"Latencias y sobresaltos de la memoria inconclusa" por Arfuch

"Latencias y sobresaltos de la memoria inconclusa" por Arfuch

Exposición realizada en la presentación del libro de Nelly Richard el pasado 4 de agosto en Buenos Aires.

 

"Latencias y sobresaltos de la memoria inconclusa" por Leonor Arfuch. 

Es muy grato para mi compartir una vez más con Nelly la presentación de un libro, en una larga historia de encuentros, conversaciones, paneles, de un lado y otro de la cordillera, en torno de temas comunes y siempre inquietantes. El libro, por su parte, destella con una vibración continua entre latencias y sobresaltos, como su título, también feliz, lo anticipa. Una lectura fechada, que marca la parábola de la memoria en su país, desde la concertación –el retorno a la democracia- a nuestros días, y despierta a cada paso los ecos de nuestra propia memoria, desemejanzas, destiempos, desacoples, e inesperadas sintonías. Pese a conocer algunos de los artículos, al releerlos, en el cuidadoso ensamble cronológico y memorial que el índice propone, se produjo algo así como una transfiguración de la lectura, que se tornó otra, primigenia, confirmando quizá que el texto late –volviendo a las latencias- siempre en el presente, bajo los ojos, en la sincronía de tiempo y lugar.  En ese presente continuo, agitado por fuerzas en pugna, se despliegan los capítulos, que podrían leerse como una revuelta de las palabras contra el adocenamiento de la memoria oficial, de los fraseos académicos y las convenciones del paper. El estilo de Nelly, inconfundible, una aleación perfecta entre teoría, crítica y política, vigoriza el ensayo, en su tradición insumisa, su resonancia poética y la fuerza pasional de las convicciones.

Así, su primer capítulo pone en jaque la famosa idea de democracia como consenso, alentada en la concertación, que trajo consigo el acuerdo y una pretendida reconciliación, dejando en suspenso la interrogación crítica del pasado dictatorial y la puesta en acto de los significantes emblemáticos de Memoria, Verdad y Justicia. Lengua de intereses, dice la autora, insensible, debilitada, incapaz de dar cuenta del sufrimiento, del desborde de los cuerpos y las experiencias, ajena al susurro de las voces y las biografías, ajustada sólo a la certificación objetiva del número de víctimas. Una lengua de la normalización y el aquietamiento antes que sobrevenga el sismo y la catástrofe –dos significantes caros a nuestros hermanos chilenos- o el sonido y la furia, podríamos decir. Pero nada se aquieta en el devenir de las memorias, y ese es quizá uno de los dones que nos deja este libro, que a partir de ese momento inicial se despliega en una sucesión de aconteceres que van desnudando lo que hoy llamaríamos la grieta chilena. Mujeres “bien” en la plaza pública -con su lengua desatada- manifestando a favor de Pinochet preso en Londres; emergencias de lo no acallado en el reclamo de las víctimas; enfrentamientos mediáticos y urbanos; la estratificación neoliberal marcando a un lado u otro de la calle identificaciones y pertenencias. [Lo sabemos nosotros, herederos y transformadores, a la vez, de los famosos “cacerolazos” contra Allende].

Una estratificación –una transformación sustantiva de la sociedad y de las subjetividades- que la autora registra en sus mínimas inflexiones, sin perder de vista lo que la ideología hace a las memorias, las barreras visibles e invisibles que traza entre enunciados en apariencia concordantes. Así, más allá del discurso instituido, le importa en grado sumo la fluctuación del lenguaje: ¿Hay una lengua para hablar de lo atroz?, se pregunta, ¿Cómo dar cuenta de lo horroroso, de lo abyecto, lo que desborda los modos habituales del decir? Las preguntas se centran sobre todo en el hablar público de la tortura y de la violación, ya sea en la escritura confesional de dos mujeres emblemáticas –ex militantes, que las padecieron y se convirtieron luego en colaboradoras de la DINA- ; ya sea en programas mediáticos que, con las “mejores intenciones” corren el riesgo de infringir el umbral del pudor y hacer de una escena lacerante morbo televisivo. La cuestión no es menor, y las reflexiones de Nelly sobre el tema, que ocupa dos capítulos nodales del libro -“Tormentos y obscenidades” y “Las confesiones de un torturador y su (abusivo) montaje periodístico”- me parecen de toda relevancia. Varias veces coincidimos en la evaluación de narrativas donde el develamiento de los crímenes, en la voz de quienes los padecieron, orillan ese umbral, que es tanto ético como político, y que impone una distancia y un cuidado para no herir más de lo que se repara. Distancia que es también la del género discursivo utilizado, la carga valorativa disímil que va del testimonio, la autobiografía o la confesión, a la entrevista o la simple conversación.

Las buenas intenciones aparecen también en las políticas de la memoria, como los museos, monumentos, memoriales, que no siempre se atienen a los desórdenes del tiempo y la lectura, a las vibraciones de las sensibilidades y la irrupción caprichosa del recuerdo, que conspiran contra toda fijeza. En esa tensión entre propuestas fallidas y aciertos del arte la autora analiza algunos sitios de memoria en Santiago (Villa Grimaldi, Londres 38, el puente Bulnes), así como el Museo de la Memoria, con una mirada cercana a la concepción crítica del “contramonumento”, es decir, una intervención que busca más la perturbación que la clausura, la reflexión activa por sobre la contemplación. Aquí también compartimos experiencias. En Chile, no sin cierta picardía, me recomendó ir a esos lugares –antes de haber leído sus textos o hacerme algún comentario- para ver si coincidíamos en la apreciación –y así fue. En Buenos Aires fuimos juntas por primera vez una tarde de invierno al Sitio de Memoria Ex ESMA –antes de la última intervención- y compartimos también el frío y el espanto.

