo con un ejemplo: el autor escribe un libro, el editor lo publica con un precio de 10 euros y se lo hace llegar al distribuidor, que, a su vez, se lo vende al librero. Éste lo compra con un descuento cercano al 35%, a partir del cual obtiene su beneficio, de modo que paga por él 6,5 euros al distribuidor. Éste último se queda unos 2 euros y le paga los 4,5 restantes al editor, quien abona su parte al autor. Todos sufragan sus gastos, de muy diversa índole, con la parte que les toca y buscan una parte de beneficio. Pero veamos qué ocurre a continuación.

Si el libro no se vende, como pasa muy a menudo, el librero lo devuelve y reclama al distribuidor sus 6,5 euros, que éste no le paga, sino que le ofrece, como hemos visto, un crédito. A su vez el distribuidor le reclama al editor sus 4,5 euros, que éste no le paga, por lo que contrae una deuda. Para reembolsarla, el editor invierte los 4,5 euros que ha ganado (pero que debe) en otro libro que, tras llegar al librero, activa su crédito, al tiempo que ofrece al distribuidor otros 2 euros. Así, cada vez que se publica un libro, el editor y el librero reciben o no su parte, pues muchas veces no les llega dinero, sino deudas o créditos. El distribuidor, por su parte, atesora siempre capital real. Si lo simplificáramos mucho, aunque seguramente no sea engañoso, podríamos decir que para el librero y el editor es fundamental la venta de los libros; para el distribuidor, sin embargo, es fundamental el flujo de los libros.

Sin los distribuidores, algunos de ellos grandes profesionales, este negocio, tal como existe hoy en día, no funcionaría. Su capacidad de inversión, su amplitud y eficacia logística han demostrado ser muy importantes; su buen hacer comercial ha logrado dar a conocer a muchos autores, obras y fondos editoriales interesantes. Pero se entiende también por qué tantas veces se los considera los «malos de la película»: son ellos los que tradicionalmente reparten las cartas en el juego del endeudamiento. No obstante, parece que en esta situación crítica ellos también han tenido que acudir al crédito externo para garantizar su viabilidad y la continuidad de toda la cadena del libro. Debemos agradecérselo, por supuesto, pero no olvidemos que eso aumenta su deuda y por lo tanto tendrá consecuencias sobre su trabajo y su influencia en las políticas del sector.

Como en cualquier otro sector económico, la deuda permite ralentizar el colapso en marcha del sistema capitalista. ¿Seguirá permitiéndolo en la misma medida en el contexto de esta nueva crisis, cuya dimensión aún desconocemos?

La estrategia de muchos editores ante esta situación crítica e inédita consistirá en publicar durante 2020 menos títulos y con un perfil comercial más marcado. En una medida mayor o menor, es previsible que todos participemos de esta maniobra. Aunque también es evidente que es- tos nuevos títulos se verán igualmente afectados por una clara reducción en sus ventas, teniendo en cuenta la situación socioeconómica del país y las cifras de paro actuales y previsibles. Con toda probabilidad, el resultado será doble: por un lado, los libros «menos comerciales» los sacrificaremos al no publicarlos, disminuyendo así la vitalidad cultural y la diversidad del sector editorial; por otro lado, los libros «más comerciales» los sacrificaremos, al menos en parte, justamente al publicarlos, pues si exceptuamos los bestsellers de carácter efímero, la recuperación del santísimo consumo con mucha dificultad estará a la altura de los programas de novedades editoriales y de la avalancha de la rentrée. Un gran potlach en el altar de un dios que, hecho mortal, se desangra ante nuestra férrea incredulidad.

En los próximos meses, miles y miles de libros harán una fugaz aparición en las librerías y retornarán a la oscuridad de los almacenes. Hipertrofia productivista; reemplazo casi instantáneo; mayor estandarización y homogeneización; mayor presión de los consejeros delegados de los gran- des grupos sobre los editores, muchos de ellos excelentes, de sus sellos; mayor presión de los distribuidores y sus agentes comerciales sobre los editores independientes… y aun con todo, títulos y más títulos deficitarios. Una circulación meramente simbólica de la mercancía.

