La palabra médica en la Argentina

La palabra médica en la Argentina

“Imaginábaselo grande a su Genaro, hombre ya [...] como
médico, un gran médico que realizara curas milagrosas,
cuya presencia fuera implorada como un favor en el seno
de las familias ricas y que asistiese gratis a los pobres,
como una providencia, como un Dios [...]”.

Eugenio Cambaceres, En la Sangre


La escritura de este libro partió del interés por reflexionar acerca de las palabras con las que el dominio médico ha establecido, en distintos momentos y a lo largo de sus formulaciones, qué era salud y qué era enfermedad. Es sabido que en su extenso camino hacia un estatuto riguroso, los conocimientos médicos sobre las patologías, su prevención y su curación se entrecruzaron con distintos tipos de creencias provenientes del curanderismo, la hechicería, las supersticiones o los rituales sanadores de cultos y religiones. Nuestro interés condujo, entonces, a la indagación en las fluctuaciones sobre el uso de un lenguaje que, con pretensiones más o menos científicas, ha sido capaz de avalar los criterios de salud y enfermedad.

En Argentina, la medicina procuró distintos recorridos en la búsqueda por un mayor rigor metodológico capaz de perfeccionar sus conocimientos y de afianzar sus discursos. La aplicación de los parámetros del pensamiento positivista, hacia la segunda mitad del siglo xix, vino a saldar esta necesidad. Así pues, el positivismo permitió que la medicina actualizara sus instrumentos, se articulara con los fundamentos de la biología y de la química, y le concediera el carácter de ciencia a algunas de sus especializaciones (como lo era la incipiente disciplina de la higiene), pero también le ofreció un discurso metódico y preciso.

Lo cierto es que además de regir el avance de las ciencias médicas, las bases y los propósitos del positivismo se constituyeron como pilares fundamentales en la conformación de la Argentina como Estado-Nación hacia el año 1880. De hecho, numerosos médicos positivistas de fines del siglo xix, que además enseñaban medicina en la Universidad de Buenos Aires, pertenecían o habían estrechado fuertes lazos con la elite dirigente del país, por lo que una direccionalidad política, asociada al proyecto liberal de nación, también se permeabilizó en el desenvolvimiento de la palabra médica y de su enseñanza en el ámbito académico.

Frente a este momento histórico, nuestras inquietudes acerca del discurso médico adquirían una nueva dimensión. Por un lado, ¿de qué modo enseñaban la medicina quienes participaban o eran funcionales a la clase dirigente argentina durante el auge positivista de fines del siglo xix? En caso de que fuera posible rastrear elementos de ese proyecto político en el discurso médico, ¿cómo se articulaba con los criterios de objetividad científica, a fin de formar a los estudiantes y futuros profesionales? Por otro lado, nos preguntamos por la definición de la enfermedad en esta discursividad particular: ¿mediante qué recursos del lenguaje se describía lo saludable y lo patológico? ¿Con qué estrategias taxonómicas eran clasificados los enfermos? ¿Cómo se formulaban los discursos que enseñaban a curar, prevenir o corregir las enfermedades y los males? ¿De qué modo se construían, en la Facultad de Medicina los relatos de los casos clínicos con fines didácticos? ¿Bajo qué paradigma se formaban los estudiantes y futuros médicos? Finalmente, y en tanto se trató del momento en que los médicos argentinos empezaban a consolidarse como corporación en nuestro país, nos interesamos por un conflicto particular que trajo este proceso de legitimación de posición y saberes: ¿qué estrategias implementaron los médicos académicos para contrarrestar el discurso y las prácticas de un grupo heterogéneo de agentes de la salud (curanderos, herboristas, farmacéuticos) en pleno crecimiento, en el marco de la explosión de brotes infecciosos consecuentes del hacinamiento urbano y de las epidemias suscitadas a raíz de las inmigraciones masivas?

La revisión y el estudio de documentos hallados en distintos recorridos por las bibliotecas de la Academia Nacional de Medicina y de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires permitieron empezar a imaginar posibles respuestas para algunos de estos cuestionamientos. En el encuentro y en la lectura de estos materiales, no obstante, dimos con un tipo de escritura particular, forjada en un estrecho vínculo entre las letras y las ciencias. No es extraño imaginar que, hace poco más de cien años, los métodos de enseñanza de la medicina en la Universidad de Buenos Aires distaran ampliamente de los criterios que circulan en la actualidad. Tal vez llame más la atención, en cambio, el modo en que las alusiones a las grandes obras del arte y la escritura irrumpían en las tesis doctorales o en las lecciones catedráticas de los flamantes médicos. Al observar tal particularidad, las inquietudes iniciales se orientaron hacia nuevas problemáticas que concernían, por ejemplo, a las explicaciones teóricas de distintas asignaturas clínicas que eran ilustradas a partir de casos provenientes de la ficción literaria.

Además de dirigir instituciones sanitarias o administrativas, de elaborar y reglamentar la libreta higiénica escolar o de disertar en la Academia, los médicos argentinos de 1900 viajaban por Europa y América para participar en Congresos, con el objeto de inscribir la medicina de nuestro país en los avances de la ciencia clínica internacional. Exhibían, en sus elaboraciones, el saber de las lenguas del mundo: citaban a Hipócrates y Galeno, disertaban sobre las obras de médicos franceses consagrados como Claude Bernard, Jean-Martin Charcot y René Laënnec, así como aludían a los avances de la bacteriología alemana de Robert Koch, o discutían los últimos desarrollos de la criminología italiana de Cesare Lombroso. Asimismo, tomaban motivos literarios de las obras de Shakespeare, Cervantes o José Hernández para ejemplificar en sus clases los males patológicos.

Una práctica cuidada de la escritura, en efecto, definió a figuras como Eduardo Holmberg, Manuel Podestá, Eduardo Wilde, Guillermo Rawson, Francisco Sicardi, Alejandro Korn, Francisco de Veyga, José M. Ramos Mejía, José Ingenieros, entre muchos otros médicos que no limitaron sus trazos a la composición de artículos científicos o lecciones catedráticas. Mientras que algunos redactaron novelas y cuentos basados en fantasías científicas de raigambre naturalista, otros escribieron ensayos sobre literatura, arte, psicología, pedagogía, estadística y política, además de traducir una multiplicidad de obras extranjeras o de editar revistas y archivos de ciencia y cultura. Ramos Mejía e Ingenieros, en particular, desarrollaron sus teorías médicas (de especialidades higienistas, psiquiátricas y criminológicas) entrelazadas con sus preocupaciones sobre la construcción del país, e incidieron con fuerza en la cultura argentina hacia el entresiglo.

La lectura de los textos científicos de estos dos últimos médicos nos introdujo en un nuevo interrogante, ¿por qué, a partir de 1890, proliferaron exponencialmente los estudios sobre los simuladores y la simulación en la Argentina? ¿Por qué la observación de este fenómeno cayó bajo la mirada de los médicos y por qué se transformó en un contenido curricular académico? En fin, la obra de Ramos Mejía y de Ingenieros, atravesada por la clínica, la política y la literatura, definió la escritura de este libro.

 

Pablo von Stecher es Doctor en Lingüística (UBA) e Investigador Asistente del CONICET. Su trabajo se centra en el estudio del archivo médico y científico argentino (1850-1950) desde la perspectiva del análisis del discurso. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas y ha dictado seminarios sobre esta temática. Asimismo, es profesor de Semiología en la Universidad de Buenos Aires y docente de Lengua y Literatura en la Escuela Media.

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