«Reinventar la filología». Entrevista a Raúl Antelo

«Reinventar la filología». Entrevista a Raúl Antelo

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Luis Seia

Raúl Antelo dialogó con Eduvim acerca de su libro Archifilologías latinoamericanas –lecturas tras el agotamiento, de reciente aparición en nuestra colección Zona de Crítica, donde reflexiona sobre el estado de la crítica y los estudios culturales, la crisis del sistema político brasileño y su impacto en la academia, y sobre la nueva generación de escritores en el país lusófono. Un filólogo que plantea repensar la idea del origen como una salida de emergencia para la reinvención de las ciencias humanas.

Archifilologías latinoamericanas: un libro para poner (en) la mesa.

El hilo conductor del libro es rearmar las piezas sobre la mesa, tal como hace desde las artes plásticas Didi Huberman: tomar la mesa como la table y de ahí pasar al tableaux, a la pintura. Nos acostumbramos a ver el tableaux colgado de la pared, a ver la autonomía. Creo que hay que lograr verlo en vertical, luego apoyarlo en horizontal y mirar los fragmentos. El desafío hoy es historiográfico, en la manera en que ponemos cada objeto cultural en otras redes, armamos otras conexiones para que digan otras cosas. Que no sean solamente un vestigio, una huella muda a la cual doblar haciéndole decir cosas. Ella sola, en la medida en que se conecta con otras, podrá armar otras historias. La función del crítico para mi es esa: la de una especie de escenógrafo que cambia los muebles de lugar y permite otras circulaciones, abrir nuevas perspectivas, iluminar, cambiar el aire.

¿De qué tratan las archifilologías latinoamericanas?

Creo que la filología siempre trabajó con la idea del origen. El gran desarrollo de la filología se da en el siglo XIX, tiene que ver con el nacimiento de las literaturas nacionales, aquellas que se arman siempre en base a un origen, un texto sagrado que las organiza en su conjunto. Todas esas convenciones han sido muy criticadas hace más de medio siglo; el formalismo, el estructuralismo, etc. Todo eso ha deshecho la idea de que haya un ethos nacional, nos ha convencido de que el texto es una construcción, que todo texto es intertexto, que no podés conocer la historia a no ser a través del discurso. Llegados a este punto, solo nos queda reinventar la filología. Esta filología ya no se plantea la cuestión del origen como génesis, sino como emergencia. Algo que emerge es algo que surge de sopetón, imprevistamente; pero también algo que tiene una urgencia. Una salida de emergencia es una salida de urgencia. Urge que encontremos una salida a un impasse de las ciencias humanas. Creo que hay una gran crisis de las ciencias humanas que está íntimamente vinculada con la crisis de las democracias, de la representación, el dominio de las imágenes. Hay una serie de fenómenos contemporáneos que se articulan recíprocamente. Creo que nuestra disciplina puede colaborar a aumentar y repartir la sensibilidad, a usar la memoria, recuperar experiencias, reconfigurarlas, potencializarlas. Todo aquello que el establishment hoy resiste, teme o bloquea. – ¿Cómo analiza el lugar de la crítica literaria en el mundo académico? Creo que la función del crítico académico debe ser cada vez menos ser el especialista en un objeto, en una obra, en un autor, en un período, lo que fuera; y cada vez más la de activador de conexiones. Es decir, la función del crítico es juntar tiempos disímiles, tiempos disparados, aunque eso a veces suene un disparate. Es justamente lo dispar, lo disparado, lo separado en el tiempo lo que nos permite tener una perspectiva histórica más aguda. Nos permite salir de esa mirada umbilical, de mirarse el ombligo constantemente del presente con el presente y entender el presente como una suerte de suma de vestigios –no necesariamente elaborados– de experiencias del pasado que deben ser resignificadas a la luz de las urgencias del presente. Como Bergson, creo que el pasado todavía no pasó, que el pasado está pasando y que esa parte del pasado que hoy pasa, que actúa, lo llamamos actualidad y a la parte del pasado que todavía no pasó lo llamamos futuro. La cuestión del crítico es hacer pasar el tiempo en los textos, en los objetos que considera, en las imágenes que están cargadas de pasado y por lo tanto, cargadas de futuro.

¿Cómo ve el momento actual de la crítica en Brasil?

La primer cosa que habría que decir es que la crítica en Brasil es fundamentalmente crítica universitaria; prácticamente no hay crítica que no esté en la institución, a diferencia de muchos países latinoamericanos donde hay sectores de la crítica que caminan paralelamente por fuera de las universidades. La institucionalización universitaria todo lo ha devorado. En función de eso, hay otro rasgo también muy característico en Brasil que es la entronización de un modelo de lo moderno, de un modelo de corte de la vanguardia que, para buena parte de esa crítica universitaria, todavía es hegemónico y es el centro de referencia. En Brasil se conoce comúnmente como “el discurso de la universidad de San Pablo”, que no es necesariamente el discurso de esa universidad, dado que hay gente que no ha pasado por su formación ni trabaja en la institución y, aun así, es laudatoria de esa lógica. Es una lógica muy centrada en el estudio de autores, en el especialismo, en una concepción de altas literaturas, en una cierta prevención hacia los estudios culturales, poscoloniales, subalternos o el nombre que se le quiera dar. Eso genera que, como única reacción, pueda haber una reivindicación militante desde el género, por ejemplo. Sería la única alternativa que dice “esto no va más”. Por otro lado, los discursos de género me parecen bastante pobres en la medida en que no hacen ninguna articulación, por ejemplo, con el psicoanálisis –particularmente con la idea del sujeto dividido– entonces, se plantea la idea de un sujeto macizo, sin fisuras; o sea, un discurso de la identidad que es absolutamente solidario con el anterior, porque si el otro armaba identidades nacionales, ahora se arman identidades de género. Pero en definitiva ambos te llaman a la lucha de separar del campo a todo aquello que no se identifique con esa lógica. Por otro lado, creo que hay un grupo –no diría hegemónico– sino que trata de aparecer y que, tal vez, tenga hoy una reserva moral más alta que, al contrario, está tratando de armar otro tipo de estrategias para abordar el hecho cultural con las herramientas del posestructuralismo, de la diferencia, de la coloquialidad del saber, de la biopolítica italiana, etc. Y lo está haciendo no solamente con la literatura, sino también con el análisis de imágenes, con el cine. Hay una regla, a mi juicio, que es verificable en toda América Latina: las grandes universidades de las capitales, normalmente públicas, se volvieron defensoras de algún tipo de saber autonomista, modernizador en los años sesenta. En unas podrá ser el funcionalismo, en otras el estructuralismo, en otras el marxismo. Esto es lo que catapultó lo moderno en los años sesenta. Hacia los años ochenta, en algunas universidades –en el caso de Brasil, lejos de San Pablo– nos vamos configurando y aparecemos con otro tipo de discurso. Es un proceso que comienza en los ochenta y hoy está in crescendo. ¿Qué traerá el tiempo? Chi lo sa.

