En diciembre Eduvim reedita a Marta Lynch en "Informe bajo llave"

Ficcionalizó al ex presidente Frondizi en La alfombra roja y a Massera como el Vargas de Informe bajo llave, quizás la primera novela argentina donde se narran la represión y la desaparición de personas.

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El 31 de diciembre de 1978 lo pasé en la casa de la doctora Simayo que vivía entonces en Río de Janeiro, más exactamente en los Altos de Ipanema. Fue una buena fiesta. A las doce bajamos a la playa para celebrar la medianoche con flores blancas a Iemanyá sobre las aguas color tinta, revueltas y resplandecientes. En la bulliciosa semioscuridad, tropezando con mujeres de cofias almidonadas y polleras de puntillas, entre velas y exorcismos, encontré al doctor Ackerman, aquel siquiatra vienés de cuya formación me había servido para mi propia paz. Ackerman atendía casi sin cargo alguno y contra todas las reglas de la profesión, en su casa de Palermo Chico a la que yo había acudido en medio de experiencias crueles. Me alegró encontrarlo en el campo neutral de la celebración y cuando lo saludé fue más una explosión de cariño natural que la evocación de jornadas compartidas en las que yo había tenido macho que volcar y Ackerman más que descubrir. Así son esas relaciones. Cerca de él vi a una muchacha, muy bonita, con esa seducción indescifrable de los enfermos. Lo estaba y a tal punto que el siquiatra no había querido separarse de ella para las fiestas en las que la tradición se empeña y que casi siempre son nefastas para tanta gente como nosotros. Me costó sobreponerme a la curiosidad que me despertaron sus ojos, abiertos por el insomnio, por las drogas y por un aire de desamparo que nunca volví a encontrar en persona alguna. Mi sentido de la profesión –bastante ruin, por cierto– me hizo pensar que podría extraer de ella un personaje de ficción; sin embargo, nunca conseguí nada valioso tras aquella impresión primera. No pude llevarla al papel. Siempre sobresalía el mecanismo de una piedad que era más fuerte que el deseo de crear y así fue como perdí un buen personaje. Sin embargo, el personaje reapareció. Según me dijo Ackerman, se llamaba Adela y era una especie de artista; estaba muy enferma, claro. Varias veces durante la alegre noche nuestros ojos coincidieron y me impresionó la desesperación de su mirada. Estaba de regreso de una zona atroz que era demasiado palpable, como un espacio erosionado de la piel, como una herida abierta y maloliente.

Alrededor de las tres de la mañana se recostó sobre un almohadón adoptando un inquietante aire infantil. La fiesta siguió sin inconvenientes pero, varios meses después, una tarde de lluvia, mientras yo esperaba que Ackerman terminara la asistencia de un grupo, encontré sobre una mesa cubierta de papeles una carpeta con cartas, recortes y anotaciones diversas. Todo tenía un aire pueril –como su postura al buscar el sueño– y pretencioso. En varias tardes sucesivas pude retomarlas y luego, totalmente invadida por la historia que trataban de contarme, pedí autorización a Ackerman para leerlas en forma continuada. Contrariando su ética y demostrando honda aflicción, me lo permitió. El resultado de sucesivas lecturas es lo que transcribo ahora. Pido excusas por las reiteraciones, por la flagrante oscuridad de algunos pasajes, por el tedio conmovedor que tiñe capítulos enteros, en los cuales aquella muchacha llamada Adela –suyas son las anotaciones– dejó signos de su itinerario. Observo que aun sin quererlo tomo palabras y frases que le pertenecen: signos indicatorios, frustraciones, búsquedas.

Lo que sigue –repito– es la transcripción de sus páginas, abandonadas en forma alarmante, que Ackerman conservó y compartió conmigo usando una piedad cercana al remordimiento. A menudo ocurren cosas como ésas cuando no podemos servir bien a los demás, a los más débiles, a los que nos buscaron para descargar. Responsabilidad moral se llamaría. Y eso es lo que quizá sientan ustedes al leer y reflexionar sobre lo escrito por aquel espíritu transido. Quizá extraigamos consecuencias, aunque lo dudo. Yo también contribuí en la medida de mis posibilidades a la tarea desesperada de reencontrar a Adela. Pero de ella sólo me han quedado estos apuntes que copio ahora, no tanto como un hecho literario sino como una suprema responsabilidad frente a circunstancias tenebrosas, o como la lucecita que se enciende bajo el retrato de alguien que nos despierta devoción. Quizá hay también algo de sed de justicia. Pero acerca de esa quimera, los argentinos tenemos ya una idea muy firme.

Marta Lynch

Nació en La Plata el 8 de marzo de 1925, como Marta Lía Frigerio, se casó con un abogado de la clase alta argentina, con el que tuvo tres hijos, y con cuyo apellido firmó sus obras. Estudió literatura en la facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires y describió con su obra y con el derrotero de su vida, el drama, las contradicciones y los vaivenes políticos y sociales de nuestro país. Entre 1956 y 1958 actuó en el Comité Nacional Radical junto a Arturo Frondizi, con quien estuvo vinculada afectivamente y militó en el desarrollismo en la década del sesenta, en 1973 fue invitada a ocupar el charter que regresaba a Perón del exilio, en los primeros setenta se fascinó con el movimiento Montoneros, interpretó la violencia guerrillera y escribió, en torno a la figura del Che, El cruce del río; renegó de todo ello en 1976, al instalarse la dictadura militar, que defendió con fervor fuera del país. Se la vinculó afectivamente con el represor Emilio Massera, a quien en algún momento asesoró en la revisión de sus discursos, pero estuvo entre los pocos personajes públicos que reclamaron por la aparición con vida de Haroldo Conti, y en sus últimos años adhirió al radicalismo que impulsaba Raúl Alfonsín. Ficcionalizó al ex presidente Frondizi en La alfombra roja y a Massera como el Vargas de Informe bajo llave, quizás la primera novela argentina donde se narran la represión y la desaparición de personas. Publicó La alfombra roja (Fabril Editora, 1962 /Losada, 1966/2000), Al vencedor (Losada, 1965), Los cuentos tristes (Centro Editor de América Latina, 67/Merlín, 1971/Planeta,1979), La señora Ordóñez (Jorge Álvarez, 1970/Sudamericana,1987), Cuentos de colores (Sudamericana, 1970), El cruce del río (Sudamericana, 1972), Un árbol lleno de manzanas (Sudamericana, 1974), Los dedos de la mano (Sudamericana, 1976/Alfaguara, 1977), La penúltima versión de la Colorada Villanueva (Sudamericana, 1979), Los años de fuego (Sudamericana, 1980), Páginas de Marta Lynch (Celtia, 1983) Toda la función y La despedida (Editorial Abril, 1982), Informe bajo llave (Sudamericana, 1983), No te duermas, no me dejes (Sudamericana, 1985), Páginas de Marta Lynch (Gedisa, 2000).

Abrumada por una fuerte crisis depresiva, se suicidó el 8 de octubre de 1985. Obtuvo el premio Municipal de Literatura por Cuentos de colores y fue jurado del Premio Casa de las Américas. En los años 80, La señora Ordóñez fue adaptada a la televisión, bajo la dirección de María Herminia Avellaneda y con Luisina Brando en el rol protagónico.

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