Pese a que cada artículo puede leerse en su propia lógica, con plena independencia semántica –lo cual no es un mérito menor- hay un conjunto que configura algo así como una “segunda parte”, contemporánea, inquisitiva, combatiente, diría, donde se articulan varias líneas de reflexión: los dilemas de la visualidad y la representación, en el arte y en el cine –una mirada incisiva que no deja pasar detalle-; las consecuencias sociales del ajuste estructural –la “terapia de shock” que también nos amenaza ahora a nosotros-; los emergentes de la complicidad civil, que abre el abanico de denuncias; la conmemoración de los 40 años del golpe, que causó una verdadera remoción –un sismo- en las convenciones y convicciones, abriendo las compuertas del lenguaje, voces, imágenes, archivos, films, testimonios, experiencias. Y si es verdad que la conmemoración trae al presente con mayor fuerza el tiempo histórico, también trae el retorno de lo reprimido, aquello que no fue dicho, lo acallado, la revelación de ocultos horrores pero también la emergencia inesperada de lo que se creía superado. En ese maremágnum Nelly destaca una vez más el riesgo mediático de la morbosidad -el todo mostrar- que permite incluso la indignidad de dar la palabra a represores (Manuel Contreras) para reafirmar la convicción de lo hecho, después que la justicia dio condena. [Como tuvimos que ver en nuestra conmemoración de los 40 años, el desfile de participes del Operativo Independencia en Tucumán, o el del golpista Aldo Rico y sus secuaces, en Buenos Aires, ante la impávida mirada gubernamental]. 

Si el libro traza una rotunda radiografía analítica de la “memoria inconclusa” de Chile, aportando a su vez conclusiones de validez universal, leído desde este lado de la cordillera no puede menos que evocar, paso a paso, nuestra propia trayectoria al respecto. Primero, la desemejanza en cuanto a los relatos, las narrativas, que se desplegaron aquí a partir del Nunca Más y florecieron luego en infinidad de formas y géneros discursivos, del arte, la literatura, el testimonio, la autobiografía, la autoficción. Chile comparte ahora la proliferación de las voces, sobre todo de hijas e hijos, tanto de desaparecidos o asesinados como de otros, contemporáneos, que, como los nuestros, eligen diversas formas de expresión artística. Luego, la actividad incansable de los organismos de DDHH, que tuvieron un innegable protagonismo en la escena pública, afirmando –y afianzando- un lenguaje para hablar del pasado, que fue desplazando la primera teoría de los dos demonios e instaurando tempranamente las ideas de terrorismo de Estado y crímenes de lesa humanidad. [Digo “la primera” porque ahora tenemos el afloramiento de “las segundas”] En tercer lugar, el histórico Juicio a las ex juntas que Alfonsín promovió apenas asumido trazó una preeminencia de la Justicia en el tratamiento de los crímenes, que quedó como una marca diferencial en América Latina y más allá, abriendo la brecha para los juicios ulteriores a que dio lugar la derogación de los indultos. Chile llegó de otra manera a la sustanciación de sus juicios. También hay una coincidencia –no una semejanza- en cuanto a voces disruptivas que emergen en el espacio público cambiando el tono del debate o descorriendo el velo de lo silenciado: aquí las voces de hijos e hijas de represores, que afirman su identidad de sujetos éticos en contraposición a sus “padres genocidas”, según la expresión de Mariana D., y de otros hijos que consideran que sus padres no tienen/no tuvieron suficientes garantías en el proceso. Allí, varias voces que aparecen en el texto de Nelly marcando tonos discordantes en el discurso público (represores, víctimas, cómplices, etc.). Pero lo que considero uno de los mayores valores del libro es la claridad con que aparece la relación entre democracia y DDHH. O mejor, lo que la idea de democracia como consenso –que fue lo que primó y quizá sigue primando en el escenario político de nuestro país hermano- hizo con los DDHH en la transición –o la postdictadura, como prefiere llamarla Nelly. El daño social que, a la conciencia del país, hizo ese precepto de concordia, acuerdo, concertación. La vana idea de que la reconciliación pueda decretarse institucionalmente por sobre el sufrimiento, el horror, el dolor de víctimas, y el de familiares, amigos, comunidades, sin que medie la instauración de la justicia. Y ni aún después, podríamos decir, cuando los vientos soplan para este lado de la cordillera, trayendo a nuestro presente los resabios de esa concepción. Theodor Adorno, en el artículo “¿Qué significa elaborar el pasado?” no deja dudas al respecto: (cito) "El gesto de olvidar y perdonar todo, que les correspondería a quienes hayan sufrido una injusticia, lo practican los partidarios de quienes la cometieron"1 

Pero si los temas, los problemas y los dilemas que plantea el libro son apasionantes y de inquietante actualidad, capaces de interpelarnos como sociedad y a cada uno, no es ajeno a ese impacto el tono de la escritura. Nelly habla desde una orilla crítica e inclaudicable, capaz de dar cuenta de impases, desbordes, excesos, “descalces” como suele decir, de todo lo que escapa a la palabrería instituida y a las convencionalidades, de lo que molesta y chirría y está fuera de lugar, sin ceder a la condescendencia de la “buena causa”, con un atrevimiento –lo dije frente a su Crítica de la Memoria, hace unos años- y una agudeza conceptual que se expresa, con toda elocuencia, en un deslumbrante manejo del lenguaje.

 

1 Theodor W. Adorno “¿Qué significa elaborar el pasado?” [1959], en Crítica de la cultura y sociedad. Intervenciones, entradas. Obra completa 10/2, Madrid, Akal, 2009, p. 489

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