La única ganadora de esta situación, por supuesto, será la deuda: la de los libreros, la de los editores y la de los distribuidores. Cuando la deuda crezca, y crecerá, los libreros se verán forzados a devolver más libros de los que quisieran, ya lo están haciendo. Y los editores no tendrán más remedio que publicar más títulos de los que habían planteado en sus programas reducidos para la «nueva normalidad». Y los distribuidores prestarán aún menos atención y recursos a los libros menos comercia- les. Rueda que rueda. Por el camino seguramente quedarán muchos proyectos de un valor cultural inestimable. Quién sabe cuánto tiempo seguirá rodando así la cosa. Tal vez lo que duren las viejas subvenciones o los nuevos créditos a bajo coste, es decir, más deuda. El capitalismo va mutando, la cultura va muriendo.

Lo más curioso de esta situación, al menos desde nuestro punto de vista, es el rechazo (¿el pánico?) generalizado a frenar, a ganar tiempo y distancia para tratar de invertir este proceso que, a todas luces, parece conducirnos al desastre. Los sacerdotes de Moloch (no tanto personas como dinámicas productivas de las que más o menos todos formamos parte) nos espolean a todos para retomar cuanto antes: aminorar estratégicamente el caudal, tal vez; cerrar la esclusa y reorientar el curso de nuestro trabajo y nuestras existencias, jamás. ¡Y sin embargo el sistema ya se ha detenido!

¿No sería el momento de hacer un esfuerzo, parar también nosotros y pensar? ¿No sería posible aprovechar este inédito ralentí de la Gran Máquina para imaginar entre todos los medios reales y concretos que pudiéramos darnos para extraernos poco a poco del juego degenerativo y letal de la deuda? Si el Estado por fin se atreve a pensar en intervenir el capital de grandes empresas, ¿no podríamos nosotros atrevernos a pensar en promover disposiciones legales para garantizar flujos de rotación más sensatos para nuestras publicaciones? ¿O establecer acuerdos comerciales entre partes que protejan a medio y largo plazo la vida de los libros y de las personas que vivimos de ellos? ¿O de fomentar mecanismos objetivos y efectivos que premien o castiguen (desde las instituciones, las librerías, los lectores…) los criterios ecológicos de producción?

¿O de impulsar acuerdos claros y transparentes mediante los cuales nos asociemos y comprometamos contra las prácticas de determinadas plataformas de venta online? ¿O de idear disposiciones, herramientas, cuotas de autodefensa contra la desmesurada concentración capitalista y las consecuencias sociales y humanas a las que ésta da lugar para los trabajadores del sector?

Si todos sabemos que lo que se publique en los próximos meses apenas dará para rentabilizar los costes de producción, ¿no sería más rentable dedicar el tiempo a implementar por fin soluciones para estos problemas fundamentales y comunes?

¿De verdad tampoco ahora es el momento de pararse y reflexionar?

¿De verdad la prioridad sigue siendo sacar novedades a finales de este mes de mayo?

Por nuestra parte, desde luego que podríamos sacar al mercado de manera inmediata nuevos libros, de hecho, los tenemos ya impresos, aumentando nuestros costes de almacenaje. Pero, más allá de las razones expuestas arriba, más allá de todo cálculo, intuimos, y por una vez queremos seguir nuestra intuición, que eso no es lo que toca. No vamos a hacerlo.

En primer lugar, por tanto, hemos decidido que no publicaremos nada a finales de mayo, ni a lo largo del verano. Ni siquiera sabemos cuán-  do volveremos a hacerlo. ¿En otoño? ¿En invierno? No nos preocupa. Lo haremos, por supuesto. Pero antes esperaremos a que los lectores se reencuentren con algunos de nuestros libros y a que nosotros nos reencontremos con nosotros mismos, como editores y como individuos.

