Covid-19, crisis sanitaria y social

Covid-19, crisis sanitaria y social

16/03/2022

En esta ocasión, el autor nos comparte un artículo presentado en el marco del VIII Congreso Internacional de Comunicación Pública de la Ciencia y la Tecnología, COPUCI 2022, celebrado del 2 al 4 de marzo en Bariloche.

El título anticipa un enfoque de la pandemia con su entorno social e ideológico, esencial en el escenario comunicacional. Por eso, podemos empezar diciendo que Covid-19 –como definen los sociólogos– es un hecho social total.

Un hecho social total, porque revoluciona la subjetividad y relación social de individuos y grupos, en todos los escenarios, valores y dimensiones históricas, culturales, políticas, jurídicas y estéticas, y porque modifica el comportamiento del individuo –como integrante del colectivo social– y modifica su forma de ver, pensar, actuar, hablar, creer y sentir, provocando cambios en la sociedad y en sus instituciones.

Ahora bien, si mantenemos el concepto del hecho social total, y reemplazamos "Covid-19" por “Neoliberalismo”, podríamos mantener todo el resto del concepto y se encontrará la definición de esta ideología hegemónica del mundo actual.

Pero no se trata de mostrar acá la semejanza entre la Covid-19 y el Neoliberalismo, sino de analizar el diálogo entre una pandemia y una ideología hegemónica, ambas con características de hecho social total. Es decir, la pandemia como crisis sanitaria y social, que remite al título de esta charla.

Si se observan las pandemias históricas, es difícil separar la biología de su contexto socio-político-ideológico. Quizás no sea fácil relacionar la Viruela de 10.000 años a.C., que exterminó a muchos pueblos paleolíticos, con las primitivas sociedades, de las que se conoce poco. Más adelante, la Peste Negra, con decenas de millones de muertos en el Imperio Romano de Oriente en el siglo VI, volvió a exterminar casi al 50% de la población Euro-Asiática en el siglo XIV.

Pero ya en la época de la América colonizada, la relación Biología-Sociedad es más visible ya que, entre los siglos XVI y XVIII, la Viruela (asociada al hierro y los caballos) mató a más de 50 millones de personas (90% de la población nativa).

Entre 1918 y 1919, la Gripe de Kansas (mal llamada “Española”), fue exportada por los soldados de EE.UU. a Europa durante la Primera Guerra Mundial, produjo entre 50 y 100 millones de muertos (27% de la población mundial).

Sin detallar otras grandes epidemias como paludismo, cólera, diarreas y muchas enfermedades evitables, desde 1981, el VIH-Sida se llevó más de 80 millones de vidas. Y diversas “gripes” más recientes (asiática, aviar, porcina, dengue, Mers, Sars y otras de la familia coronavirus, hasta llegar a la actual Covid-19 y sus variantes.

En un enfoque que no debe ser sólo biológico, sino convergente con lo social, veamos algunas de esas pandemias históricas:
El cólera, se acepta como originario de la India, aunque quedaría restringido a esa región durante muchos años. Su expansión se relacionó con la Revolución Industrial.

Al inventarse la máquina de vapor, se reemplazaron los carros y bueyes por ferrocarriles, y las velas de los barcos por motores, que permitieron llegar más rápido a tierras más lejanas. Los enfermos coléricos, que antes comenzaban un viaje, se morían a los pocos días y eran incinerados o arrojados al mar, pero ahora llegaban a todos los rincones del planeta. Un dato que hoy debemos tener en cuenta porque no siempre los avances tecnológicos no controlados, benefician al ser humano.

¿Y qué pasó con el cólera en el Cono Sur Americano? El Cólera castigó fuerte a mediados del siglo XIX. Quizás transportado por inmigrantes europeos (muchos de ellos exiliados políticos) que, en la zona de Bahía Blanca, fueron instalados por Bartolomé Mitre como Colonia Agrícola-Militar. Esta Colonia tenía el mandato de sembrar trigo y defender (o desplazar) la frontera con el indio. Y, naturalmente, aquellos inmigrantes nunca llegaron a ser los dueños de esas tierras que cultivaron y defendieron.

En la segunda mitad del siglo XIX, el cólera atacó nuevamente, esta vez montado en tropas brasileras de la Triple Alianza durante el genocidio contra el Paraguay. Y al final de ese siglo, se extendió con las milicias movilizadas hacia el interior del país. Varias provincias habían ordenado una cuarentena, que fue anulada por el gobierno nacional, lo que facilitó la expansión de la enfermedad a gran parte del país. El “lado bueno” de estas epidemias fue el comienzo de la distribución domiciliaria de un Sistema de Agua Corriente y el inicio de la Asistencia Pública, ambos, claro, en la ciudad de Buenos Aires.

La Fiebre Amarilla, al final del siglo XIX, alternó con el cólera, y sólo en Buenos Aires, con menos de 180.000 habitantes, provocó 14.000 muertes (10% de la población). Su origen desconocido y la falta de instituciones sanitarias eficientes obligaron a enfrentarla con comisiones vecinales y parroquiales. También se dice que algunos médicos fueron “convencidos” por el Jefe de Policía para falsear la causa de muerte “para no provocar el pánico”, aunque se sospecha que se trataba de no arruinar las cercanas fiestas de carnaval. (¡Nada nuevo bajo el so!).

