Aborto y autonomía

Aborto y autonomía

21/12/2020

Estoy convencido de que la Argentina merece tener una ley sobre el aborto, una ley a la altura de los tiempos, que permita y regule la interrupción voluntaria del embarazo. Dejar que las cosas sigan como han estado hasta ahora es, en el mejor de los casos, optar por la táctica del avestruz y, en el peor, ignorar cruelmente la suerte de un número escalofriante de mujeres que cada año se ven llevadas a abortar clandestinamente, con las complicaciones que todos conocemos.

Lo reconozco: el aborto no es una solución mágica; igualmente, cuando una mujer, sola o con su pareja, decide abortar está tomando una de las decisiones más difíciles de su vida. Sin embargo, nadie está facultado a obligar a una mujer a tener un hijo que no desea.

Autonomía es la capacidad del individuo de decidir libremente el modo de vida que mejor cuadre con sus valores y sus objetivos. Claro que esa libertad de decisión no puede ser caprichosa: implica racionalidad y responsabilidad por parte de quien elige. En pleno siglo XXI, una ciudadana, de modo responsable, debe poder contar con la posibilidad de interrumpir su embarazo, si ese embarazo no es compatible con sus preferencias.

Sin duda, mis libertades terminan donde empiezan las libertades del otro; el ejercicio de la autonomía –de un hombre o una mujer, lo mismo da– no puede valer irrestrictamente. Pero es justamente este aspecto el que nos lleva al meollo de la cuestión. El aborto, correctamente realizado, es una práctica éticamente lícita, porque el embrión y el feto en sus primeras semanas no son personas.

Hay millones de ciudadanos en nuestro país que creen que la persona humana comienza en el momento de la concepción; al afirmar esto siguen de cerca la doctrina de la Iglesia católica o de otras confesiones. Pero también hay millones de conciudadanos que no creen en ese principio, sino que tienen una concepción más bien naturalista del origen de la personalidad humana. Yo, haciéndome eco de estas últimas voces, afirmo que debemos situar el inicio de la persona en el momento en que comienza a formarse en el feto el sistema nervioso, y esto es algo que no ocurre en ningún caso antes de los tres primeros meses de embarazo.

Frente a una cuestión tan polémica como la del inicio de la personalidad, el Estado debe dar un paso atrás y, desde una posición neutral, permitir la pluralidad de voces y formas de vida. Quienes quieran adherir a las creencias religiosas tradicionales han de tener el mismo derecho de hacerlo que quienes piensan guiados por una concepción de corte científico-naturalista.

Hasta acá he hablado de principios, de lo que es lícito o ilícito hacer “en sí mismo”. Pero quisiera concluir volviendo a un punto que mencionaba al comienzo. Independientemente de la cuestión ligada a la licitud o no que le atribuyamos al aborto según nuestras visiones del mundo, lo cierto es que las consecuencias prácticas de la legalización van a ser mayormente positivas. Solo menciono cuatro:

  1. las parejas van a poder realizar una mejor planificación familiar;
  2. las mujeres van a poder abortar sin necesidad de recurrir clandestinamente a clínicas privadas o, peor aún, a sitios de dudosa reputación;
  3. va a bajar significativamente el número de mujeres que terminan hospitalizadas por mala praxis y que a veces quedan estériles por el resto de sus días;
  4. y, por último, va a descender significativamente la cifra de mortalidad materna.

No se trata de profecías, sino de lo que efectivamente ha sucedido cada vez que, en las últimas décadas, un nuevo país ha legalizado el aborto.

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Autor: Marcos Breuer