Otro de los problemas fundamentales del sector es la sobreproducción. Como consecuencia, al menos es indudable que las librerías están llenas de libros magníficos. Entre ellos, y según la información de todostuslibros.com, 287 títulos de Errata naturae, vivos y disponibles. Además, hay cuatro libros que publicamos entre finales de febrero y comienzos de marzo, justo antes de la entrada en vigor del estado de alarma: En el corazón del bosque, Barrios, bloques y basura, El olor del bosque y Ane Mona y Hulda. Quedaron huérfanos, en busca de lectores que no tuvieron la oportunidad de conocerlos y quizás llevárselos a casa. ¿Por qué íbamos a correr a publicar nuevos libros, más aún en una situación todavía impredecible donde nadie sabe cómo serán las cosas el mes que viene? ¿Esas prisas no supondrían exponerse a dejar atropellados en la cuneta, como cervatillos, estos proyectos, así como la dedicación y la ilusión de sus autoras, nuestro trabajo como editores? Al final de este texto podrás encontrar información más amplia sobre todos ellos, como una suerte de anti-catálogo: han sido libros confinados, no son novedades, pero son nuestras apuestas del periodo.

En segundo lugar, hemos decidido hacer efectiva esa detención que consideramos imprescindible: así, y de momento, durante los meses de junio, julio y agosto, los seis miembros del equipo de la editorial cesarán en sus funciones habituales y productivas. Recibiremos un sueldo y, aquellos que lo deseen tendrán acceso a cursos de formación costea- dos por la editorial y orientados a navegar la tormenta que nos llega. Nos dedicaremos a pensar y a aprender. Imaginaremos entre todos los caminos por los que debe transitar la editorial en los próximos años. Implementaremos herramientas informáticas para reflexionar juntos en la distancia. No atenderemos nada urgente, sólo cosas importantes.

Nos gustaría compartir este proceso de reflexión con autores, editores, libreros, distribuidores, periodistas culturales y demás profesionales del sector del libro, y ojalá entre todos podamos abrir un espacio de debate cuyo establecimiento permanente consideramos fundamental.

Sentimos que necesitamos tiempo

Como editores, necesitamos tiempo para interiorizar, digerir y reconstruir esta situación que estamos viviendo y que era impensable para todos hace apenas semanas; tiempo para proponer desde nuestro catálogo, a través de los libros que publicamos, una reflexión, por vía del ensayo o de la narrativa, a la altura de la gravedad y la trascendencia de las circunstancias.

Como individuos, como personas que nos calzamos una mascarilla para salir a comprar el pan y reeducamos con dolor a nuestros hijos para que no toquen las cosas, necesitamos tiempo para incorporar (incluso desde un punto de vista etimológico: incorporare, asentar en nuestros cuerpos) la nueva realidad material en la que, desde ahora, vamos a vivir.

Los científicos nos dicen que con gran probabilidad llegarán rebrotes. Que con seguridad viviremos muy pronto nuevas pandemias. Y que todo hace pensar que antes de 2030 tendrá lugar algún tipo de emergencia climática con consecuencias aún mayores para nuestras vidas cotidianas. En realidad, esta pandemia es una emergencia climática: esos mismos científicos a los que estos días escuchamos como oráculos llevan años demostrando la relación causal entre el surgimiento acelerado de nuevas epidemias y la destrucción creciente de los hábitats salvajes. Nos guste o no, esta pandemia es la «prueba de vestuario», en un sentido casi literal, de la próxima crisis. Y mientras tanto, ahora mismo, sobre tu cabeza vuelan aviones vacíos, los llaman «vuelos fantasmas», que emiten toneladas bien reales de CO2 tan sólo para conservar su preeminencia competitiva en los trayectos aéreos.

Nosotros hemos tomado la decisión de no arriesgarnos, ni por un instante, a editar un «libro fantasma», mucho menos para conservar nuestra «visibilidad» en las mesas de novedades.

Hemos sido millones confinados. El motor del capitalismo ha frenado en seco. Se habla de nacionalizar lo que previamente se privatizó. Se está implementando una renta básica en nuestro país. Con las necesidades elementales cubiertas y el amor de los nuestros, muchos nos hemos dado cuenta de que no necesitamos apenas nada más.

Lo imposible ya ha tenido lugar.

Queremos ser parte de lo imposible.

Los editores