La población que podía y muchos funcionarios del gobierno escaparon de la ciudad, incluso el Presidente Domingo F. Sarmiento fletó un tren y partió rumbo a Mercedes.

Como en las pestes anteriores, los acusados fueron los inmigrantes italianos, españoles y negros, que llenaban los conventillos. En Argentina, se suele preguntar: “¿Por qué se ven menos negros que en Uruguay o Brasil?”, y la respuesta la proporciona la tradición oral y las escasas investigaciones sobre el tema.

Durante la fiebre amarilla, la población negra, que ya estaba disminuida por su enrolamiento forzoso en la Guerra del Paraguay, también fue diezmada por la enfermedad, ya que compartían los miserables conventillos saturados de inmigrantes. Y pocos años después, la pretensión argentina de borrar la “negritud nacional”, volvió sobre la población negra, que nuevamente fue arrastrada al frente de batalla en la llamada “Conquista del Desierto”.

La poliomielitis, conocida desde el antiguo Egipto, causó estragos en el mundo a lo largo de siglos. En Argentina, se registraron brotes desde fines del siglo XIX, pero las dos epidemias más graves explotaron en 1953 y en 1956. Esta última (vivenciada por quien les habla, con 10 años de edad), afectó a miles de personas, la mayoría niños; murió el 10% de los afectados y el 25% de los enfermos quedaron con discapacidad. El virus altera neuronas y produce parálisis de los músculos de las extremidades y los músculos respiratorios, requiriendo de un respirador artificial (pulmotor o pulmón de acero).

Luego de la vacunación masiva, en 1964, Argentina se consideró libre de polio; se declaró erradicada del planeta en 1999 y sin nuevos casos desde 2012. Sin embargo, recientes denuncias indican que, en países pobres del Asia Central y África, han vuelto a aparecer nuevos brotes. Otra lección para recordar y considerar en la presente pandemia.

Además de su biología, la poliomielitis es otro buen ejemplo de crisis sanitaria y social; es decir, de la relación entre el sistema científico-tecnológico-sanitario, por un lado, y las bases político-ideológicas-económicas, por otro, tanto en Argentina como en el resto del mundo.

En Argentina, cuando en 1953 la amenaza de la polio era evidente, el gobierno argentino compró pulmotores. Dos años más tarde, en 1955, muchos de esos pulmotores fueron destruidos por el golpe cívico-eclesiástico-militar denominado Revolución Libertadora, por tener una plaquita (FEP) que indicaba su origen. Merece recordarse que los responsables del citado Golpe de Estado ya habían eliminado el Ministerio de Salud y habían transferido la responsabilidad sanitaria a las provincias y municipios, lo que agravó la epidemia. También para considerar en decisiones de gobiernos recientes.

Pero también en el Primer Mundo hubo un revoltijo entre la epidemia de Polio y la mala política. Casi todos saben que Jonas Salk produjo en EE.UU. una vacuna que en 1955 se anunció como efectiva y al año siguiente ya se pudo aplicar en Argentina. También se sabe que en la misma época, el polaco Albert Sabin, judío exiliado del nazismo en EE.UU., desarrolló otra vacuna anti-polio, con virus vivos atenuados.

Lo que no todos conocen es el enorme conflicto de intereses y competencias entre científicos, políticos y empresarios de esa época, ya que se estaba vendiendo y aplicando la vacuna desarrollada por Salk. En consecuencia, Sabin no fue autorizado a realizar los ensayos clínicos, y entonces hizo las primeras pruebas sobre él mismo, sobre sus familiares y sus colaboradores. Y frente a la reiterada negativa de las autoridades de EE.UU., amenazó con recurrir a la autoridad sanitaria rusa para realizar los ensayos clínicos. Se debe considerar que, en esa época, el mundo estaba en plena Guerra Fría.

La firme actitud de Sabin permitió relajar los trámites y, finalmente, pudo hacer los ensayos clínicos en el país del Norte de América. La vacuna Sabin-Oral se aprobó recién en 1962, la OMS la autorizó y se aplicó en todo el mundo hasta la actualidad.

Esa triste batalla entre “Salk” versus “Sabin”, ha sido re-editada en numerosos casos que casi nunca llegan a los oídos del gran público y que los comunicadores científicos tienen el deber moral de hacerlo.

¡Y llegamos a la Covid-19! El 11 de marzo de 2020, la OMS declaró “pandemia” a la nueva enfermedad producida por un coronavirus. A partir de ese momento, una catarata de noticias verdaderas y falsas, saturó a los terráqueos en todas las geografías. Algún periodismo fue prudente y objetivo, evitando alarmas y pánico. Pero otros difundieron sin fundamento serio, situaciones apocalípticas de todos los pelajes y en todo el planeta. Noticias llamativas de una realidad presentada con tono erudito por “expertos panelistas” que buscaron beneficiar sus propios intereses partidarios y no la evidencia científico-sanitaria.