¿Cómo impacta el momento del sistema político en las universidades brasileñas? 

Hoy hay una innegable crisis en todos los órdenes en Brasil que empieza por una crisis del sistema político y que, específicamente en lo universitario, está pasando momentos muy delicados. El órgano del Ministerio de Educación que financia todo el sistema universitario (a cargo de dar pasajes para tribunales, garantizar traslados y estadías para congresos) ha tenido un recorte del 75% en el presupuesto: eso es una herida de muerte. De hecho, recientemente se ha notificado en mi universidad que se permitirá la realización de tribunales de concurso por medio electrónico por la imposibilidad de traer gente, ahora tendremos que hacer los diálogos por Skype. Brasil tenía un sistema universitario que te permitía defender una tesis en Bahía o donde fuere, pero tenías por lo menos dos personas que te venían de Río o de San Pablo; había una red de profesores que estaba constantemente en contacto y sabíamos perfectamente qué estaba pasando en todos lados. Eso va a ir mermando y va a tener un impacto en el sistema, le va a quitar vitalidad. Habrá que elaborar otras estrategias, quizás llame al desafío de crear otras instancias. Lo que genera esta crisis en las universidades no sólo federales es un sin sentido: el movimiento docente en las públicas está en huelga hace dos o tres meses a raíz de un reclamo salarial, los estudiantes se van a la playa, los profesores se quedan en sus casas y se enteran por el diario cuándo termina la huelga. ¿Qué sentido tiene una huelga con vaciamiento del campus ni ocupación del espacio público? Hay que hacer que la gente se dé cuenta de que estás en huelga, si te vas a tu casa no tiene sentido. La sociedad sigue pensando que somos unos privilegiados y que ganamos muy bien, que hacemos paro porque somos perezosos y no queremos trabajar, es muy complicado. Todo ello hace que la crítica esté refugiada en la universidad y que, cada vez más, los medios de comunicación le resten importancia a la lectura. En cierto sentido, hemos vuelto a una situación de siglos atrás, donde no tenías crítica en los diarios porque había muy pocos lectores, parece ser un círculo vicioso del que es muy difícil salir.

¿Cómo ve la nueva generación de autores en Brasil?

Los jóvenes autores están atravesados por una idea de lo literario como una especie de star-system. Los escritores no son obligados a tener una visión más sofisticada, formada –o como se le quiera llamar– de la historia, de la política, del arte. En general, el discurso de los jóvenes escritores es muy autocentrado, entonces ¿qué te van a contar? Sobre cómo fue la inspiración de la novela, del viaje que hizo para conectarse, etc. En cuanto le preguntes algo sobre qué está leyendo o sobre otros escritores, si su trabajo se parece a tal escritor de hace cuarenta años; las respuestas suelen ser “yo no opino de eso”, “no soy universitario”, “no me interesa”. En el caso argentino, todos los escritores han pasado por las escuelas de letras – aunque renieguen de ello y digan que son mediocres. A diferencia de ello, en el Brasil no es así, no es lo dominante. Tenemos gente que sí ha terminado un curso universitario en otra disciplina (derecho, economía) y después descubrió que le interesaba la escritura. Esto genera otro tipo de sensibilidad.

Acerca de Raúl Antelo. Nació en 1950. Educado en Buenos Aires, completó sus estudios en São Paulo. Es profesor titular de Literatura Brasileña en la Universidad Federal de Santa Catarina. Ha dictado clases en las universidades de Austin, Duke, Maryland y Leiden, entre otras. Recibió la beca Guggenheim y el doctorado honoris causa de la Universidad Nacional de Cuyo. Entre sus últimos libros se cuentan Maria com Marcel. Duchamp em los trópicosAlfred Métraux, antropofagia y cultura imágenes de América Latina. Ha editado Antônio Candido y los estúdios latinoamericanos, así como volúmenes de João do Rio, Jorge Amado y Oliverio Girondo. Su trabajo crítico mereció un coloquio en el Museo de Arte de Río de Janeiro.

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Leer los ensayos de Raúl Antelo es entrar en la fascinante deriva que teje una ficción crítica en el revés del gran monumento que separó los saberes modernos y los clasificó en su gran biblioteca. La biblioteca anteliana, por el contrario, es el inmenso archivo de la cultura moderna que él lee al sesgo, buscando puertas secretas e inéditos vasos comunicantes entre textos filosóficos, históricos, políticos, estéticos, literarios.

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