La ética, la seriedad y la idoneidad científica y periodística no siempre transitaron el mismo camino. La ciencia basculando entre la “ciencia pura” y la “ciencia neoliberal”, y el periodismo oscilando entre lo “objetivo” y lo “militante”, cualquiera sea el abanico de sus definiciones.

Estas actuaciones mostraron con claridad –para el que quiera verlo–, la divergencia entre la prioridad de la salud y el predominio de los negocios, en una vergonzosa complicidad que pretendió (y pretende) favorecer a las hiper-empresas supra-nacionales.

La Covid-19, como Crisis Sanitaria y Social, es una expresión más de la famosa “grieta”, entre la Bio-Medicina y los Bio-Negocios, que se manifestó a nivel local, regional y global. El escenario donde se instaló la pandemia fue (y es) un mundo dividido. Por una parte, las potencias hegemónicas y las hiper-empresas supranacionales, y, por otra parte, la mayoría de las naciones subdesarrolladas en países dependientes y pobres. Que no es más que el resultado del desarrollo histórico del imperialismo, del colonialismo y del actual neoliberalismo, un escenario que deriva de los anteriores.

Y uno de sus resultados, salta a la vista, representado por la enorme disponibilidad de vacunas –en algunos casos superflua– en países que pueden pagarlas, contra la ínfima cobertura de vacunados en países que no pueden comprarlas. Esta diferencia también se proyecta como la imagen distorsionada en un espejo donde los países hegemónicos son reflejados por algunos ridículos líderes de países subdesarrollados que los pretenden imitar mediante el relato de la “gripezinha”.

Pero una importante conclusión fue anticipada hace ya dos años en un artículo de la revista The Lancet, donde se reconoce que: “La pandemia Covid-19 finalizará eventualmente, pero después será necesario renovar el enfoque para asegurar que la salud no sea un sub-producto del privilegio”.

Una pregunta frecuente, que no muchos científicos y pocos comunicadores científicos se hicieron, es: ¿fue una sorpresa la Covid-19? Y la respuesta es, claramente, NO.

La asociación de pandemia y pillaje medioambiental ya fue anticipada hace años, desde Rosa Luxemburgo a Mahatma Gandhi, pasando por Fidel Castro y autores serios de ciencia ficción, hasta los actuales especialistas del cambio climático y también por nuestros investigadores del CONICET.

En el orden más específico:
La Covid-19 integra un “combo” con el SARS (2002 y 2004), la gripe aviar (2005), la gripe porcina (2009) y el coronavirus MERS (2012).

En 2007, científicos de Hong Kong ya habían anunciado la re-aparición de la familia coronavirus.

En 2008, un informe del Consejo Nacional de Inteligencia (EE.UU.), con 2500 expertos de 35 países, anticiparon una enfermedad a coronavirus antes de 2025 y, lo más importante, advirtieron que el mundo no estaba preparado para enfrentarla.

Entre 2011 y 2019, científicos y no científicos insistieron en anunciar un peligro pandémico, desde el expresidente Barack Obama hasta el hiper-millonario Billy Gates.

Y a la pregunta: “¿Por qué no se aprendió la lección del pasado?". Se puede responder simplemente: “Ausencia de sensibilidad política y social”, frente a la catástrofe sanitaria más previsible de la historia.

Finalmente, con perspectiva de salud integral y planetaria, entre el privilegio a la economía y la prioridad a la salud, la pregunta final podría ser: ¿cómo se supera esta Crisis Sanitaria y Social?

Sin pretender ser originales, se debería considerar que la Covid-19 puede representar un antes-y-después en muchos aspectos del ser humano y del planeta. Si algo positivo se tuviera que esperar, podría ser la entrada en una Etapa Post-Neoliberal como otro hecho social total.

La Covid-19 ha demostrado la falacia del “choque de civilizaciones”, de la “muerte de las ideologías”, del “fin de la historia” o de la “panacea neoliberal”, porque cuando la sociedad tiembla desde sus cimientos, se aprende que la historia es impredecible y casi nunca es linealmente progresiva.

También se aprende que este tiempo puede ser fértil, sin certezas heredadas para ordenar el mundo, sino certezas que se deberán construir con nuevos materiales y con ingredientes recuperados de las pasadas narrativas.

El Ser Humano deberá aprender a ser amigo de la Naturaleza para construir una Nueva Sociedad y diseñar nuevos destinos, diferentes del egoísta hiper-capitalismo.

Aunque no es posible predecir cómo sería un tiempo Post-Neoliberal, queda claro que continuando como hasta ahora, el futuro del ser humano y del planeta será corto y malo.

Y que en nuestro pequeño mundo, el compromiso del científico y del comunicador científico será muy importante en esa etapa.

Autor(es) del contenido

Roberto A. Rovasio

Roberto A. Rovasio

Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Ex Investigador Principal del CONICET. Médico, Doctor en Medicina, Técnico de Laboratorio por la UNC. Docteur d’Université, Paris Nord-XIII, Francia. Ex Director del Centro de Biología Celular y Molecular de la Faculturad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la UNC. Actualmente, jubilado y comunicador científico. 

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